LA HABANA.- En la Cuba imaginaria del régimen —esa que han inflado a golpe de amenazas y babosearías en los noticieros de la TV, en los “órganos oficiales” del PCC, la UJC y la CTC que insisten en llamar “prensa”— ya no existen los barrios marginalizados sino los “barrios en transformación”. Pudiéramos pensar que es un sinónimo empleado por los ideólogos del PCC pero es algo más, y no es nada bueno.
Es una terminología que busca anular nuestra existencia, demasiado molesta, e intenta suplantar aquella más exacta en significado con la intención de que restemos al concepto de “barrio marginal” toda pobreza, miseria, hambre, abandono institucional y criminalidad que pudiera contener en sí.
Nace de un acto de renombrar con un eufemismo aquellos problemas y realidades bien concretos que no pueden o no quieren enfrentar. Y como no logran o no les importa encontrar soluciones al hambre, a la pobreza, a la falta de vivienda, a los abandonos entonces los maquillan a nivel discursivo, ya sea cambiando la dureza del término por uno más “suave” o, cuando se trata de ausencias y carencias, conservando la palabra o la frase aunque ya no se refiera o describa lo que significó alguna vez o continúa significando.
Por ejemplo, continuaron llamando “café” al chícharo tostado que vendían como tal, o “canasta básica” al poco de arroz y azúcar de “donativo” que de vez en cuando —no todos los meses— distribuyen y cobran por una “libreta de abastecimiento” que ya ni es “cartilla de racionamiento” puesto que las cuotas que debieran estar siempre allí donde antes se distribuían regularmente ya no están, no llegan. Y cuando lo hacen es en cantidades insuficientes, por lo que la ministra de Comercio Interior las rebautizó alguna vez y para siempre como “productos presenciales”, que es la fórmula con la que evita decir que solo los primeros diez o veinte de la cola alcanzarán lo que en ese momento llegue a la bodega.
Puesto que es ahí, en el “comercio interior” (un ministerio que exhibe en su mismo nombre el más descarado eufemismo) y en Servicios Comunales (una empresa que lo emula), donde el caos se hace más visible, palpable, es quizás donde más abunda la “creatividad léxica”. Por eso se habla de “establecimientos descomercializados” en vez de “cerrados”, “clausurados” o, para ser más precisos, de ausencia total de comercio y de las dinámicas universales que lo definen.
Igual se le llama “vertedero” o “microvertedero” a lo que ha terminado siendo una cochinada nacional de toda la basura pudriéndose a la vez y en todas partes.
En esa “eufemísticación” de la realidad en el discurso del régimen ya casi no se usa el término “crisis” para referirse al desastre que han provocado en el afán de perpetuarse eternamente en el poder. Ahora prefieren hablar de “contexto que exige múltiples desafíos” antes que usar “policrisis” —el vocablo de moda entre los analistas de nuestro escenario político—, quizás no por el desastre que se infiere de él sino porque les sugiere la palabra “poliedro”. Y los comunistas son unos cuadrados por naturaleza, únicamente capaces de producir “cuadros” rebosantes de incapacidad, pero no alimentos y bienestar común.
Han continuado usando los vocablos “farmacia”, “bodega”, “mercado”, “dinero”, “pensión”, “salario”, “Constitución”, “gobierno” y hasta “revolución” cuando ya no se trata de lo mismo, y hasta retomaron el término de “Presidente” para llamar lo que debiera ser la primera figura en el poder pero que apenas tiene funciones de administrador. Aunque tampoco administra nada y es como el puching bag de militares y demás mafiosos que hasta se ofenden cuando les llaman “mafia” pero que ni se esfuerzan por ocultar que actúan como tal.
A ratos usan el término que se inventan como si con solo invocarlo se obrara el milagro de la solución. Un abracadabra que por sí mismo tendría la energía suficiente para hacer con la lengua lo que debieran hacer con el cerebro, o al menos con los brazos, pero a esas atrofias física y mental ya le llamaron “bloqueo”, y les funciona como muletilla.
De la fe ciega en la palabrería que producen y en la ideología que imponen pero no practican, igual ha nacido el paquetazo llamado “ordenamiento” que no ordenó nada, así como las 176 transformaciones que, como con los “barrios en transformación”, con suerte transformarán el modo en que nos siguen explotando, empobreciendo, engañando y bloqueando. Es que “transformar” para el régimen no significa cambiar la realidad por otra mejor, evolucionar, corregir errores sino simplemente “simular”, “ocultar”, perfeccionar la mentira, y solo en alguna que otra cuestión “mutar”, siempre con el fin de continuar “gobernando”, que en realidad se traduce como seguir jodiéndonos (y me disculpan el término pero creo es el justo y el menos ofensivo para lo mal que va el país y quienes lo habitamos).
Un país donde los bancos no son lo que debían ser en asuntos de finanzas, ni los bancos de los parques en cuestiones de comodidad y descanso en un lugar donde ya desaparecieron ambas cosas. Una realidad donde las “guaguas” son inexistentes; los “taxis” van para dónde elija el chofer y no los pasajeros. Donde la electricidad y el agua son privilegios, al igual que la vida digna, y donde la exactitud de las palabras, su verdadero significado nos importa un comino, quizás porque en las “escuelas” nos impusieron adorar a Fidel Castro pero no la obligación de leer y escribir correctamente, y entonces así exigir que nos dejen llamar las cosas por sus nombres.
Estamos tan mal que, entre miles de eufemismos y absurdos en que nos hundimos, ya ni cuenta nos damos de que las “entrevistas” con la policía política son interrogatorios, que las advertencias y abusos son represión, que los detenidos por expresarse libremente son presos políticos. Pero sobre todo, que no estamos contra un “gobierno” sino contra una dictadura.










