Gustavo Valle, escritor: “El mapa de la literatura venezolana actual ocupa cuatro hemisferios”

El escritor venezolano conversa sobre 'El brillo de los niños' (Pre-Textos, 2025), su novela que intenta la radiografía de una nación desde fracturas de la realidad o dimensiones alteradas.

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Acontecimientos recientes han hecho que los cubanos prestemos atención a Venezuela. Acontecimientos que tienen lugar justo cuando tengo fresca la lectura de una novela que me ha hecho reflexionar, entre otras cosas, sobre ese territorio casi siempre desconocido y antes rotulado con la vaga etiqueta de “fantástico latinoamericano”. Acontecimientos que me provocan un inevitable cruce de cables con el más reciente libro del poeta, narrador y cronista Gustavo Valle (Caracas, 1967), el autor de estos versos: “Cada libro se desprende / Del síntoma / Y la ocasión que lo estrangula”.

El brillo de los niños (Pre-Textos, 2025) se desprende de etiquetas más o menos vagas para intentar definir un territorio propio dentro de la mejor ficción, esa que es tan inestable como intransferible. En sus páginas hay fracturas de la realidad, dimensiones alteradas, y un onirismo que serpentea entre la exuberancia de la fábula y el clima de pesadilla, pero se detiene justo antes de que asome el horror.

¿Por qué?

Tal vez porque sus protagonistas son dos criaturas que, contra todo y contra todos, emiten una luz de cuento de hadas. Ella se llama Yoisiberth y es una especie de mutante. Él se llama Gusmarling y lleva un cuaderno de notas a la intemperie. Son huérfanos. Cargan con un frasco lleno de cenizas. Son el futuro, y el futuro, en esta novela, está en movimiento, está en el horizonte, está en el camino. Sus nombres me recordaron, inequívocamente, todos esos nombres que una o dos generaciones de madres cubanas repartieron a sus hijos: el mapa estrangulado de todas esas Yoisi-, de todos esos -marling

De ahí la primera pregunta que le haré a Gustavo Valle, quien responde a esta entrevista desde Buenos Aires, la ciudad de su exilio.

Los nombres de tus protagonistas seguro conectarán a muchos con las modulaciones de cierto spanglish hereditario e identitario. ¿De dónde salen Gusmarling y Yoisiberth?

Desde un principio supe que estos niños singulares debían tener nombres singulares, y quise que esos nombres tuvieran la marca de cierta bizarría caribeña que suele integrar palabras y enunciados foráneos (casi siempre del inglés) para construir nombres insólitos.

En Venezuela este tipo de nombres causan rechazo y suelen estar bajo el escrutinio de mucha gente que ve en ellos un rasgo de pobreza económica y cultural. La sociedad biempensante los considera vulgares, bárbaros, chabacanos, y con frecuencia se burla de ellos. Pero en realidad esos nombres raros, a veces extravagantes, simplemente forman parte de nuestra cultura popular, al igual que otras manifestaciones de nuestro sincretismo lingüístico. Las pocas veces que se usaron en la literatura fue para descalificarlos. No quise seguir ese camino. 

El brillo de los niños presenta al lector vetas de ficción distópica, fantasía weird, realismo mágico, un aire de western medio gótico, road novel con tintes espectrales… ¿Cómo te manejaste en esas intersecciones? ¿Tenías en mente algún género o géneros de este tipo, a medida que escribías el relato?

Me gusta esa enumeración de subgéneros que ves en la novela, y es posible que algo de todo eso esté en el libro. Ahora, para ser honesto, no tuve en mente ningún género al escribirla. Quizás porque soy reacio a la etiqueta de los géneros: en muchos casos me resultan escolares y a veces inútiles, aunque pueden servir de guía o manual de lectura.

Creo que me propuse escribir esta novela con total libertad, sin condicionamientos, sin siquiera pensar en un lector en específico. Pero también es cierto que los personajes principales, sobre todo Yoisi, muy pronto aparecieron en mi imaginación con atributos inusuales y rasgos asombrosos. Y a medida que avanzaba en la escritura percibí que estaba metiéndome en un terreno donde cierto realismo se diluía para conformar otra cosa.

Quizás el realismo, o lo que pensamos que es el realismo, tiene limitaciones a la hora de enfrentar ciertas ficciones. Pienso en Nosotros, de Zamiatin, escrita bajo la opresión soviética, o en Matadero 5, de Vonnegut, como respuesta a la Segunda Guerra Mundial.

