Querido Pepe, perdóname por escribirte en tiempo presente, pero no lo hago por capricho, sino porque aún no me he acostumbrado a pensar que no estás ahí, en tu casa de La Habana.
Antes de conocerte personalmente, yo conocía ya tu nombre y apellidos, pues aparecían en Orígenes y luego en Ciclón. Esas dos revistas, la primera junto a don José Lezama Lima y la segunda contigo al timón, era de lo mejor que había en Iberoamérica, junto con Sur, de Buenos Aires, y Mito, de Bogotá.
Por tus reseñas y críticas, se veía que conocías al día la mejor literatura mundial. Mis amigos y yo nos enterábamos de la aparición de un libro de Robert Lowell o de Camus gracias a ti, antes de poderlo leer, comprado en Francia o en Inglaterra: la censura del franquismo tutelaba nuestras lecturas, aparte de cuidarse de mutilar o rechazar un libro nuestro.
Bien, un día, mientras leía un pavoroso montón de libros de poesía que optaban al Premio “Julián del Casal”, encerrado como un anacoreta en mi habitación del Hotel Nacional, una operadora me dijo que en la carpeta del hotel, un compañero llamado José Rodríguez Feo preguntaba por mí, y que si no me molestaba que él subiese a mi habitación. ¡Por caridad, compañera, dígale que suba, estoy esperándole ya! Me fui donde los ascensores y al poco estábamos abrazados. Ya en la habitación, comenzamos a hablar. Me enteré de que, con la Revolución, toda tu familia había dejado la isla menos tú, que estabas trabajando en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que eras amigo de los primeros compañeros que tuve yo en La Habana, en aquel mi primer acercamiento a la isla: Pablo Armando Fernández, César López, Fernández Retamar… Pronto estabas ya preguntando por mis hermanos —a Juan tú le habías conocido antes y por Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y un montón de conocidos tuyos. Oye chico, te dije, también está en este hotel el novelista Juan García Hortelano, y podemos almorzar los tres en el restaurante de abajo.
Pronto mis reuniones se ampliaron, y estuve en casa de Pablo Armando Fernández, y por ti y por Pablo conocí a Antón Arrufat, Miguel Barnet, y la tira. No era poco para un primer viaje a Cuba. Tenías esa vez, y seguiste teniendo en mis viajes posteriores, el último en 1935, el aspecto de un hombre joven y un entusiasmo por la vida y por la literatura más joven aún: flaco, tostado por el sol, ocurrente y atento a cualquier novedad, viniera de donde viniese. Te recuerdo como un hombre distinguido, inteligente, que no cuadraba con el cartelito que te habían puesto de especialista sólo en materia de cuento literario. Eras un hombre de cultura, todo te interesaba, y dado el hecho de que tu familia era muy rica, habías podido viajar mucho: USA, México, varios países de Suramérica y Europa: Francia, Inglaterra, España, Italia, Argentina, Brasil, Chile…
Después de ese mi primer viaje, volví como unas cuatro veces a Cuba, y te seguí tratando, cada vez con mayor cariño. En uno de esos viajes llegué acompañado por mi mujer, Asunción, a la que todos llaman Ton, y a la que Haydée Santamaría, en un viaje que hizo a España y en el que se alojó en nuestra casa, había invitado. Te conoció, y pronto os hicisteis amigos. Ella siempre recuerda vuestros paseos por La Habana, y las historias y cuentos que le hacías sobre el pasado y el presente de la ciudad y me sospecho —se lo preguntaré— que también sobre su futuro. Te quiere mucho.
Nos vimos, pues, cuatro veces más en La Habana, y cada vez te apreciaba más. Horacio Vázquez Rial y yo conseguimos que fueseis invitado a un congreso que se celebró en Santa Cruz de Tenerife. Hermosos días en las Islas Canarias, y también en Barcelona. Mi casa no es muy grande, pero tiene, lecho conyugal aparte, dos literas, dos sofás-camas y una cama de verdadera cama: en ella se instaló, por decisión propia y por voluntad inflexible, el señor: tú, Pepe, Pepón, y nadie te lo discutió. Disteis una charla preciosa en la Universidad Central de Barcelona, y recuerdo que paseamos bien, salvo un atraco del que fue objeto Miguelito Barnet. jAh!, olvidaba decir que el increíble quinteto lo componías tú, Barnet, César López, Pablo Armando Fernández y Antón Arrufat.
No, éstos muchos recuerdos que no cabrían en un libro, no han muerto, ni tú tampoco. Volarán por ahí para proclamar la existencia de un hombre inteligente, culto, que amaba a su isla y que, siendo millonario en dinero, fuiste también millonario en amor, y que voluntariamente pasaste de ser rey a ser un fraile laico, un rey mendigo. Dondequiera que estés, salud, mi querido Pepe.

