LA HABANA, Cuba.- Este año, el cada vez más menguado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano —que se celebró en los pocos cines que quedan funcionando en La Habana (menos de ocho) y acudiendo a generadores eléctricos para eludir los apagones— estuvo dedicado al fundador del evento, Alfredo Guevara, con motivo de los cien años de su nacimiento, el 31 de diciembre de 1925.
Alfredo Guevara fue un hombre del cine, indudablemente, pero no hizo películas o documentales, sino que como presidente del ICAIC —cargo que ocupó de 1959 a 1983 y reasumió en 1991— fue el comisario en jefe del cine cubano.
Como resultado de su amistad de larga data con Fidel Castro —ambos tenían 19 años cuando se conocieron en la Universidad de La Habana y participaron en 1948 en el Bogotazo—,Guevara, que inició a Fidel en el socialismo, se sentía autorizado a disentir y sostener posiciones críticas.
En sus últimos años, dándoselas de original e iconoclasta, se declaraba partidario de la desestatización y de “un socialismo libertario y renacentista”. Probablemente lamentaría haberle suministrado a Fidel Castro aquellos primeros manuales de marxismo-leninismo de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética que no eran más que la simplificada y oportunista versión estalinista del marxismo, que fue con la que se quedó Fidel. Luego, poco dado a teorizaciones, el líder estuvo demasiado ocupado como para hacer caso a su amigo y mentor en cuestiones del socialismo y dedicar tiempo al estudio de Gramsci y Althusser.
Alfredo Guevara, como uno de los principales hacedores de las políticas culturales del castrismo en sus primeras décadas, se vio enfrentado a los estalinistas del viejo Partido Socialista Popular. Gracias a Guevara, los estalinistas que nos prohibieron el cine de Hollywood no lograron privarnos del cine europeo de los años sesenta ni pudieron imponer el realismo socialista al modo soviético. Solo eso hay que agradecerle a Alfredo Guevara porque en Cuba se hubiera hecho buen cine con o sin él. Más bien se hizo a pesar de él, como demuestran las películas de Tomás Gutiérrez Alea que objetó, o algunas de las películas que se hicieron entre 1983 y 1991, cuando Julio García Espinosa dirigió el ICAIC.
Guevara, como comisario, jugó un papel sombrío en los momentos más decisivos de la supresión de la libertad cultural en Cuba. Ahí están la prohibición del documental PM, su apología de las “Palabras a los Intelectuales” de Fidel Castro, sus ataques contra Lunes de Revolución y las cartas recriminando a Tomás Gutiérrez Alea.
En su cuento “Delito por bailar el chachachá”, Guillermo Cabrera Infante reflejó magistralmente la actitud de Guevara, cuando gracias a su proximidad al Máximo Líder, decidía con arrogancia cuál debía ser “la cultura revolucionaria”.
En dicho cuento, Cabrera Infante narra un encuentro que tuvo con Alfredo Guevara en 1961 en la cafetería El Carmelo, donde el zar del ICAIC dejó claro a Cabrera Infante que la cerrazón no pararía sólo en la confiscación del documental PM, porque “Lunes de Revolución no podía de ninguna manera ser la cultura revolucionaria”, y ante las ironías del escritor, pasó de la sonrisa a la furia, y cogió tal perreta que por poco tira al piso la chaqueta que habitualmente llevaba tirada sobre los hombros.
En sus últimos años, Guevara, cuando intentaba justificar sus actos en la época de PM y Lunes de Revolución, lo hizo con una actitud tan soberbia que, lejos de calmar agravios, los exacerbó.
El ICAIC no fue, como lo pintaba Guevara, una logia libertaria, sino un purgatorio para numerosos creadores que no aceptaron someterse a sus caprichos. En el ICAIC se debatía, pero al final siempre se imponían, a las buenas o a las malas, los criterios del comisario en jefe.
Guevara usó sus poderes para refugiar en el ICAIC a algunos descarriados que acogió como protegidos suyos en los peores años del Quinquenio Gris, como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, para quienes creó el Grupo de Experimentación Sonora a modo de reformatorio y academia musical.
Guevara se jactaba de que al ICAIC, como al Ballet Nacional de Alicia Alonso y a la Casa de las Américas de Haydée Santamaría, no llegaron las UMAP ni la parametración. Pero lo cierto es que al ICAIC solo pudieron llegar los homosexuales, desviados ideológicos y otros descarriados que gozaron de la simpatía de Guevara. Por los otros, que fueron los más, no movió un dedo ni pronunció palabra alguna.
La prepotencia y aires de superioridad de Alfredo Guevara quedaron reflejados en una entrevista concedida unos meses antes de su muerte a los periodistas Nora Gámez y Abel Sierra, donde no ocultó su desdén por el cubano común. Dijo: “Soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades, pero no en su calidad. A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba, en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes, y ese día lo convencí porque le dije: Sal a la calle, ¿tú crees que con esos culos y esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso?”
Guevara, que confesó que hubiese querido ser simultáneamente revolucionario y millonario y casi lo logró, dio muestra de su desconexión con la realidad al negar la depauperación de las condiciones de vida de los cubanos: “Ahora le llaman miseria a la gente que vive en edificios de microbrigada, con las tendederas en la calle y la gente medio en cueros. A mí no me pueden decir que esa miseria existe”.
No obstante, hay quienes prefieren evocar a Guevara, fallecido en abril de 2013, como un ser erudito, sofisticado, abierto al debate, que en sus charlas con los estudiantes —entre los que decía sentirse a gusto— les recomendaba “tener cojines y más cojines” para defender los criterios propios, a sabiendas de que no dispondrían de las licencias ni el padrinazgo que él tuvo.







