Desde las cicatrices de la opresión. Jafar Panahi y ‘Un simple accidente’

'Un simple accidente' (2025), ganadora de la Palma de Oro, pertenece, sin duda, a ese cine de resistencia que, en distintos contextos y países, alcanza a revelar la vulneración de los derechos humanos y los orígenes del castigo de origen político.

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Culpa, responsabilidad, perdón, olvido, memoria. Entre esas cinco palabras se reparte el tiempo y el espacio de la violencia, lo mismo si es simbólica, psicológica, moral, o si es física. En un escenario convencional, lo primero que se hace cuando la violencia acaba, es controlar el desconcierto en el recuento. Olvidar no cabe. La memoria se encarga de no arrinconar nada, en especial el brutal avasallamiento del cuerpo en la violencia política. Pero no olvidar abre ese enorme paréntesis donde se reparten la justicia, las culpas, los castigos y hasta el perdón. Sin embargo, todo esto es muy confuso porque entre hacer justicia y tomar venganza hay una delgada y frágil frontera. Una línea visible y, a ratos, invisible. Además, esa violencia es muy peculiar. Se trata de la violencia del Estado, de un régimen, de un gobierno. En específico la violencia que puede ejercer una teocracia fundamentalista (las islámicas y las que no lo son, con lo cual el término teocracia deviene una metáfora más o menos sutil).

Vahid encuentra a su torturador por puro azar. Logra identificarlo a pesar de que, durante los interrogatorios, en su tiempo en prisión, ha estado siempre con los ojos vendados. Pero quien lo interroga y lo tortura tiene una pierna de madera y le dicen Pata de Palo. Su nombre es Eqbal y cojea haciendo un ruido característico e inolvidable. Y Vahid no puede borrar ese sonido que se nos antoja feroz gracias a la expresión del personaje cuando escucha y entiende qué sucede. Trabaja en un taller de reparaciones y una noche llega Pata de Palo con su familia. Su auto se ha roto, y, mientras el hombre camina de un sitio a otro del taller, oye ese sonido que era como el anuncio de las torturas y su despedida, cuando Pata de Palo entraba en la celda, hacía su trabajo atroz, y la abandonaba.

Es entonces cuando, lleno de temor, Vahid decide secuestrarlo y urde su plan.

Estamos en el Irán de los ayatolás, observando una película rodada clandestinamente –bajo la presión de la vigilancia política– por un cineasta, Jafar Panahi, que ha sufrido persecución, cárcel, maltratos físicos, prohibiciones, amenazas. Un simple accidente (2025), ganadora de la Palma de Oro, pertenece, sin duda, a ese cine de resistencia que, en distintos contextos y países, alcanza a revelar la vulneración de los derechos humanos y los orígenes del castigo de origen político.

Disentir y protestar, en una sociedad gobernada de modo totalitario por una cúpula de poder político, económico, financiero y, en este caso, también religioso, son actos que conducen, a la larga, a distintos grados de inmolación por medio del sacrificio, la angustia, el quebranto, la muerte. O, en concreto, al escarmiento, al correctivo. O, como mínimo, a la intimidación velada, a la advertencia.

Un simple accidente tiende a ser una road movie. Cuando Vahid secuestra a Pata de Palo, intenta enterrarlo vivo. Es su manera rápida de hacer justicia, o de vengarse. O ambas cosas. Tiempo atrás, Pata de Palo lo ha golpeado sistemáticamente por la espalda. El cuerpo averiado y maltrecho de Vahid quedará así ya para siempre. Y cuando está enterrándolo en una zona desértica, arrojando paletadas de tierra sobre el torturador, este lo invita a palpar las heridas (para que vea que son demasiado recientes) de sus piernas, el muñón de la prótesis, y Vahid se pregunta si será él realmente. En ese momento empieza el juicio de Pata de Palo: Vahid oculta el cuerpo del hombre en una gran caja de herramientas y va por la ciudad buscando testigos y consejos.

