Pasé siete horas en un banco de Cuba para cobrar una jubilación de cinco dólares

Desde la venta ilegal de turnos hasta el desmayo de una anciana, esta crónica retrata una jornada que resume las dificultades que enfrentan miles de jubilados cubanos para acceder a su propio dinero.
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Cubanos en un cajero. (Foto: CubaNet)

LA HABANA.- Hace unos días pasé siete horas en la cola de un banco para cobrar mi jubilación. Siete horas de pie bajo el calor para recibir una pensión de apenas 3.100 pesos (cinco USD).

Llegué a las 7:30 de la mañana, una hora antes de que abriera una de las tres sucursales bancarias cercanas a mi casa. Delante de mí ya había entre 80 y 100 personas. Cuando pregunté por el último de la fila, el hombre que respondió me advirtió que detrás de él había otras cuatro o cinco personas que se habían ausentado momentáneamente y regresarían en cualquier momento.

A las 8:30, cuando el banco abrió sus puertas, la multitud ya superaba las 200 personas. No existía una fila propiamente dicha, sino un grupo disperso que ocupaba la acera y parte de la calle. Muchos desconocían quién estaba delante o detrás, por lo que encontrar el lugar correcto era casi imposible. Las discusiones comenzaron enseguida. Cada cual defendía su supuesto turno mientras otros reclamaban que les estaban «robando» el puesto.

Con el paso de los minutos logré identificar a las personas que tenía delante y comencé a orientarme por ellas. Como nadie permanecía quieto y la fila era apenas imaginaria, tenía que vigilar constantemente sus movimientos para no perder mi lugar.

Mientras esperábamos, conversé con dos personas que estaban detrás de mí. Ellas me explicaron cómo funciona otro negocio surgido al calor de las interminables colas: personas que madrugan todos los días para marcar turnos y luego venderlos. Dependiendo de la demanda, un puesto puede costar entre 500 y 1.000 pesos. Algunos llegan a controlar hasta tres turnos al mismo tiempo.

También es común que aparezcan vecinos o familiares a media mañana y sean colocados delante con la frase de siempre: «Él estaba aquí». Quien protesta rara vez logra cambiar las cosas.

Durante la espera hablé con un hombre que se presentó como jubilado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Contó que, después de retirarse, trabajó como custodio de Sepsa protegiendo embajadas, pero abandonó el empleo por las malas condiciones laborales. Ahora enfrenta otro problema: como la cantidad que cobra supera el límite de efectivo que el banco entrega diariamente, muchas veces debe regresar varios días distintos para poder retirar todo su dinero.

Las horas transcurrían lentamente. El calor aumentaba y el cansancio se hacía evidente en los rostros de quienes esperábamos.

Cerca de la una de la tarde, una anciana que estaba detrás de mí se desplomó repentinamente sobre el pavimento. Varias personas corrieron a auxiliarla. Más tarde una vecina comentó que no había sido por falta de alimentos; había desayunado antes de salir de casa. El desmayo, dijo, fue consecuencia del estrés y del calor acumulados tras tantas horas de espera.

Solo cuando se acercaba el cierre del banco la situación comenzó a cambiar. La directora ordenó agilizar la entrada de clientes y, de pronto, la cola empezó a avanzar con una rapidez que no había mostrado durante toda la mañana.

Entre quienes aguardábamos circulaba una explicación repetida una y otra vez: los empleados del banco reciben salarios tan bajos que muchos trabajan sin el menor incentivo para atender con rapidez.

Después de siete horas de espera, finalmente crucé la puerta de la sucursal. La gestión que me había consumido toda la mañana terminó en menos de diez minutos.

Cuando más tarde le conté la experiencia a mi hija, que vive en Italia, apenas podía creerlo. Me dijo que allí una gestión bancaria rara vez demora más de una hora y que los clientes comienzan a protestar si la espera supera los 45 minutos.

Entonces comprendí que, en Cuba, no solo se ha normalizado hacer colas interminables para conseguir alimentos, medicamentos o transporte. También se ha vuelto normal perder casi un día entero simplemente para cobrar una jubilación que apenas alcanza para comer un día.

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