SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- “Este ha sido el año más malo”, dijo un trabajador del parque de diversiones de Santiago de Cuba a CubaNet. No hizo falta mucho más para comprender el alcance de aquella frase. Bastaba con recorrer el llamado “Parque de los Sueños” para descubrir una instalación que parece haber quedado suspendida entre los recuerdos de su época de esplendor y un presente marcado por la falta de mantenimiento, la escasez y el abandono.
Apenas unas pocas personas caminaban por sus espacios, algunas movidas por la costumbre, otras por los recuerdos de una infancia que transcurrió allí y, sobre todo, por una razón mucho más práctica: para las familias de menores ingresos, este sigue siendo uno de los pocos lugares de la provincia donde llevar a los niños sin que el costo resulte absolutamente prohibitivo. Sin embargo, lo que alguna vez fue un destino de entretenimiento, hoy provoca una sensación muy distinta. Recorrerlo es, ante todo, una experiencia de tristeza y nostalgia.
Nuestro equipo volvió a visitar la instalación, a pocos días de que culmine la etapa estival (julio y agosto), como lo ha hecho en años anteriores. Sin embargo, el contraste con lo que encontramos entonces resulta difícil de ignorar. Entre lo poco que permanece igual está el precio de entrada: cinco pesos para los niños y diez para los adultos, en moneda nacional. A partir de ahí, las diferencias comienzan a hacerse evidentes.
Nada más entrar, una trabajadora por cuenta propia pregonaba desde un pequeño puesto de confituras, para tratar de atraer clientes a toda costa. Un poco más adelante, estaba el dinosaurio que lleva años formando parte del paisaje, y que todavía funciona a pesar del deterioro visible en el cuello y la cola. Después estaba la vaquita ensillada que en otros tiempos resultaba atractiva para los más pequeños por su apariencia de juguete. Ahora casi nadie la monta.

Tras pasar por esa zona, transcurrió un buen rato antes de que aparecieran otros visitantes.
En el trayecto hacia las jaulas encontramos otro puesto de venta donde ofrecían frituras de boniato. El dependiente no quiso concedernos una entrevista, pero mientras nos vendía un cucurucho contó que aquel era “el año más malo”. Era, según dijo, su primera venta del día. Cada cucurucho costaba 180 pesos y esa cifra también permite entender otra parte del problema: incluso las opciones más sencillas de consumo se vuelven costosas en un contexto donde los ingresos familiares no crecen al mismo ritmo que los precios.
Más adelante coincidimos con una pareja que había llegado junto a su hija con la intención de ver los animales. Pero allí también esperaba otra decepción. De las numerosas jaulas, apenas tres estaban ocupadas. Un buey y un viejo avestruz eran algunos de los pocos ejemplares que todavía podían observarse. Las demás permanecían completamente vacías. Ya no había pájaros, monos, hipopótamos ni siquiera los patos que el año anterior daban algo de movimiento a ese sector.
La niña, sin embargo, permaneció durante un rato en la pradera destinada al oso pardo, mirando y esperando por si el animal aparecía. No apareció. Y al lado, en el foso de los leones, tampoco quedaba rastro de los viejos y flacuchentos felinos que alguna vez habitaron el lugar. Solo el hedor persistía.
“No hay ni guía”, exclamó uno de los presentes al percatarse de que nadie acompañaba a los visitantes para describir el trayecto. La observación parecía lógica, aunque inmediatamente surgía una pregunta inevitable: ¿para qué haría falta un guía si ya casi no quedan animales que mostrar? La respuesta estaba delante de todos, en esas jaulas vacías que alguna vez fueron parte de un recorrido mucho más concurrido e interesante.
Lo que antes podía ser una visita llena de curiosidad infantil se ha convertido ahora en una sucesión de espacios donde los niños esperan encontrar algo que ya no está. Tampoco los columpios y toboganes tenían actividad.
Después de recorrer esa parte, nos dispusimos a cruzar hacia el área de los aparatos eléctricos. Desde allí sobresalía la estructura de la subida de la gloria, ahora estática. La entrada principal a esa zona estaba cerrada con candado, por lo que tuvimos que acceder por un trillo. Del otro lado, el panorama resultaba todavía más desolador. Solo dos niños permanecían en el pequeño parque que años atrás solía estar lleno de muchachos corriendo, vendedores ambulantes y kioscos. De todo aquello, prácticamente solo quedaba la trabajadora encargada de cobrar la entrada a los aparatos.
