El primer Lezama de Hernández Busto

La biografía de Lezama de Ernesto Hernández Busto es un trabajo serio, el trabajo de una vida, y en una cultura que nos ha acostumbrado a mamotretos malos y onanistas, se agradece la aparición de un libro real.

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El pasado 26 de diciembre, el diario español ABC publicó una columna de Ernesto Hernández Busto sobre La verdadera vida de Sebastian Knight. Jugada sospechosa. Días después, Hernández Busto invirtió los papeles en una entrevista y le preguntó a Jorge Enrique Lage si había leído esa novelita de Nabokov. “No la he leído”, dijo su amigo. “Hace poco escribí sobre ella”, confesó él, y no era difícil imaginar que sonreía con la malignidad de un Orson Welles o de un Peter Sellers.

¿De qué trata, según Ernesto Hernández Busto, ese “pequeño tratado del alma exiliada” escrito por Nabokov en 1941? “Basta aceptar que el verdadero héroe del libro es el narrador, ese misterioso V. que intenta defender la reputación de su medio hermano y refutar, de paso, una mediocre biografía, en la que los prejuicios han terminado por deformar los rasgos del escritor”. Y también: “Desde el principio, V. trata de rehabilitar a su hermanastro en contra de una opinión demasiado vulgar”.

En los buenos policiacos, el criminal intenta por todos los medios ser descubierto. Habla, se desgasta, hace señas, se desnuda frente al detective. Hernández Busto tramó durante el fin de año un juego dentro del cual era el villano y el héroe –un vicioso V. buscando su vendetta–, y nosotros éramos el torpe policía, o al menos la rubia-fumadora-testigo. Sebastian Knight, elemental, era Lezama.

El dato que falta en esta trama es el que todo el mundo sabe: la editorial española Pre-Textos acaba de publicar José Lezama Lima: una biografía, el primer tomo de lo que será el opus magnum de Hernández Busto y probablemente de toda su generación. Son los “años de formación” de 1910 a 1939, o sea, de Columbia a Upsalón. La primera letra del nombre ha sido articulada.

Resuelto el who queda el why. ¿Por qué Ernesto Hernández Busto quiso sembrar cizaña sobre su propio libro? ¿Por qué un biógrafo teoriza sobre la “incapacidad última de lo biográfico” y la “metempsicosis voluntaria”? ¿Es una disculpa o una advertencia? ¿Hay que leer su Lezama (sí, desde ahora hay que decir su Lezama, como el Tácito de Syme o el doctor Johnson de Boswell) como ejercicio de inmersión en la vida ajena, ya que las almas tienen “carga intercambiable”?

Habría que entrevistar de nuevo a Ernesto Hernández Busto, pero ya sabemos que hace trampas. Por eso, lo más estratégico en el sentido policial es leer su libro. El tono que iba a tener y el enorme trabajo que supuso ya los conocíamos. Desde hace varios años se han publicado adelantos en varias revistas. Pero verlo completo, leerlo completo, es el gran acontecimiento literario cubano –quizás hispanoamericano– de las últimas décadas.

No hay cómo hablar de esto sin hipérboles. La biografía –tenemos solo un tomo, casi cuatrocientas páginas– lo justifica todo. Es como Kant o la escolástica: podemos disentir, podemos patalear, podemos quemar el libro (seguro muchos enemigos de Hernández Busto lo comprarán solo para darle candela), pero al final el Lezama de Hernández Busto ha caído sobre nosotros con una gravedad que intuíamos, pero que nos parecía imposible. “Mi Lezama ya es más un buey profano que una vaca sagrada”, ha llegado a afirmar, con delicioso descaro, nuestro hombre.

Como toda gran obra, esta aspira a hablar de todo en relación con Lezama, y de Lezama como centro de todo. El todo no es solo Cuba, ni siquiera la literatura o la historia, pero también es eso. Por último, es un libro sobre Hernández Busto –no perdamos de vista a Nabokov– y sus búsquedas, y sobre esa generación. La primera lectura que se puede hacer es generacional.