Alberto Barrera Tyszka ha escrito que tu novela “nos demuestra que en América Latina las distopías son un género realista”.

El comentario es provocador e incisivo porque pone el foco en lo extravagante que resulta la realidad latinoamericana. Es tan disparatada que resulta distópica sin pretender serlo. Ahora bien, la distopía como género suele proyectar sus ficciones hacia el futuro, el futuro es una categoría que le es propia, trabaja con el futuro y lo inventa. En mi novela, la idea de futuro no está en el centro del juego narrativo. Al menos no como invención sino como posibilidad. Pero sí aparece otro rasgo que es inherente de lo distópico: el autoritarismo, el descalabro social y sobre todo la deshumanización. Y ahí vuelve Barrera Tyszka a dar en el blanco, pues esos tres rasgos pertenecen también a la realidad de nuestros países.

¿La idea de distopía precede a la escritura, o es algo que se construye por medio de una historia?

En la ficción nada precede a la escritura. La escritura (hablo del proceso tantas veces imprevisible y espinoso de escribir) es el lazarillo del tema, la construcción de personajes y la anécdota. Todo se va construyendo en el ejercicio artesanal de hilar palabras y frases.

“¿Adónde van, niños del demonio?”, pregunta un conductor al inicio de la novela. “A la frontera”, responden Gusmarling y Yoisiberth. Háblame de ese sitio, más o menos remoto o alegórico, sobre el que pivota la aventura de los niños. ¿Dónde está esa frontera y qué representa?

En alguna versión embrionaria, el libro llevaba por título Frontera, pero me desanimó pensar que podía ser leído exclusivamente como una novela de la emigración. Es una novela de la emigración, sí, pero creo que va más allá de eso. La frontera a la que se dirigen los niños tiene una geografía más o menos identificable o imaginable, pero a medida que avanzan hacia ella y a partir del momento en que la cruzan, las referencias parecen desdibujarse.

Séneca decía que de nada sirve mudarse de un sitio a otro si llevábamos siempre el mismo equipaje. Y el equipaje de Gus y Yoisi es siempre el mismo. En muchas ocasiones, los niños se preguntan: “¿Dónde estamos?”. Porque justo cuando llegan a destino todo parece convertirse en una dolorosa ficción.

¿No es acaso lo que nos ocurre a los migrantes? A veces el lugar al que llegamos es como un fantasma del lugar que abandonamos. De modo que esa geografía, la que está más allá de la frontera, es sobre todo existencial y simbólica. Para cruzar la frontera, los niños cruzan un río, especie de Leteo criollo.

brillo | Rialta
El brillo de los niños‘ (Pre-Textos, 2025)

Al otro lado de ese Leteo, arriban a un manicomio. A través del personaje del tío de los niños, y una concatenación de escenas grotescas, la locura y su relación con el lenguaje ocupan uno de los centros de la novela. Sin embargo, la locura ya se deslizaba por las páginas desde el inicio del relato…

Lenguaje y locura mantienen un estrecho vínculo. El personaje que mencionas sufre al menos una patología del lenguaje, la taquilalia, que es hablar sin parar y de forma muy rápida, pero son muchas las alteraciones del lenguaje que la psiquiatría registra y atribuye a las enfermedades mentales. En la novela, el desafío fue llevar ese trastorno discursivo a la escritura misma, para lo que tuve que investigar y acceder a materiales de registro. Hubiese sido más fácil explicar el fenómeno sin intentar exhibirlo, pero opté por correr el riesgo de trascribir ese discurso al margen de los registros estéticos y de coherencia al uso. Y como bien dices, el tema de la locura no solo lo encarna ese personaje, sino que sobrevuela toda la novela. “Yo no estoy más loco que todos ustedes”, les dice el tío a los niños. De modo que en el libro hay varios locos no diagnosticados y sueltos.

¿Encuentras alguna relación entre distopía y locura? ¿Entre locura y migración?

En las distopías la desobediencia suele ser considerada una patología, y la obediencia un signo de salud mental. La locura es una herramienta política de sometimiento ciudadano y también un tópico literario. En Nosotros, de Zamiatin, el protagonista es diagnosticado como enfermo del alma solo por enamorarse, y ese simple hecho es un desafío al sistema. La locura funciona una especie de despertar de la conciencia en medio de la opresión distópica.