Los restaurantes y las heladerías también permanecían cerrados, inmóviles, como espacios que esperan una reapertura que nadie sabe cuándo llegará. Al contemplarlos resulta inevitable pensar en los años en que este sitio llegó a convertirse en una referencia recreativa de la zona oriental del país.
La comparación con el presente es especialmente dura. Es como si el huracán Melissa, que devastó la región oriental en octubre de 2025, hubiera pasado ayer por allí. Uno de los empleados explicó que el ciclón afectó considerablemente la infraestructura. Pero el fenómeno meteorológico no parece ser la única explicación, pues el deterioro que se observa en el lugar forma parte también de una realidad mucho más prolongada: la falta de recursos y mantenimiento que afecta a numerosas instituciones públicas cubanas en todo el país.
En el caso de esta instalación, las consecuencias recaen especialmente sobre los niños y sobre los padres con menos posibilidades económicas. Para ellos, el Parque de los Sueños constituía una de las alternativas más accesibles de la urbe santiaguera. Otras opciones, como el Ocio Club Casablanca, ubicado en la avenida Victoriano Garzón, implican un desembolso mucho mayor: 500 pesos por niño y 1.000 por adulto solo por concepto de entrada. Para una familia de varios integrantes, la diferencia puede ser determinante. Lo que queda entonces es escoger entre pagar un precio que muchos no pueden asumir o conformarse con un sitio condenado a la obsolescencia.
Ya en la última sección del complejo, apenas tres aparatos permanecían operativos. Algunos niños intentaban aprovecharlos mientras dos madres aguardaban por sus pequeños, observando alrededor con una mezcla de sorpresa y resignación. Otro trabajador nos explicó que no se trataba simplemente de un mal día. Según aseguró, el mes de agosto había transcurrido prácticamente de la misma manera, con muy poca afluencia de público; de hecho, ese día, con apenas una docena de visitantes, era uno de los más concurridos.
Otras dos mujeres que se encontraban allí relacionaron esa escasa presencia con los prolongados apagones que afectan a la provincia, algo que tiene sentido si se considera que buena parte de los equipos dependen de la electricidad. Pero durante nuestro recorrido había corriente y, aun así, eran muy pocos los presentes.


Por último, la falta de opciones gastronómicas también conspira contra el lugar. Las pocas ofertas se reducen a croquetas, que algunos describieron como ácidas, y polvorones. Ni siquiera había agua para comprar. Así, una familia puede llegar con la intención de pasar unas horas allí y encontrarse con que, además de las pocas atracciones disponibles, tampoco existen servicios básicos que hagan agradable la estancia. El mismo día, un señor que llegaba con su hijo de la mano preguntó qué había para comer. Cuando conoció las opciones, simplemente dio media vuelta y se marchó.
Casi al final del recorrido apareció otra escena poco habitual. Varias patrullas y motocicletas de la policía estaban estacionadas cerca de la salida. No era frecuente encontrar allí semejante despliegue. Según nos explicaron, normalmente no había más de uno o dos agentes encargados de mantener el orden. Esta vez eran alrededor de dos decenas, concentrados en un espacio próximo a la salida. La explicación fue que se trataba de una especie de celebración, precisamente porque el lugar permanecía habitualmente vacío. La imagen resultaba paradójica: un sitio concebido para congregar a cientos de niños y familias ahora convertido en un espacio de ocio para la policía.
Al abandonar el recinto, algunos de los pocos visitantes salían también. En ellos parecía quedar algo más que la decepción de una jornada sin demasiadas atracciones. Hablaban de otra época. Muchos de quienes todavía regresan conocieron el lugar cuando eran niños y vuelven ahora con la intención de recuperar aquellas experiencias, esta vez junto a sus propios hijos. Llegan queriendo mostrarles el lugar, montar en los aparatos, caminar por los mismos espacios que alguna vez los hicieron felices. Pero descubren que buena parte de aquello que recuerdan ya no existe.
Quizás por eso el nombre del lugar resulta hoy particularmente contradictorio. El “Parque de los Sueños” conserva todavía algunas de las estructuras que lo hicieron reconocible, pero sus sueños parecen haberse ido apagando uno por uno.