Nacido en 1968, Hernández Busto escribe sobre un poeta que vivió de 1910 a 1976, fue sepultado por los burócratas en 1971 y resucitado por los jóvenes escritores rebeldes en la década de 1980. El prólogo del Lezamaes el retrato de esa generación, compuesta sobre todo de ensayistas que hubieran sido poetas, novelistas o cantantes de primer orden, pero que serán recordados por sus ensayos.

Casi todos se exiliaron, aunque también hay emigrados a secas y hasta colaboracionistas. Lezama fue para ellos una especie de patrono. “No se entendía muy bien cómo había aparecido en Cuba aquel escritor”, piensa Hernández Busto. Lezama creó un culto, una secta, y también una reacción. Los detractores y los imitadores del lezámico modo han agobiado durante décadas a los estudiantes.

Todo el mundo está cansado de los libros escritos por Carlos Argentino Daneri. Los pedantes, los hipertélicos, los herméticos, los valoradores múltiples, los que escriben con prosa de egresado (del Centro Onelio, claro), los combativos y los pudorosos. Ernesto Hernández Busto quería que los malos biógrafos de Lezama, según dijo Cintio Vitier en su única frase digna de recuerdo, salieran “como brujas montadas en escobas, disparadas por una ventana”.

Lo primero que hace Hernández Busto es optar por la sobriedad y cargar contra los abusos del estilo lezamiano: “carece de equilibrio o simetría, abusa de parataxis y anacolutos, tiene una puntuación errática, se pierde a menudo en digresiones, es demasiado reiterativo a veces”.

No hay que subestimar el espíritu vengativo de este libro. Va contra un país que acabó exiliando a los mejores, ataca en la memoria y en el presente, es la historia de Cuba y la demostración de que Cuba tiene demasiada historia. Va contra su propia generación: es un examen de conciencia. Va buscando guerra, trae la espada, ¿por qué están callados los polemistas?

La tensión entre la vida y la historia, sobre la que tanto ha reflexionado la generación de Hernández Busto, es clave para entender cómo se reconstruyó la vida de Lezama. La intimidad del poeta no es una cápsula dentro de los vaivenes de la República y la Revolución: es el microcosmos desde el cual se comprende el escenario mayor.

El linaje del poeta –del cual se ocupa el capítulo “Fábulas de la sangre”– es en sí mismo una miniatura de la historia nacional. Ancestros vascos por la vía paterna, emigrados e independentistas por la materna, contar esa genealogía es iluminar los primeros capítulos de Paradiso. La biografía se convierte así en reverso y complemento de la novela, y habrá que hacer una edición crítica donde figuren esas pistas.

Se despliega un álbum de fotos. La Habana, Matanzas, Sancti Spíritus, una excursión al hinterland cubano, los “pequeños reinos” familiares. La vieja Mela de Paradiso se llama en realidad Mercedes Padilla y vivió en Cienfuegos, nos informa Hernández Busto; la recia doña Augusta se llama Celia Rosado Aybar; al tío Andresito le decían Andrew y estaba muy americanizado; su padre, Andrés, era rico en Cuba y se empobreció en el norte.

La muerte de Andresito en 1898 –no “por Cuba”, como dice Mela, sino por una desgracia técnica en un elevador– salió en los periódicos americanos, que la biografía reproduce. “He had been sitting on a board across the shaft, the board breaking in two”, dice un diario, “The affair quite naturally created a great deal of excitement among the large number of ladies at the fair”. Es el capítulo III de Paradiso narrado por Hemingway o más bien por Stephen Crane.

No menos dramática es “La cuerda del padre”. Bilbaínos emigrados, aventureros, militares, si se aplica la idea del doble linaje a la familia lezamiana –como Piglia con Borges–, el padre aporta la acción y la madre la memoria. “Teníamos el refinamiento de las gentes de tierra adentro cuando están dedicados al cultivo de hojas muy nobles”, dice en Paradiso uno de estos ancestros.

Dado que su padre es coronel, Lezama nace en el cuartel Columbia el 19 de diciembre de 1910. La oficina de José María Lezama tiene un librero interesante, con la Enciclopedia Británica y novelas de espionaje de la Primera Guerra Mundial.