En el caso de la migración ocurre algo similar: la llamada “adaptación” al país adoptivo pasa por lo saludable y la “no adaptación” es castigada socialmente. La emigración tiene efectos muy concretos en la salud mental de las personas; conozco muchos casos de migrantes que no han podido superar el cambio. Gente que se descarrilla y no consigue el camino. Algunos, incluso, intentan el suicidio. Es un asunto para desarrollar en otro libro, y que ya se asoma en este: el impacto psíquico de la migración.   

Tus protagonistas avanzan por territorios rurales, ásperos, a menudo hostiles. La naturaleza los acompaña siempre. Al concebir esos escenarios, y al describirlos, ¿qué paisajes reales acompañaban tu imaginación?

Los paisajes de la novela son paisajes que se mezclan en mi memoria junto con los libros leídos. Soy un animal principalmente urbano, pero desde niño frecuenté la naturaleza selvática del cerro Ávila, en Caracas y muy joven me fui a vivir durante un año al golfo de Cariaco, una zona muy rural de Venezuela donde abundan los cujíes, que en México llaman mezquites, un árbol leguminoso con muchas espinas, tremendamente fuerte y recio, que aguanta muy bien el viento y las sequías.

Los niños de la novela circulan en estos paisajes rudos, pero también aparecen en medio de un campo de girasoles, una imagen que creo que se la debo a las películas de Miyazaki. Además, los campos de girasoles son muy comunes en el estado Portuguesa, una provincia agrícola en Venezuela.

A todo esto, hay que añadir los paisajes de las noticias: lo que uno ve en los noticieros, en los diarios. Las noticias son hoy un gran reservorio de paisajes para la ficción.

En uno de los capítulos usas el recurso del montaje de escenas a través de fragmentos de un guion de cine. Lo cual plantea un curioso contraste dentro una narración que, en rigor, es muy poco cinematográfica. ¿Por qué añadirle esa otra capa al relato? ¿Es una solución técnica?

Cuando aparecen en el proceso de escritura los dos villanos que ocupan la tercera parte de la novela, supe que provenían de una imaginación cinematográfica, muy probablemente de alguna saga de Tarantino. Son dos personajes estereotípicos, malvados bidimensionales, sin demasiado espesor característico, lo que me permitió sumar a la narración una cierta dimensión de humor áspero, o cine serie B. Entonces pensé que, si quería incluir este tipo de personajes, debía reconocer el universo de donde provenían: el cine.

Hace años escribí un par de guiones de largometraje, que no se produjeron, pero que me permitieron familiarizarme con la escritura cinematográfica. Así, el recurso técnico del guion, que yo ya conocía, me permitió incorporar a estos dos villanos como si fueran arrancados de un universo pulp, arrojándolos a un ámbito caribeño y venezolano. Utilicé el recurso exclusivamente para mostrar a esos dos personajes, y me gustó pensar que ellos no solamente tenían una voz y un aspecto característico, sino también un formato propio. 

Otro capítulo está formado por citas: los subrayados que hace Yoisiberth en su ejemplar de las Iluminaciones. La poesía también juega un papel muy importante en la novela…

La poesía juega un papel muy importante en mi formación, de hecho, sigo escribiendo poesía a un ritmo discontinuo y espasmódico, y ella siempre tendrá un lugar en mis narraciones y en todo lo que escribo.

¿Y por qué Rimbaud?

Yoisi es una niña dotada de características bien distintivas y lleva con ella algo así como la maldición de la precocidad. En ese sentido, tiene algo del jovencísimo Rimbaud que, por un lado, era brillante, y, por otro lado, cruel. La inteligencia y la crueldad es una combinación explosiva en los niños. De modo que Rimbaud y Yoisiberth, al menos en mi imaginario, se parecen.

Además, Rimbaud, a través de sus famosas Cartas del vidente, propone ese enunciado de aire místico, donde dice algo así como “el poeta se hace vidente por un largo proceso de desarreglo de todos los sentidos”. Siento que Yoisi, sin ser poeta, comparte ese cualidad clarividente y autodestructiva. Además, los subrayados de Yoisi del libro Iluminaciones están casi todos asociados al mundo infantil.

