LA HABANA.- Cuando un diente se va queda un espacio vacío que sólo puede llenar la llegada de otro diente. Muy bien recuerdo yo aquella vez en la que mi abuela paterna, una de las mujeres más presumidas que he conocido, se le partió uno de sus dientes, uno de esos que ocupan uno de los espacios más centrales, de la encía, entre los más visibles, y esa desgracia sucedería un día antes de hacer un viaje a New Jersey para encontrarse con su hermana a la que no veía desde hacía algunos años.
Aún recuerdo el desconcierto de mi abuela, su sufrimiento, ese que la llevó a una gran quejumbre, incluso a decidir que no subiría al avión, que no haría el viaje con aquella ausencia tan visible. Mi abuela dijo que no haría el viaje si no conseguía una pequeña prótesis antes de subir las escalerillas del avión. Su hermana no dejaba de llamar, y tampoco su cuñado, la sobrina, sus muchísimas amigas que vivían en New Jersey.
Y mi abuela Ángela se convirtió, de la noche a la mañana, en odontóloga. Mi abuela agarró un frijol blanco y lo rebajó con una lima de uñas para pegarlo luego a un chicle que ajustara a su encía, a ese espacio que había quedado tan groseramente vacío. Mi abuela sonrió delante del espejo. Abuela ante el espejo se movía, se miraba, sonreía, y hasta hablaba. Y mi abuela llegó bien temprano al aeropuerto, sonriendo, sin que nadie notara la real ausencia de esa pieza tan amada que congeniaba con cada uno de los detalles de la cara de mi abuela, y sobre todo sin que alguien descubriera aquella ausencia en la boca de mi abuela.
Y si recuerdo ahora aquel viaje de mí abuela y sus dotes de protesista, es porque hace dos días estuve sentado en uno de esos sillones que los odontólogos usan. Y fueron grandes e innumerables las peripecias que debí hacer para conseguir sentarme por un rato en el sillón, que además tuve que pagar o hacer el regalito que se sugiere de magistral manera, que es solo una insinuación.
Y lo más curioso, quizá lo más doloroso, lo terrible, llegaría en aquel momento en el que pregunté a la odontóloga que debía hacer para sustituir cada una de las piezas que me habían retirado. Y ese fue el momento más espinoso, el más triste de todos, mucho más que lo que constatara en las visitas anteriores. La dentista dejó escapar una sonrisa socarrona. Ella dejó escapar una sonrisa, me preguntó si tenía fe y yo me encogí de hombros, y ella insistió. Ella insistió, ella dijo que si yo pedía a la familia en el extranjero todos los insumos necesarios y le hacía un regalito, todo se resolvería, y yo le hice saber que no tenía fe.
Le dije que no tenía parientes que corrieran con esos gastos, que desconocía los precios de esos materiales en el extranjero, y también suponía que debían ser caros, más bien carísimos, y que todo cuanto podía hacer era resignarme y seguir siendo un señor muy desdentado, un viejo triste que no se atrevía a sonreír, por miedo a hacer notar los estropicios que mi boca escondía. Y lo peor de todo era que desde hace mucho, muchísimo tiempo no veía yo un frijol blanco, y tampoco un chicle, para juntarlos y pegarlos en los espacios vacíos, en esos donde ya no hay dientes, donde parece que sólo quedará un vacío triste, doloroso.








