LA HABANA, Cuba ― Nunca fue bueno amonestar a los valientes, a esos que tienen las mejores intenciones y que además son mis compatriotas. Lo mejor es darles a ellos el acompañamiento más solidario, pero muchas veces la duda se enseñorea y hacemos lo peor. Resulta que hace unos días leí en uno de los muros de una casa del barrio un rótulo en el que la mala ortografía ganó protagonismo, infinitos comentarios de quienes se suponen letrados y hasta muy cultos.
Resulta que en esa pared llamaron “acesino” a Raúl Castro, aunque lo correcto habría sido llamarlo “asesino”, con ese las dos veces. Le juro al lector que entonces tuve sentimientos encontrados porque pensaba en la mala formación de esos jóvenes, pero aprecié la decisión, el atrevimiento que podría costarles muy caro. Juro al lector que me asistieron sentimientos encontrados. Quien escribió era sin dudas un valiente cubano, un valiente cubano que escribe con errores ortográficos, y eso duele, sobre todo en el país más culto, como diría Fidel Castro si estuviera vivo.
Y eso ocurrió hace muy pocos días, en una de esas oscuras jornadas de oscuros y hambreados desesperos, después del triunfo de una revolución que usó la educación como bandera, que formó o mal formó a muchísimos maestros Makarenko y maestros emergentes y destacamentos pedagógicos con el distingo de Manuel Ascunce Domenech, uno de aquellos alfabetizadores que usarán con una ostentación mayúscula después de su muerte innecesaria.
La Cuba de los Castro se jactó de una educación a la que tildaron de la más eficiente en medio de grandísimas rimbombancias, de ser la mejor de todas.
Los comunistas han pasado años alardeando, jactándose de un sistema educacional que suponen sin tacha alguna, aun cuando en una pared escriban “Raúl Castro asecino”. Y eso sin dudas es también la Revolución cubana, la de Fidel y la de Raúl, la ortografía del país “más culto del mundo”.
Insisto en ofrecer aplausos a esos valientes que se arriesgaron a poner su libertad en peligro por hacer notar a los matones y sus bestialidades y que podrían haber sido encerrados en una cárcel durante años y años por no comulgar con un poder despótico y pleno en crueldades.
La ortografía es un sucedáneo. La mala ortografía que exhiben nuestros jóvenes es un mal del comunismo que conozco y que rechazo. Yo prefiero a esos jóvenes que, aún con pésima escritura se arriesgan, se comprometen con la libertad de Cuba. Ellos amán la libertad, aunque quizá no sepan escribirla, pero lo más probable es que si sepan describirla y sobre todo reclamarla a gritos y sin miedo evidente en alguna pared del barrio.
Esos jóvenes tomaron un pincel, quizá una brocha despeluzada para fijar en las paredes sus reclamos. Su valentía es lo que importa, sus compromisos con la patria. La ortografía, la mala ortografía es la culpa de los malos y de sus contingencias. Y yo vuelvo una y otra vez a Fidel Castro y a sus grandes pretensiones de ser el rector del país más culto.
La cultura es la formación del hombre, de ese hombre que deberá saber cómo se escribe una palabra, si usamos ce o ese cuando queremos escribir “asesino”, pero el país de los Castro no está bien alfabetizado. Aquí hay jóvenes que se atreven a exigir, y eso es lo más importante. Ellos pueden reconocer sus derechos a pesar de sus errores ortográficos, y eso es muy importante, quizá lo más importante.
El país de los Castro está reconociendo su derecho a protestar, y eso es esencial. Y si la ortografía es decadente la culpa está en quienes regentan el país más alfabetizado del mundo, según ellos. Cuba será libre, aunque escribamos con mala ortografía. Cuba será libre porque reconoce sus derechos a protestar, aunque escribamos “acesino” en lugar de “asesino”.