Al final de tu novela se lee: “Este libro no hubiese sido posible sin la lectura, influjos, atmósferas, referencias y citas de los siguientes cuentos, poemas, ensayos y novelas”. Una breve y heteróclita lista donde figuran, además de Rimbaud: Kafka, Coetzee, Saer, Quiroga, Canetti, Quignard, entre otros.

Me gusta que utilices la palabra “heteróclita”, tan lezamiana…

Cuando terminé de escribir el libro, supe que debía reconocer a los autores que me habían ayudado a situarme en el universo imaginario de la novela. Había varias tradiciones amalgamándose a mis espaldas, y yo sólo estaba recuperándolas y adaptándolas a mi universo. Mencionar esos autores y esos libros es un gesto de reconocimiento, pero también una antojadiza guía de lectura y una invitación a que los lectores de mi novela corran a leer esos libros, que me parecen extraordinarios. Es decir, no una lista de fin de año (de las que suelen aparecer en las páginas de los suplementos literarios) sino una lista de fin de escritura.

En algunos casos hay citas casi textuales como las de “El extranjero” de Baudelaire, “La tortuga gigante”, de Quiroga, o “Informe para una academia”, de Kafka. En otros casos, se trata de referencias bastante notorias con respecto al desarrollo de ciertas partes de la novela, como ocurre con La cruzada de los niños, de Marcel Schwob.

¿Habría otros influjos más secretos, que no figuran en esa lista pero que también podrían iluminar de algún modo El brillo de los niños?

Por supuesto se pueden rastrear muchas más pistas. Sin duda alguna: Lewis Carroll, y también las leyendas populares que hablan de las imágenes de santos que lloran sangre o cuya piel cambia de color.

¿Qué estás leyendo? ¿Qué libros o autores has descubierto con agrado o especial interés en los últimos tiempos?

Estuve leyendo de manera obsesiva muchas novelas de Thomas Bernhard y Jon Fosse. Dediqué casi un año a navegar en esas prosas torrentosas.

Estuve leyendo a Leon Bloy, que nunca lo había leído y me sorprendió su mala leche ejemplar. Y a Ocean Vuong, el joven prodigio norteamericano.

También, tres escritores contemporáneos: de la argentina Viviana Paletta leí La espesura del cielo, un libro bellísimo; del venezolano Norberto José Olivar, El suave coro de los repudiados, que tiene cuentos extraordinarios; y de Luis Enrique Belmonte, uno de los poetas venezolanos que más quiero y admiro: Botadero, su último libro.

Hablando de eso: ¿cómo es la literatura venezolana actual?

Mi principal valoración de la literatura venezolana que se está escribiendo hoy pasa por el hecho de que un importante número de sus autores viven fuera del país. Esto condiciona el lugar de enunciación, el público lector, los temas, la circulación de esos libros, etc. Por supuesto, hay grandes narradores en Venezuela, como Carolina Lozada, Ednodio Quintero, Rubi Guerra, Silda Cordoliani. Y también grandes poetas, porque somos un país con una tradición poética muy importante. Incluso los autores que viven en Venezuela también son impactados por el fenómeno migratorio y no es infrecuente que sus ficciones traten el tema, además de la violencia política. Por dar un ejemplo, la última novela de Ana Teresa Torres, quien no ha salido del país, tiene por título Desterrados. Pero no solo los escritores, también muchos proyectos editoriales emigraron a Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Madrid o Medellín.

¿Qué libros y autores en activo de tu país consideras imprescindibles y no dejarías de recomendar?

En 2024 se publicó en Argentina una antología que compilé junto con el crítico Carlos Sandoval, Salvar la frontera, muestra de cuentos de autores venezolanos migrantes. Ese libro me permitió acercarme a la producción de magníficos autores jóvenes: Jacobo Villalobos, María Dayana Fraile, Raquel Abend van Dalen, Hensli Rahn. Me gustan mucho Liliana Lara, Enza García y Keila Vall de la Ville.

Cuentan con importante reconocimiento Rodrigo Blanco Calderón, Michelle Roche, Karina Sainz Borgo, María Helena Morán; o lo más veteranos: Antonio López Ortega, Juan Carlos Méndez Guédez, Fedosy Santaella, Isreale Centeno, Juan Carlos Chirinos, Gisela Kozak o Miguel Gomes; este último, además de gran narrador, es uno de nuestros mejores críticos.

