LA HABANA.- Aire, aire, mucho aire. Yo quiero un vendaval, un remolino de frescura para nuestros días, uno que espante a los mosquitos y haga más llevadera esta existencia que transcurre en medio de una gran agonía, en un inmenso silencio. Quiero aires buenos que refresquen las mañanas, las tardes y, sobre todo, esas noches oscurísimas.
Quiero aires que viajen, que recorran la ciudad. Sueño con vientos que armonicen las mañanas, las tardes y las noches. No quiero tropezar en la madrugada, no quiero caer al suelo mientras camino hacia el baño para vaciar la vejiga en medio de la oscuridad. Quiero encontrar el inodoro sin dificultades y, si hiciera falta, evacuar mis intestinos también de madrugada, sin temor a romperme un hueso en el intento.
Quiero aires, vientos que refresquen las tardes y hagan soportables esas noches que vivimos bajo apagones perpetuos. Sueño con brisas cariñosas que alivien nuestras vidas desde que amanece hasta que termina el día.
Tengo un ventilador, pero solo funciona si está conectado a la corriente eléctrica. Me ha acompañado durante años. Es un RCA y siempre me hace recordar aquel viejo tocadiscos de la misma marca. Era grande, robusto y, sobre todo, útil. Ahora permanece arrinconado, como la muñeca negra de la canción.
Mi ventilador también necesita electricidad para mover sus aspas y espantar a los mosquitos. Pero casi nunca hay corriente. Ni eléctrica ni de aire. Solo queda el zumbido insistente de los insectos. Por eso insisto: quiero un ventilador recargable, uno de esos que hoy marcan la diferencia.
Y sí, hacen la diferencia entre los cubanos. No todos pueden comprar uno de esos aparatos que refrescan y, al mismo tiempo, iluminan. Todo lo que quiero es uno de esos pequeños ventiladores con lámpara incorporada, capaces de devolver un poco de alivio en medio del apagón. Daría mucho por tener uno, pero no puedo permitírmelo. El dinero no alcanza.
Si tuviera uno de esos ventiladores sería muy feliz. Todo cambiaría. Quizás hasta podría dejar la escoba en un rincón y caminar tranquilo por la casa cuando se fuera la luz. Pero, al parecer, esa gracia tampoco me será concedida.
El ventilador ya establece diferencias en este país. Están quienes tienen un ventilador recargable y quienes no lo tienen; quienes logran dormir y quienes pasan las noches en vela. Unos pueden recorrer la casa de madrugada sin peligro; otros corren el riesgo de romperse un hueso o perder los dientes en la oscuridad. Quienes tienen un ventilador viven una realidad distinta de quienes no lo tienen.
El ventilador, y la pequeña lámpara que suele acompañarlo, garantizan un bienestar que para muchos se ha vuelto inalcanzable. Nos alejan, al menos por unas horas, de los estragos de la noche cubana. Unos permanecen alumbrados; otros siguen sumidos en la oscuridad. El bienestar nos divide: coloca a unos en una relativa zona de confort y deja a otros soñando con las bondades de un simple ventilador recargable.
En esta tierra, un ventilador es muchísimo más que un ventilador. Es bienestar. Pero, sobre todo, es la prueba de las enormes desigualdades que existen entre los cubanos. Es el símbolo de la vida relativamente cómoda de unos pocos, mientras la inmensa mayoría solo conoce el calor, el negror de las noches y la precariedad cotidiana.
Y quizá por todo eso no he podido dejar de preguntarme qué ocurriría si, en lugar de necesitar un ventilador recargable, lo que necesitáramos fuera una cirugía de riñón.









