LA HABANA.- En los momentos de crisis, cuando se está bajo una presión insoportable, el sentido común suele figurar entre las primeras herramientas que abandona el ser humano. El régimen que desde 1959 tiraniza a Cuba, ha atravesado cuatro momentos de alta tensión: la crisis de los misiles (1962), la crisis y éxodo del Mariel (1980), la caída de la Unión Soviética que provocó la debacle económica de los años noventa conocida como Período Especial, y la crisis actual que arrastra las secuelas de todas las anteriores, más el desmoronamiento de la institucionalidad y el quiebre definitivo del pacto social (Salud, Educación, Cultura, Deporte, Seguridad Social) a cambio del cual Fidel Castro secuestró los derechos políticos de los cubanos.
La captura del dictador Nicolás Maduro y el fin del mecenazgo chavista han dejado al régimen cubano en la posición más delicada, posiblemente, de toda su historia. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha lanzado advertencias claras a La Habana, instando a sus dirigentes a promover cambios verdaderamente democráticos. Por primera vez en Cuba confluyen casi todos los factores que pueden hacer viable la transición política: ni el gobierno de continuidad, ni lo que queda del liderazgo histórico logran inspirar confianza; la isla carece de un benefactor que reemplace a Venezuela en el subsidio de combustible; y la base popular con que contaban hace décadas ha quedado reducida, aparte de los cuerpos represivos, a privilegiados y gente incapaz de romper el hábito de la obediencia, pero que desea, aunque lo tenga muy callado, que esto termine de una vez. El único factor ausente, por el momento, es el pueblo en las calles, porque todavía el miedo es superior a la esperanza renacida tras la captura de Maduro.
Al apremio de Trump La Habana ha respondido con el guion de la resistencia a toda costa y ejercicios militares que deben tener al Comando Sur temblando de miedo. El mensaje es claro: podrán desembarcar, dejar el armamento pesado en la costa y abrirse camino a sopapos hasta la Plaza que pronto volverá a ser Cívica. La capacidad del régimen cubano para hacer el ridículo no tiene límites, como tampoco su ineptitud para comprender que las circunstancias han cambiado, que esos “millones de cubanos dispuestos a dar hasta la última gota de sangre” son, en su mayoría, gente vieja, enferma, mal alimentada y peor preparada.
Los tres ejércitos que por seis décadas han engullido los recursos del país bajo el pretexto de un inminente ataque enemigo, son ajenos a la guerra ultramoderna que está reconfigurando la geopolítica mundial. Soldados y oficiales convalecientes de Chikungunya, castigados por la presbicia en un país donde las ópticas no funcionan hace años, acostumbrados a medrar y escenificar jornadas de defensa nacional para las cámaras de televisión, son la fuerza mortífera con que cuentan los aulladores del PCC que andan invocando la quema de Bayamo y acusando a Estados Unidos de falta de moral, como si a Trump le importara otra moral que no sea su America First.
A diferencia del PCC, el republicano es claro como el cristal y sus acciones han sido coherentes con el plan diseñado por su gabinete para Estados Unidos. Del lado de acá tenemos gente que se sigue quedando políticamente en cueros, que ya no tiene un plan porque traicionó todo cuanto podía ser traicionado. Gente que insiste en la cuestión moral tras haberse dado a conocer que quienes protegían a Nicolás Maduro eran mercenarios cubanos; que habla de “invasión yanqui a Venezuela”, pero califica de “operación militar” la invasión rusa a Ucrania; y que se desgañita por la soberanía venezolana mientras Delcy Rodríguez negocia con Estados Unidos y Diosdado Cabello quita hierro a sus alocuciones para no ser el próximo pez en el jamo de Delta Force.
Esa moral de columpio es tan frágil como la pretensión de que, en un hipotético enfrentamiento con fuerzas estadounidenses, los soldados cubanos acudan al ejemplo de los próceres caídos en las guerras de independencia. A falta de logros tangibles que defender, venden fantasía patriotera para animar a muchachos que no han disparado una bala en sus vidas.
También los chavistas aludían, hasta la náusea, a la patria de Bolívar, a la sangre del libertador que corre por las venas del pueblo venezolano, y otras bellaquerías similares. Después de tanto alarde y tanta marcha inútil, Maduro está trancado en Nueva York, en Venezuela se hace lo que dice Trump y los venezolanos parecen más preocupados por resolver sus necesidades cotidianas que por recuperar al usurpador de las elecciones de julio de 2024.
Ningún venezolano que se respete está dispuesto a dar su vida por defender al régimen que lo ha dejado sin patria y sin derechos. Espero que los cubanos sepan, igualmente, que no se está preparando la defensa de la patria, sino de una casta. Nosotros tampoco tenemos patria, ni derechos. Somos los súbditos de un feudo miserable regido por un puñado de individuos corruptos y enfermos de codicia, mentirosos compulsivos que ni siquiera intentan disimular cuánto nos desprecian.
Espero que las madres y los padres cubanos sean conscientes de que los hijos de quienes piden resistencia y sacrificio hasta las últimas consecuencias viven en el extranjero, pagándose una vida de lujos con el dinero que debió ser invertido en el desarrollo de este país. Y espero que comiencen a prestar atención a las supuestas conversaciones que Trump afirma y Díaz-Canel niega porque, sea cual sea su contenido, el interlocutor no es el pueblo cubano.