Y acá en Argentina hay estupendos novelistas como José Urriola, Mori Ponsowy, Ricardo Azuaje y Luis Carlos Azuaje; cuentistas como Ricardo Añez Montiel y Gabriel Payares; y poetas extraordinarias como Blanca Strepponi y Eleonora Requena.

En Chile, destaco a Arianna de Sousa-García o Juan Cristóbal Castro, un autor que desafía los géneros.

Como ves, estamos desperdigados. El mapa de la literatura venezolana actual ocupa cuatro hemisferios. 

Háblanos de tu relación con la literatura cubana: escritores que te interesan, algún libro que te haya influido o marcado de manera particular, etc.

Soy fan de José Lezama Lima. De sus ensayos y sus poemas. Tengo Paradiso bastante subrayado y no descarto algún efluvio de los adolescentes Fronesis y Foción en algunos diálogos de El brillo de los niños.

Desde hace años leo a Octavio Armand, el ensayista y poeta afincado en Caracas, poseedor de una obra única y sorprendente. Y frecuento mucho las crónicas de José Martí.

De las nuevas generaciones, leo con admiración a Legna Rodríguez Iglesias, que vive en Miami, y a Marcial Gala, que está en Buenos Aires.  

Quisiera saber qué piensas de la situación política de tu país, luego de la captura de Nicolás Maduro a inicios de este año, y qué expectativas tienes para el futuro. ¿Hacia dónde va Venezuela?

En menos de un mes, Venezuela ha dado un giro que nadie previó, con consecuencias inmediatas asombrosas y un porvenir imposible de descifrar. Los bombardeos continúan suscitando una gran discusión sobre el alcance de la soberanía y las leyes internacionales. Al mismo tiempo, dos cosas inocultables: la alegría por la captura de un dictador, y la brutal demostración de fuerza de una potencia. Por un lado, el inicio de algo distinto y esperanzador; por el otro, Trump pavoneándose de su nueva conquista.

A la luz de los hechos, podemos concluir que el chavismo prefirió entregar el país a los Estados Unidos y no a la oposición, cuando esta ganó legítimamente las elecciones en el 2024. Lo cierto es que hoy gobiernan los mismos de siempre, pero trasmutados: la dictadura opresora ahora promueve una amnistía; la revolución antiimperialista, una apertura económica. Obviamente, todo digitado desde los EE. UU.

Veo difícil que el gobierno pueda sostenerse con semejantes contradicciones por mucho tiempo. Y ante esa dificultad, comienza a hacer lo que mejor ha hecho: ganar tiempo. Probablemente a la espera de una debacle política de Trump, que no hace sino huir hacia adelante; en noviembre son las elecciones legislativas en EE. UU., y a él le quedan dos años como presidente.

El panorama es poco alentador para los venezolanos, pero al menos se movió el tablero y se extirpó a un dictador. A partir de ahora pueden pasar muchas cosas insospechadas. Y en esa lista de cosas insospechadas está el quiebre del chavismo, la liberación de presos políticos y una eventual democratización…

“Para hacerse invisible en su propio valle / Caracas está en todas partes”, leo en uno de tus poemas. ¿Regresarías algún día a tu ciudad natal?

Pues no lo sé. El tiempo dirá. Caracas se me ha ido desdibujando en su materialidad, pero no para de crecer en mi imaginación. Es mi leyenda íntima.

JORGE ENRIQUE LAGE
JORGE ENRIQUE LAGE
Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Graduado de Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona, carrera que intenta ejercer. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

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2 comentarios

  1. El tipo solo conoce de Cuba a Lezama Lima y a Legna Rodríguez. ¡Vaya, vaya! Aquí: emoji de cagarse de la risa. No sabe bien si maldecir a Trump y desearle que pierda las legislativas o bendecir la extracción brutal del dictador vulgar. El libro debe ser malo, porque de un escritor con opiniones tan idiotas nada extraordinario puede salir. Que lea a Ibsen Martínez! Oil Story, para que vea lo que es bueno. Las entrevistas de Lage son un bostezo!

  2. Esta perla (que debió ser piadosamente editada): «El tiempo dirá. Caracas se me ha ido desdibujando en su materialidad, pero no para de crecer en mi imaginación». Que lea a Ibsen Martínez!!!!

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