LA HABANA, Cuba. – Ha muerto en Miami, donde residía desde hace más de una década, Alfredo Rodríguez, quien fuera durante las décadas de 1970, 1980 y 1990 uno de los más populares cantantes cubanos.
Para ser sincero, Alfredo Rodríguez no me disgustaba tanto por sus canciones sino porque allá por 1972, estuve enamorado de una chica de ojos enormes que ni siquiera se enteró de mi amor porque había sido novia de Alfredito y solo atinaba a lamentar que el cantante la hubiera dejado por otra.
Tengo que admitir que la competencia era mucha: yo tenía 16 años y estudiaba en un preuniversitario, y Alfredito era una estrella pop.
Por entonces, en Buenas tardes, lo más parecido a un programa televisivo de música pop que estaba permitido en Cuba, estaba siempre Alfredito Rodríguez, solo o con Leonor Zamora y con Mirta y Raúl (el equivalente cubano a Sonny y Cher) y Los Barbas, con pantalones patas de elefante y las melenas podadas hasta donde se las permitían los comisarios de la corrección ideológica, cantando Es tiempo ya de terminar, su versión en español de Honky Tonk Women.
Alfredito estremecía y hacía llorar a sus numerosas admiradoras cuando en los inicios de su carrera, allá por 1969, cantaba, a la manera de Dyango, aquellas canciones de Sergio Endrigo, Éramos y Lejos de ti, y las compuestas por él, bien romanticonas y pegajosas. Su público se mantuvo fiel a él durante décadas, aplaudiéndolo cuando cantaba Sagitario, A tu lado me salen canas, Buena persona y Empapado de sudor, canciones que por su popularidad le ganaron varias veces el premio Girasol de la revista Opina.
Pero, pese a su popularidad ―o en parte debido a ella― no fue fácil para Alfredito la vida bajo el castrismo. Le impedían dejarse el pelo largo y usar sacos cruzados (para ahorrar tela), lo acusaban en la prensa oficial de deformarle el gusto al público con sus canciones “facilistas y extranjerizantes”, al extremo de que tuvo que responder a sus críticos que para ser cubano no necesitaba cantar congas ni vestir de guarachero, como mismo Roberto Carlos no precisaba cantar sambas para probar que era brasileño.
Y qué decir de las canciones que le censuraron, como una, que por demás no había escrito él, sino el español Danny Daniel, porque decía “por el amor de una mujer, dejé mis venas desangrar”, lo que irritó a los machistas-castristas-leninistas que no concebían que un macho se cortara las venas por una mujer. Y menos mal, con tanta homofobia como había por esos años 70, que no le dio a Alfredito por cantar del mismo Danny Daniel, El vals de las mariposas.
Allá quien piense que los regímenes totalitarios permitían los estrellatos mansos e inocuos para adormecer a las masas. No todas las estrellas pop del socialismo real tuvieron la suerte de que los mimaran como a Karel Gott para que no se fuera de Checoslovaquia.
Alfredito Rodríguez, cansado de ser vapuleado por los mandamases por no prestarse a cantarle a “la Revolución”, se fue, primero a México y luego a Miami. Y entonces fue libre de darse el gusto de cantar fáciles canciones de amor y vestirse como le diera la gana, y regocijarse y enorgullecerse de ver a su hijo convertido en un excelente pianista y compositor. Y no solo eso, sino también de poder expresarse libremente y hacer a la prensa declaraciones en contra de la dictadura.
Les confieso que luego de ver la actitud frontal contra el régimen que mantuvo Alfredo Rodríguez en las últimas décadas, siento pena con él por haber sido yo de los primeros que abrieron fuego contra el programa televisivo La diferencia, que él conducía, cuando en diciembre de 2006 invitó al excomandante, exfiscal y censor del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) Jorge Papito Serguera. Fue demasiado ver a aquel represor de marca mayor, rodeado de velas y haciéndose el bueno, diciendo que le gustaba el caviar, las canciones de Elvis y McCartney y que solo lamentaba no haberse “equivocado mejor” en el cumplimiento de sus deberes revolucionarios.
Salté por la desfachatez de presentar a Serguera y porque ello podía augurar un nuevo episodio de reescritura de la historia. Contra el programa, no tenía nada. Contra Alfredito, tampoco. Si se me fue la mano en aquella ocasión, espero que me disculpara antes de irse de este mundo. Gustos musicales aparte, nunca dudé, que como proclamaba en aquella canción suya, Alfredito fuera una buena persona. En paz descanse.