Algo de tragicómico hay en todo ese periplo. Pero lo tragicómico tiene aquí un efecto distanciador cuyo saldo es el de una tristeza esencial –una especie de lamentación por la crueldad y el sometimiento– que invita no a reír, pero sí a sonreír con la debida amargura. Vahid va descartando posibilidades de duda. ¿Su prisionero es o no es el torturador Pata de Palo? Un amigo que trabaja en una biblioteca le dice que deje el asunto, que la venganza no es solución. Pero le da un teléfono y una dirección y ya lo vemos en las afueras de una residencia donde se desarrolla una sesión de fotos. Se trata de una boda. Y los novios están felices. Pero ahí está Vahid, afligido y humilde. Quien hace las fotos es una mujer, Shiva, una de las víctimas de Pata de Palo. La novia, vestida de blanco, es otra víctima. La primera huele el cuerpo del interrogador y, asqueada, lo identifica. La novia, airada, también.

En la camioneta en que transporta Vahid a Pata de Palo también van la fotógrafa, la novia (Goli) y su novio (Alí). Se proponen hallar a Hamid, otra víctima.

Los interrogadores, los torturadores, los sádicos de esos regímenes que no aceptan disensiones y que las castigan con interrogatorios, cárcel y torturas, ¿adónde deberían ir a parar? El estilo democrático de la justicia garantiza no sólo condenas materiales sino, sobre todo, condenas morales. Pero el acopio de pruebas y testigos deviene un proceso lento en especial cuando el trasfondo es el de la rebelión, la confusión y el caos que ella produce. Eso, por un lado. Por el otro, está el estilo expedito, ágil y resuelto de castigar a los criminales, que es el mismo que se ha puesto de relieve por parte de las autoridades iraníes: sin asomo de duda golpean y matan, o anuncian (y ponen en práctica) rápidas sentencias de muerte.

“Nosotros no somos como ellos”, declara un personaje. Aun cuando es cierto, no resulta fácil.

El último testigo, Hamid, es un rebelde que ha sufrido mucho y que expresa su ira y su dolor de manera intempestiva y visceral cuando identifica a Eqbal Pata de Palo.

Porque filma urgido y evitando que lo sorprendan, Jafar Panahi ha debido de coreografiar el movimiento de sus actores y detallar, con precisión, sus identidades, sus emociones, para arrojar al rostro del espectador un conjunto inestable y verosímil de actitudes. ¿Cuáles son las formas de enfrentarte al monstruo cuando lo conoces y sabes que es un padre de familia como tú, que tiene una hija, una esposa a punto de parir, esa mujer que es llevada por los secuestradores a una clínica a pesar de todo lo que está sucediendo?

“Me dejó tres días colgado por los pies, ¿y quieres que lo trate con respeto?”, objeta Hamid. “No haremos nada hasta que confiese que es él”, dice Shiva. Saben que tienen a Eqbal Pata de Palo, nadie lo duda. Pero necesitan oírle decir que es él. Un imperativo moral que se encuentra, incluso, más allá del hecho de que a Goli el torturador la hizo pasar por una bestial simulación de ahorcamiento, durante 3 horas, antes de descubrir que era virgen y desflorarla (o anunciarle que lo haría), para que el castigo fuera doble.

¿Cuáles medios habrían de emplearse para que la venganza, contenida en la justicia, o la dosis de justicia encerrada en la venganza, no nos asemeje, en un desequilibrio probable, a quienes laceran y mutilan y matan con la mayor desvergüenza?

Pero ya sabemos que un prisionero común, un asesino casual, por ejemplo, está mucho menos expuesto a la dominación del cuerpo y su fractura, que un prisionero político. El primero asesina a un hombre, digamos, y lo que ha hecho se considera un delito común, mientras que el segundo “asesina” (o se opone de forma raigal) al Estado, o al gobierno que lo sostiene, y entonces el peligro que representa para el Poder es más odioso, más significativo, más censurable.

De acuerdo con Jafar Panahi, el teorema ético contenido en Un simple accidente también puede enunciarse así: uno, en pos de la justicia, se enfrenta a un simple hombre “sumiso” que defiende (o está “obligado” a defender) un sistema criminal. He ahí la Gran Idea. Sin embargo, como dice uno de los personajes, ese hombre “sumiso” y otros como él son quienes han creado y hecho crecer a ese sistema criminal. ¿Entonces qué?

