LA HABANA, Cuba ― Más de una vez me he preguntado cuál es el motivo de que los gobiernos y partidos políticos de izquierda se llamen a sí mismos “progresistas” porque, en verdad, es difícil hallar en ellos algún rasgo que los defina como tales.
Es un contrasentido calificar de “progresista” a la dictadura cubana, que lleva más de 60 años sojuzgando a su pueblo. Igual sucede con la dinastía medieval de Corea del Norte y con los regímenes de Nicaragua y la Venezuela de los tiempos de Nicolás Maduro.
Lo único que se me ocurre es acudir a esa concepción que ellos han incorporado a su arsenal ideológico y que identifican como “el sentido de la Historia”. De acuerdo con semejante idea ―también llamada historicista―, que es hija legítima del materialismo histórico de Carlos Marx, la humanidad marcha inexorablemente hacia la sociedad comunista, después de dejar atrás a la comunidad primitiva, al esclavismo, el feudalismo, el capitalismo y el socialismo.
Y comoquiera que esos regímenes y partidos políticos se consideran ya transitando por la etapa socialista, y aspiran a llegar algún día al comunismo, pues se ven en el sentido correcto de la Historia, y en consecuencia creen que caminan hacia el progreso.
Los medios de difusión castristas se refieren con frecuencia al “progresismo latinoamericano” cuando mencionan, entre otros, a los exgobernantes Evo Morales y a Rafael Correa, así como a las agrupaciones políticas que integran el llamado Foro de São Paulo.
Esta concepción del sentido de la Historia es complementada por el castrismo por una especie de teleología histórica que contempla el pasado como si todo hubiese tenido que suceder para arribar finalmente a la toma del poder por las huestes de Fidel Castro. Para ello se distorsionan los hechos, se realzan las figuras que conviene a la maquinaria del poder, se ignoran ciertas fechas históricas, y se olvidan otros próceres que mucho contribuyeron al establecimiento de la nación cubana, pero que no comulgan con la manera de interpretar la historia por el castrismo.
Sin embargo, ya en 1957 la teoría del historicismo recibió un golpe teórico con la aparición del texto La miseria del historicismo, de la autoría del pensador austriaco Karl Popper. En su libro, este autor fustigó a esos que “creen que la historia está escrita antes de hacerse, que es la representación de un libreto preexistente elaborado por Dios, la naturaleza, el desarrollo de la razón o la lucha de clases; y que los individuos particulares tienen escaso o nulo poder de alterar”. Terminó por llamarlos “enemigos de la libertad”.
Y, por supuesto, la confirmación práctica de la falsedad de la teoría del sentido de la Historia es la caída de los regímenes comunistas en Europa Oriental, y el regreso al capitalismo de muchos de ellos, un viraje provocado por las ineficiencias del sistema político y económico que se construía, más que por las presiones de Occidente.
Es probable que algunos jóvenes cubanos, como consecuencia de este manejo arbitrario de la historia por las autoridades de la Isla, e imbuidos de ese supuesto sentido de la Historia que les enseñaban en las escuelas, hayan albergado durante cierto tiempo una especie de pesimismo acerca del futuro de Cuba, en el sentido de que era inútil ―si de todas maneras nos esperaba la sociedad comunista al final del camino― luchar por un cambio en el sistema político del país.
Sin embargo, ya puesta al descubierto la falacia de ese historicismo, vislumbrándose la posibilidad de que Cuba recobre el sendero de la libertad y el Estado de derecho, hemos presenciado un incremento en el bregar de todos los sectores de la sociedad cubana, y en especial de los jóvenes, por alcanzar tales propósitos.