El entusiasmo de Lezama al describir estas novelitas de entretenimiento es uno de mis pasajes preferidos de Paradiso –por suerte virgen de crítica–, sobre un tiempo “cuando los espías tenían que traspasar los límites de la prostitución, y los espías más temerarios tenían que adquirir sabiduría y una perilla escarchada en investigaciones geológicas por la Siberia o por el Kamchatka; guardaban esos espacios más nunca recorridos, de esas gentes concretas, rotundas, que apenas compran un libro, lo leen de inmediato por la noche”. Muchas veces he querido escribir una novela cuya única brújula sea esta frase sinuosa.

Un expediente militar como el del Coronel, amigo de José Julián Martí y jefe de las tropas que mataron al padre de Nicolás Guillén, refleja mejor que cualquier historia de Cuba el nacimiento de esa nación. Da la impresión de que el país no merece existir. Sobrevive –y sobrevivirá a lo largo de las décadas siguientes– solo si un caudillo, un descarado o un dictador está sentado en el Palacio. El padre de Lezama es un actor discreto pero muy activo de esos años convulsos.

La muerte del Coronel fija el destino del niño y lanza a la familia a la pobreza y la soledad. La madre está embarazada cuando su marido fallece, lo cual genera un contrapunto entre la vida y el más allá que volverá luego, cuando la familia trate de comunicarse con él a través del espiritismo.

No es casual que la palabra alquimia se repita cuatro veces en el libro. Lezama busca lo oculto. Su hermetismo viene de Hermes Trismegisto, Mercurio de paseo por Egipto, Thot el escriba, el dios que afirma que “como es abajo es arriba, y como es arriba es abajo”. Sin esoterismo no se puede comprender la poesía de Lezama y los gestos e iniciaciones de Paradiso.

“Para la alquimia, la transmutación de la propia alma es condición necesaria de la transformación de los metales y la obtención de un «producto» trascendente”, escribe Hernández Busto sobre Muerte de Narciso: “Así como la transmutación alquímica es el arte de transformar lo bajo en lo alto, la materia inferior en otra superior o más refinada, una propuesta del poema también parece ser la transformación de las pulsiones básicas, sensoriales, en apetito gnóstico trascendental”.

Lezama había leído el Corpus Hermeticum, consultado el I Ching, rumiado a cabalistas y gnósticos e infinidad de basurología esotérica (que es adictiva, por cierto, como las novelitas de espías). En Rayuela, Oliveira le espeta a Babs que “​​hay que haberse leído todo Platón, varios padres de la iglesia, los clásicos sin que falte ni uno”. Lezama, que lo había leído todo, leyó también a Orígenes de Alejandría, y no por gusto la revista se llama así.

Cuando Lezama es todavía muy joven llegan a La Habana dos figuras cataclísmicas, Krishnamurti y Lorca. El espíritu y la materia, el estoico y el epicúreo, un jovencito indio y otro español. Están en La Habana de Lezama y Hernández Busto explora cómo esas presencias pasajeras, salidas de los libros, mágicas cada una a su modo, influyeron en su iniciación poética.

También es esencial para Lezama el tío tarambana, Alberto, una fuerza negativa y carismática que revuelve a la familia y acaba falleciendo temprano. En Paradiso esa muerte es teatral y anunciada. En la vida real, el tío Alberto, “hombre a quien la broma cubana acompañó siempre”, según Eloísa Lezama, tuvo una muerte bicéfala: se ahorcó o lo ahorcaron en un calabozo, “por vergüenza” o “por difamar al gobierno”.

Cuando Lezama tenía 19 años su familia abandonó la casona señorial de Prado para mudarse al modesto Trocadero. A nivel social, era una bajada al cuasi inframundo habanero y a la pobreza definitiva. Para él, un paso liberador.

“Narciso en Upsalón” es el capítulo de las iniciaciones más duraderas. Machadato y universidad vienen juntos, como Lorca y el gurú de la teosofía. Estudia Derecho y no Filosofía y Letras porque “todo poeta era maricón en tanto no se demostrara lo contrario”. Lezama fue abogado, pero también poeta y maricón.

