En la tierra como en el cielo: ‘Lo que come el fundamento’, de Andrea Franco

Una lectura del segundo libro de poemas de la autora cubano-argentina, presentado hace unos días en Ciudad de México y que llegará a librerías argentinas en marzo de este año por editorial Bajo La Luna.

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Hace algunas noches en la ruta 175 –creo que en México es más bien carretera–, cerca de Mazunte, vi o me pareció ver un letrero que decía: “No maltrate las señales”. Pasé rápido, no pude sacarle una foto, no estoy segura de haber leído bien… pero mensaje recibido.

Entredormida, me quedé con las señales porque, concluí momentos después, están en el corazón de Lo que come el fundamento, el segundo libro de poemas de Andrea Franco, que publica Bajo La Luna, en Buenos Aires.

La primera parte lleva por título “cathartes aura – aura tiñosa”, que es un tipo de buitre, y abre con los versos “No pude hacer / de mirar pájaros un deporte”.

Las aves –esta especie carroñera del título, pero también búhos, gallinas, colibríes y pájaros negros– planean por los cielos, cuelgan de las ramas, comen los restos, revolotean en los claros y se asoman por las ventanas de estos poemas para volverse presencias fundamentales en el ecosistema del libro. Pero desde el vamos, la advertencia: tenemos que corrernos de la lógica del avistamiento, una práctica recreativa, planificada y taxonómica, y acercarnos a otro terreno. Acercarnos hasta que nos involucre de manera íntima.

Unas páginas después leemos:

La primera noche
el búho nos miró de frente
hay que tener
cuidado con los presagios
leer en todo una revelación

La mirada de estos poemas no es la aséptica del binocular, y lo será menos a medida que avancemos en el libro. Lo que tenemos entre manos son poemas de una augur. Nos asomamos al mundo desde los ojos místicos de quien atrapa significantes al vuelo y sabe interpretar su presagio.

El atractivo de la auguriomancia –como el de la oniromancia, la lectura de los sueños– no se encuentra en el texto de las aves o del sueño en sí, sino en el acto de lectura que los vuelve significativos. El signo necesita a quien sepa mirar y, sobre todo, a quien esté dispuesto a hacerse cargo de lo que ve. Si no, es solo un grupo de pajarracos comiéndose las colillas desperdigadas por el jardín.

En este sentido, habrá texto en los lugares menos pensados, en el mapa del Delta del Tigre, en el curso del agua, en las vetas de la madera o los troncos de los árboles; incluso en el prospecto de un medicamento:

la sulpirida puede provocar
espasmos musculares en la lengua
manifestaciones parkinsonianas disminución
del movimiento síndrome neuroléptico
maligno tortícolis espasmódica
desviación involuntaria
de la mirada

no hay que tomar nunca una dosis doble
para compensar las dosis olvidadas

La sulpirida hace ingresar desde un registro técnico-médico uno de los ejes de Lo que come el fundamento: el problema del equilibrio, y lo hace desde el vértigo que se describe y, lo que es más importante aún, se experimenta en los poemas. Este eje es, por definición, lábil y provisorio: va siempre de la mano de la tendencia natural al desorden.

El tema ya se instala desde el segundo poema del libro, en boca del vos, –del tú– que es espejo y frontera o crux en el libro:

lo que no se mueve dijiste
se horada
y la estabilidad reside
en el balanceo calmo
de cuna una barca
anclada en un mismo puerto

Todo se mueve. El primer bloque de poemas lleva en sí el espíritu del Delta del Tigre, un conjunto de pequeñas islas al norte de la ciudad de Buenos Aires, una madeja enmarañada de ríos, arroyos y canales donde el agua circula de manera constante modificando el territorio. Ni el suelo bajo las casas es firme. En Lo que come el fundamento, el vértigo no aparece solo como un síntoma a suprimir, sino también como una forma extrema de percepción: el cuerpo reaccionando a un entorno inestable. “Espasmos musculares en la lengua” dirá el prospecto, y veremos a los versos contraerse y producir el efecto mismo que describen, en una métrica somática, con ritmos y encabalgamientos hipóxicos, motivos repetidos y loops temáticos dignos de una casa de espejos. Los poemas no progresan en línea recta hacia una afirmación: planean en círculos, como las aves carroñeras, rondando hipnóticamente el territorio, agazapándose sobre el festín de los restos.

