Puede decirse que El último juego (2025), cortometraje de ficción dirigido por Daniel Chile, se mueve en el terreno de la distopía. Sin embargo, la Cuba que se nos presenta no es futura, ni exactamente distópica; se siente más bien… actual.
En 24 minutos, esta coproducción entre Mirapaká Producciones, i4films y Vedado Films –con el apoyo del Fondo Noruego para el Cine Cubano– construye un universo donde las infancias son protagonistas. El cortometraje forma parte de la sección Spotlight On Cuba del Festival de Cine de Miami, que se celebra del 9 al 19 de abril de 2025.
El filme, escrito por Chile junto al guionista Amilcar Salatti, sigue a cuatro niños –interpretados por Marcelo Martín, Alejandro Domínguez, Daniel Leal y Ernesto Bustamante– que habitan un entorno marcado por la emigración, el abandono y la desesperanza. Sus nombres de ficción: Antuán, Mulo, Rizo y Naco. A su alrededor, actores como Massiel Dueñas, Andros Perugorría y Karen Machado completan el reparto.
La película se articula con una economía narrativa notable. El de estos niños no es un juego inocente. Y lo que revela sobre ellos es el verdadero tema de la historia.
Sin declararlo explícitamente, el cortometraje desnuda los mecanismos con que la masculinidad se construye desde edades muy tempranas: la competencia, el dominio del espacio, la dureza como código de supervivencia. Surge entonces la pregunta de si esto fue un planteamiento consciente desde el origen del proyecto o algo que emergió orgánicamente del trabajo con los cuatro niños actores.
“El tema de la masculinidad está implícito, producto de que vivimos en una sociedad patriarcal, algo que no es exclusivo de Cuba. Lo que sí tuvimos claro el reconocido guionista Amilcar Salatti y yo cuando escribimos el guion, fue explorar el impacto del contexto en la psicología infantil. Cómo ese contexto marcado por la emigración, la desidia y la desesperanza influye en los comportamientos de esos niños en pleno desarrollo de sus personalidades. Claro, los cuatro niños reaccionan cada uno diferente, según su visión de la realidad, y, sobre todo, por la influencia de la familia, algo que no se ve en la historia pero que se intuye en sus actitudes”, señala Chile en exclusiva para Rialta Noticias.

En El último juego, la violencia está en el paisaje, en los cuerpos, en la forma en que los niños miran. Y esa dimensión visual –esa pobreza que muta lentamente en distopía– es quizás uno de los logros más notables del filme. Alcanzarla implicó un trabajo de precisión entre la dirección de arte a cargo de Darianis Riverón, la elección de locaciones, y la fotografía de Alexander González, quien también figura como coproductor del proyecto.
“Siempre tuve claro la visualidad que quería para el cortometraje”, asegura Chile. “La búsqueda de las locaciones fue fundamental para lograr esa atmósfera inquietante y apocalíptica que imaginé desde el guion. Para lograrlo, tuve a mi lado al eficaz y comprometido equipo de producción de i4films junto a excelentes profesionales del cine que entendieron desde el inicio el sentido de la historia. Por supuesto, conté con el talento de Alexander González, director de fotografía con sensibilidad y arte en su mirada que, con luz natural, casi en su totalidad, logró esos ambientes de penumbra que exigía el corto. Fue un reto para todos, pero lo más importante fue que desde el primer momento creímos en la historia que íbamos a filmar”.
El cine cubano ha explorado antes las infancias en situaciones y acciones hostiles con títulos como La guerra de las canicas (Adrián Ricardo Hartill y Wilbert Noguel, 2007) y Cositas malas (Víctor Alfonso Cedeño, 2018). En ambos casos, la mirada sobre la niñez rozó territorios incómodos sin moralinas ni juicios inútiles. El último juego no elude esa tradición.
“Hay que trabajarlo desde la honestidad. Sabemos que la naturaleza violenta del juego puede ser cuestionada, partiendo de que son niños, casi adolescentes, pero es necesario ese golpe de realidad”, sostiene Chile. “Nunca tuvimos ningún tipo de cuestionamiento, estábamos y estamos comprometidos con un proyecto que nos apasionó desde que comenzamos a escribir el guion. El cortometraje no es complaciente ni busca moralizar; más bien es una alerta, un espejo en el que muchos querrán mirarse y otros no”.

Esa declaración de principios atraviesa también decisiones de puesta en escena más concretas. Una de ellas fue la adaptación de los diálogos para que resultara orgánico en boca de los actores jóvenes. En cualquier producción con niños, el guion escrito entra en negociación con la realidad del rodaje; las palabras de adultos no siempre caben en voces más jóvenes.
“Por supuesto, siempre ocurre y no solo con niños, también con adultos”, apunta el realizador. “Durante los ensayos, incluso en el propio rodaje, tuvimos que adaptar algunos diálogos que ellos proponían de forma espontánea, y eso es bueno, porque se siente natural y sincero. Pero de forma general, los niños fueron bastante fieles al guion e hicieron un trabajo serio y profesional”.
Parte de ese rigor fue posible gracias a una decisión que dice mucho sobre la forma en que Chile entiende el trabajo cinematográfico: la incorporación de Yaremis Pérez no solo como directora de casting –función que también ejerció–, sino como directora de actores del proyecto. Es un rol que muchos directores reservan para sí mismos, por control creativo o por tradición. Ceder ese espacio, o más bien compartirlo, implica una confianza que no siempre se da en el proceso de rodaje.
“El compromiso es con la obra y yo respeto mucho el trabajo con los actores, que al final son los que van a estar en la sala oscura con los espectadores. Sabía que era imprescindible lograr actuaciones sinceras en los niños para que la historia fuera creíble. Por lo que sentí que era fundamental apoyarme en Yaremis Pérez, experimentada coach de actores que hizo un trabajo brillante, equilibrando sobriedad e intensidad en la actuación de los niños, algo complejo de lograr. Tuvimos una excelente comunicación y confianza mutua, y creo que el resultado se ve en la pantalla”.
Durante muchos años, la isla de Cuba buscó representar una utopía. No parece haber nada más humano –ni más trágico- que esa búsqueda haya fracasado. Y quizás no haya imagen más honesta de ese fracaso que la de unos niños jugando en las ruinas de lo que alguna vez fue una promesa.