En una suerte de secuencia transitiva, llena de revelaciones y de diálogos que poseen un indudable peso ético, los personajes llegan a una zona desértica donde sólo hay un árbol seco y sin follaje. Shiva se recuesta a él. A causa de lo escueto del escenario y su espesor simbólico –el espacio donde la mente se escudriña a sí misma–, Hamid recuerda una obra de teatro que han visto juntos. Ni más ni menos que Esperando a Godot, de Samuel Beckett, donde el fantasmático Godot representa muchas cosas y acaso también a Dios. Obra en la que “no ocurre nada”, es, además, la conciencia de la espera y la autorreflexión de la espera, en el que toda esperanza es palabras, oclusión y silencio. Y en la espera se hallan los personajes de Panahi.

Pata de Palo tiene su teléfono consigo y los secuestradores comprueban que su hija, llorando, lo llama para que ayude a su madre, que se ha desmayado en la cocina. La mujer está a punto de parir y hay que llevarla al hospital. Lo crucial se vuelve tragicómico porque todos van a la casa de Eqbal, recogen a la madre y a la niña, acuden al hospital, y, tras un parto feliz, Vahid se empeña en comprar dulces para celebrar el nacimiento del segundo hijo del torturador. ¡Es la tradición! Y en una tradición donde se enlazan la bondad, la alegría y el festejo de la vida nadie se andará con miramientos sobre quién es el recién nacido ni quiénes son sus padres. Hamid le recuerda a Shiva, escandalizado porque ella, mujer, participa de la discreta celebración, los muchos abortos espontáneos que presenció en la cárcel. Él es la memoria exaltada, la prohibición inalienable de olvidar.

En términos dramatúrgicos, lo mejor de todo es que la acción posee una espontaneidad radical –en ocasiones próxima a la comicidad, repito– sin que pierda su carácter sombrío, pues deberán enfrentarse, al fin, al hombre que los maltrató a todos casi hasta la muerte. Lo harán confesar a fuerza de vergüenza, a fuerza de dignidad.

Sin embargo, quienes en el desenlace enfrentan a Eqbal y lo desnudan en su espantosa catadura moral, son Shiva y Vahid. Y logran que la precaria sinceridad del interrogador se metamorfosee en un encuentro (inesperado, diríase) con su yo real, realista, frente al espejo, el yo del que no ha sido consciente, del que ahora no podrá escapar, y que lo sobrecoge y humilla mientras grita y pide perdón.   

Al inicio de la película Eqbal va con su familia en el auto: su hija está detrás, jugando y cantando. Su esposa embarazada se encuentra a su lado. En ese auto todo es puro bienestar. Van a tener otro hijo. Y como es de noche y apenas se ve, de pronto Eqbal atropella a un perro. Consternado, se baja y examina con pena al animal moribundo. Su hija le pide que apague la música. Él aclara que ha sido un simple accidente. “No, lo mataste”, dice la niña.

Hay una suerte de paralelismo entre la muerte del perro y las muertes que seguramente ocasionó Eqbal en la prisión. No sabemos bien si es un dilema presentado con excesiva o sospechosa sencillez, tanto como admitir las demasiado obvias diferencias entre un perro y un ser humano. Pero una suerte de médula incandescente pervive allí porque entre la responsabilidad y la culpabilidad existe una bisagra que chirría. Lo cual es algo que, en cuanto a la actitud de Shiva y Vahid frente a Eqbal, exigiéndole reconocimiento y aceptación, se convierte en un dilema de otro mundo.

Esta película se constituye hoy en un documento de primera magnitud.

ALBERTO GARRANDÉS
ALBERTO GARRANDÉS
Alberto Garrandés. Narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado Sexo de cine (Premio de la Crítica en Cuba, 2013), Body Art (cuentos, 2014), El ojo absorto (ensayo, 2014), Una vuelta de tuerca (ensayo sobre cine de autor y películas de culto, 2015), y Demonios (novela, 2016, Premio Alejo Carpentier). En 2018 reunió lo esencial de sus cuentos en Mar de invierno y otros delirios.

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