La breve y apasionante entrada en escena de Salvador Gaztelu, borrado de las hagiografías lezamianas, es uno de los méritos del libro. Lezama se hace retratar junto al mar con ese joven, hermano del cura de Orígenes, le pasa el brazo por encima, lo apadrina. Hernández Busto nos vuelve a tender una trampa, esta vez gráfica: coloca una foto de Lezama y Gaztelu, y a su lado otra de Lorca y “un amigo”. Lezama y Lorca van de traje oscuro; los acompañantes con ropa más clara. El fondo común es el mar. Truco óptico genial.

El pudor idiota de amigos y biógrafos sobre la “inclinación griega” de Lezama ha llevado a silenciar a Salvador Gaztelu o a esconderlo tras la sotana de su hermano Ángel. En algunas fotos “se trasluce una cierta familiaridad física” de ambos muchachos. En otras, “el joven parece hosco y es Lezama quien insinúa una sonrisa”, nota Hernández Busto. Es Salvador quien presenta al poeta y al sacerdote: “Curiosa manera de desplazar una atención que quizás lo asfixiaba”.

Salvador Gaztelu confirmó años después que Lezama era homosexual. Se convirtió en negociante del sector textil, se casó, tuvo hijos y se exilió en 1962.

En los años treinta, Lezama se manifiesta ya como poeta completo. Sigue acudiendo a las consultas de espiritistas para invocar al fantasma de Arístides Fernández, su amigo pintor muerto en 1934. Funda o se ocupa de sus primeras revistas, los títulos precursores de Orígenes. Conversa con Juan Ramón Jiménez y con María Zambrano, lee, siempre está leyendo, escribe y sigue siendo un hombre pobre.

El libro acaba con un desesperado Lezama tratando de salir del país rumbo a la Florida. Es imposible no identificarse con un escritor joven que le pide a Juan Ramón “trescientos pesos en efectivo” para sacar pasaje, aprender inglés y prepararse para entrar a la Universidad de Gainesville. No irá a ninguna parte. Hay gente que nunca se va o nunca logra irse.

Tranquiliza saber que este libro, como las aventuras que acumulaba el Coronel, no se acaba nunca. Quizás no se acabe ni siquiera a finales de año, cuando ya los tres tomos estén en las librerías. Es un trabajo serio, el trabajo de una vida, y en una cultura que nos ha acostumbrado a mamotretos malos y onanistas, se agradece la aparición de un libro real.

El párrafo más bello de la biografía –de lo que va de biografía– carece de cinismo y de astucia. Es deliberadamente sentimental, y como el tema de este libro es el todo, lo justo es que la añoranza de Ernesto Hernández Busto también encuentre su lugar: “Uno de los inevitables apetitos de cualquier biógrafo que se ocupa de un escritor fallecido es el deseo secreto de que este regrese a la vida. Que vuelva para explicarnos algunas claves de nuestro propio mundo. Que venga a consolar un duelo que creemos consolable, a ocupar una tierra arrasada y baldía. Queremos devolverlos a la vida, devolverles tanta vida como podamos”.

XAVIER CARBONELL
XAVIER CARBONELL
Xavier Carbonell (Cuba, 1995). escritor. Su novela El fin del juego (Ediciones del Viento, 2021) obtuvo en Cuba el Premio Italo Calvino, al cual renunció, y en España el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Es autor de las novelas El libro de mis muertos (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara) y Náufrago del tiempo (Editorial Verbum). Ha publicado ensayos y artículos en Letras Libres, La Lectura, Rialta, 14ymedio, Hypermedia Magazine y Bookish & Co. Desde 2021 vive exiliado en Salamanca.

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2 comentarios

  1. El desenfado de la reseña sabe elogiar a Ernesto Hernández Busto, mientras casi imita en algunos párrafos la lengua viperina del viperino Cabrera Infante. Lanza dardos, logra despertar curiosidades, reticencias, sonrisas… Porque estamos ante una de las escasas biografías valiosas escrita por un cubano. Parece sencillo, pero como nos demuestra Xaviel, es todo un acontecimiento. Un hermoso suceso.

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