El desequilibrio estará en el entorno, pero también en el mantenimiento de lo que ahí se sostiene: la casa, el jardín, el cuerpo, la relación. Todo requiere atención, trabajo fino.

hicimos ajustes a mano
para hacer encajar las cosas
cortar el pelo y el pasto
limar las uñas las puertas
los remos las

hicimos islas de otras islas
un almohadón una manta apretada
contra el pasto mojado hundiéndose lento
en medio del terreno húmedo
igual que el resto

La estructura del libro es tripartita, con animales dando nombre a las secciones: dos aves y un pez. La segunda parte, “salmo auratus – salmón dorado”, retoma esta pregunta por el equilibrio desde otro lugar. Bajo el sino de la Cuba natal de Andrea Franco, el libro se adentra más de lleno en un registro místico-religioso, donde la estabilidad se pone en juego dentro de una economía ritual que bebe de la tradición de la santería afrocubana.

La voz juega de a ratos con un registro de manual de prácticas religiosas, algo que orienta al lector que, como yo, sea ajeno a este particular conjunto de creencias:

la nganga guarda los espíritus del monte
el cementerio el río los elementos
meteorológicos
—mis uñas doradas al sol
son también una galaxia de lejos

Es en esta segunda sección donde el título comienza a abrirse. Creo que en “fundamento” se cruzan dos sentidos: el más habitual, ligado a la idea de argumento o base racional, y el ritual, donde es la base activa de una práctica; la “nganga” o “prenda”, que es esencialmente un contenedor donde se depositan materias heterogéneas (aunque nunca aleatorias) y se las mantiene en relación para canalizar una fuerza.

como un mundo entero en chiquito
la prenda está al servicio de quien debe dominarla

“Islas dentro de islas, un mundo entero en chiquito”, nos dice. El fundamento puede entenderse como una suerte de microcosmos: concentra fuerzas del mundo –naturales, territoriales, espirituales– para volverlas operables en pequeña escala. Llegados a este punto, podríamos tener, a mi entender, una clave de lectura. ¿Y si el libro en su conjunto obedeciera a esa lógica?

Cada poema contiene y recrea el espíritu del lugar y las circunstancias donde nació a través de ciertos elementos –agua, animales, plantas, restos, objetos–, que no ingresan al texto de manera inocente, sino invocadas desde una habilidosa capacidad entre sintética y mágica que apela a construir bajo la premisa de “la parte por el todo”. Entendido como prenda o bien como base racional, el fundamento demanda de sacrificio y ofrenda.

Cada vez que alguien tenga entre manos Lo que come el fundamento pondrá por un instante, al pasar las hojas, un mundo en movimiento. Reavivará la prenda y la volverá suya, hará que el trabajo reinicie. Qué sentidos y efectos se suscitarán es, por fortuna, un misterio, y dependerá de nuestra capacidad para ver y respetar las señales. Creo que en cualquier caso el libro espejará el vértigo, sea lo que esto sea para cada quien, y hará de sostén antes de que todo vuelva a dispersarse.

JOSEFINA MORLEY
JOSEFINA MORLEY
Josefina Morley (Buenos Aires, 1992). Licenciada en letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente cursa la Maestría en Estudios Clásicos en la misma casa de estudios. Fue colaboradora de la revista Hablar de Poesía y formó parte del grupo de traducción de De rerum Natura de Tito Lucrecio Caro (Editorial Las Cuarenta, 2020).

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