“Vivimos con la incertidumbre de si podremos resolver la comida del próximo día”

En la Cuba de hoy, “vivir al día” dejó de ser una expresión popular para convertirse en una condición impuesta.
Los apagones no permiten que los cubanos beban ni siquiera un vaso de agua fría (Foto de la autora)

SANTIAGO DE CUBA ― Cansada de ver cómo los alimentos terminan pudriéndose por la falta de refrigeración, Marbelis Cisneros dejó de hacer algo que durante años consideró indispensable: abastecer su casa. Antes, cuando los apagones todavía daban algún respiro, organizaba las compras para varias semanas. Si el dinero se agotaba antes de fin de mes, al menos tenía la tranquilidad de saber que en la despensa y el refrigerador quedaba lo esencial para alimentar a su familia.

Hoy esa tranquilidad desapareció. La planificación fue sustituida por la improvisación y el futuro se redujo a una sola pregunta: ¿qué se podrá comer mañana? En la Cuba de los apagones interminables, los refrigeradores no solo dejaron de conservar alimentos; también dejaron de ofrecer la seguridad que durante décadas representaron para millones de hogares.

“De acuerdo con mis posibilidades, compraba carne suficiente para una o dos semanas. Pero después de quedarme sin nada varias veces porque se echó a perder, tuve que renunciar a esa costumbre. Ahora vivo con la incertidumbre de si mi familia y yo podremos resolver la comida del próximo día”, contó a CubaNet.

Cuando una familia pierde la capacidad de almacenar alimentos también pierde la posibilidad de ahorrar. Comprar cada jornada obliga, por lo general, a pagar más caro, invertir más tiempo y quedar expuesta a una inflación que no concede tregua. En Cuba, donde el precio de los alimentos suele seguir el ritmo del dólar en el mercado informal, aplazar una compra puede significar pagar decenas o cientos de pesos más apenas unas horas después. Un producto que hoy cuesta 650 pesos la libra puede venderse mañana a 700 y la diferencia, repetida una y otra vez, termina devorando salarios y pensiones.

Carne echada a perder por la falta de refrigeración (Foto: Cortesía de Marbelis Cisneros)

Economistas como Pedro Monreal y Pavel Vidal han explicado en diversos análisis que la inflación cubana responde a problemas estructurales: la escasez de bienes, la depreciación del peso, los desequilibrios monetarios y fiscales y la limitada capacidad productiva del país han deteriorado de forma sostenida el poder adquisitivo de la población. En ese escenario, la imposibilidad de conservar alimentos por los prolongados cortes eléctricos agrava todavía más la vulnerabilidad de las familias, que se ven obligadas a destinar buena parte de sus ingresos a resolver únicamente la comida del día.

“Todos los días hay que comprar una librita de picadillo, de pollo o de jamonada. Esa miseria me tiene harta; así no hay quien viva. Nunca más he podido comprarme algo que me guste, fuera del poquito de comida”, lamentó Xiomara Ferrer, residente en el centro de Santiago de Cuba.

Las historias de Marbelis y Xiomara se repiten de un extremo al otro de la Isla. Cada nuevo colapso del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) deja tras de sí fotografías de refrigeradores vacíos y alimentos descompuestos que terminan en la basura. Para muchas familias, perder un paquete de pollo, unos huevos o un trozo de carne no significa únicamente desperdiciar comida. Significa ver desaparecer, en cuestión de horas, el equivalente a varios días e incluso semanas de trabajo.

Pero los apagones han erosionado mucho más que la economía doméstica. También han ido borrando pequeñas costumbres que daban cierta normalidad a la vida cotidiana. En muchas casas ya no es posible mantener agua fría para aliviar el calor sofocante, preparar hielo, guardar un refresco para los niños o elaborar un postre que necesite refrigeración. Son gestos sencillos que dejaron de formar parte de la rutina porque dependen de un servicio eléctrico que ya casi nunca es estable.

Los apagones no permiten que los cubanos beban ni siquiera un vaso de agua fría
El estado de un refrigerador sin electricidad (Foto de la autora)

Eso es precisamente lo que más extraña Iliana. Durante años disfrutó preparando dulces, batidos y pequeños postres para ella y su familia. No era solo una afición; era una manera de expresar cariño, de celebrar la vida aun en medio de las dificultades. Hoy la nevera permanece casi vacía. Apenas guarda algunos pomos de agua que logran enfriarse durante las pocas horas en que regresa la electricidad, pero vuelven a calentarse poco después, cuando sobreviene otro apagón.

“Estamos aferrados a la vida por instinto natural, pero esta vida nadie debería vivirla. Que en pleno siglo XXI sea un lujo tomarse un refresco frío o simplemente un vaso de agua helada es inconcebible. Nos han quitado todo, hasta la ilusión”, dijo a CubaNet.

La pérdida de esas pequeñas rutinas puede parecer menor frente a la escasez de alimentos o el deterioro de la economía. Sin embargo, para miles de cubanos representa la desaparición de espacios de bienestar, de momentos familiares y de una sensación de normalidad que durante años ayudó a sobrellevar las dificultades. Los apagones no solo dañan electrodomésticos o echan a perder la comida; también transforman la manera en que las personas habitan sus hogares y experimentan la vida cotidiana.

En la Cuba de hoy, “vivir al día” dejó de ser una expresión popular para convertirse en una condición impuesta. La combinación de apagones prolongados, inflación persistente y escasez ha vaciado las despensas, ha convertido los refrigeradores en simples muebles y ha obligado a millones de personas a renunciar incluso a los gestos más simples del bienestar cotidiano. En muchas casas ya no se planifica la semana siguiente ni el próximo mes. Se sobrevive, apenas, hasta que amanece otro día.

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