LA HABANA, Cuba.- Una vez, en la década de 1990, Fidel Castro, que no escatimaba regaños a sus servidores, recriminó a los diputados de la Asamblea Nacional porque ninguno de ellos supo responder a su pregunta de qué era el Programa de Gotha.
¡Exigente que era el Máximo Líder! Que supieran responder y explicar que dicho programa fue el aprobado en 1875 en el congreso donde se creó el Partido Socialista Obrero de Alemania y que motivó que Marx escribiera la Crítica del Programa de Gotha, era pedir demasiado a los aplaudidores parlamentarios de la unanimidad eterna. Probablemente hubo diputados que pensaron que el Comandante se refería a algún programa de la TV de Miami.
Fidel Castro, luego del regaño y de exhortar a los parlamentarios a leer más, les explicó que Crítica del Programa de Gotha fue un libro de Karl Marx. Pero lo más probable es que tampoco él lo hubiese leído completo. Si no lo hizo en su celda del Presidio Modelo cuando estuvo preso por el ataque al Cuartel Moncada, no debe haber tenido tiempo ni paciencia para leerlo después. Y ni hablar de El Capital. Tan ocupado como estaba, le bastó con repasar por arribita los farragosos libros de Marx y complementarlos con la lectura de los manuales soviéticos de marxismo-leninismo.
Tal vez a esas lecturas superficiales de los textos de Marx, tanto como al afán de Fidel Castro por competir en innovaciones con Lenin, se deba el antojadizo desapego del castrismo de varios de los principios fundamentales del marxismo.
En Crítica del Programa de Gotha, escrita en 1875 pero que no fue publicado hasta 16 años después, en 1891, Marx sentenció que “la fase superior de la sociedad comunista” se regiría por el principio “de cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, mientras que en la primera fase le correspondería “a cada cual según su aporte”.
En Cuba, bajo el castrismo, por mucho que se repitiera la famosa frase de Marx, nunca se cumplieron esos dos principios. Ni siquiera en los tiempos de la Ofensiva Revolucionaria de marzo de 1968, cuando Fidel Castro anunciaba estar en el umbral de la sociedad comunista; o a finales de la década de 1980, durante el Proceso de Rectificación de errores y tendencias negativas, cuando dijo “ahora sí vamos a construir el socialismo”, el Comandante abogaba por el fortalecimiento de la conciencia colectiva y los estímulos morales en vez de los materiales.
¿De qué modo se iba a hacer para corresponder según su aporte, que era nulo, a la casta improductiva y parásita de funcionarios burocráticos del Partido Comunista, sus allegados y los tecosos dirigentes de las llamadas “organizaciones de masas”?
Menos aún se cumplirían después de las reformas que el régimen se vio forzado a hacer para sobrevivir durante el llamado Período Especial, tras el derrumbe de la Unión Soviética. Y ni qué decir de cómo ha sido con el régimen de la continuidad posfidelista, bajo el cual, lejos de mantenerse aquel contrato social que repartía lo poco que había más o menos equitativamente entre casi todos —excepto entre la elite gobernante—, se han ido profundizando hasta niveles escandalosos las diferencias sociales.
En este difícil torneo en que se ha convertido la supervivencia para la inmensa mayoría de los cubanos —un elevado porciento de la población vive en condiciones de pobreza—, en vez de importar el aporte a la sociedad, la capacidad o las necesidades de cada cual, como planteaba Marx que debía ser, lo que cuenta son las relaciones con el poder o las habilidades y mañas para los negocios, dentro o fuera de la ley, en este capitalismo de Estado de compinches, con discurso socialista, instaurado por los sucesores de Fidel Castro.
Insuficientes ante la galopante inflación, los salarios y pensiones para nada se corresponden con el denuedo con que se ha trabajado durante años, la capacidad y el talento profesional o los aportes hechos a la sociedad.
Menos aún importan las necesidades, así tenga usted a su cargo muchos hijos y varios parientes ancianos, esté enfermo y tenga la casa a punto de derrumbarse. ¿Quién cree todavía en las promesas de los mandamases de que “la revolución no dejará a nadie desamparado” si el Estado cada vez se desentiende más de sus deberes sociales y de las necesidades básicas de la población y solo brinda una ridículamente exigua atención a los que eufemísticamente califica como “vulnerables”?
Se ha ido conformando una nueva alta burguesía, compuesta por los herederos de los Castro, la dirigencia histórica y los actuales mandamases, los militares negociantes de GAESA, ex altos oficiales puestos al frente de empresas semiprivadas con el Estado como accionista principal y otros enchufados. Esto últimos, tras probar su fidelidad incondicional al régimen y su plena disposición a la chivatería, lograron posicionarse adecuadamente en sitios clave, ganando prebendas y privilegios, amén de la vista gorda de las autoridades que les conceden una virtual patente de corso para ciertos manejos turbios.
Los otros triunfadores de la sociedad cubana son los funcionarios de poca monta corruptos hasta que se les descubra y los dueños de negocios que han logrado ir sorteando las trabas y traspiés estatales, pero que serán exitosos hasta que el régimen, siempre temeroso de perder el control, decida que dejen de serlo.
Otros bon vivants, que además presumen de serlo, son unos pocos artistas y deportistas de alto rendimiento, que suelen compartir recholatas en bares y restaurantes de lujo con jineteras y pingueros que, haciéndose los enamorados con sus parejas extranjeras, han navegado con suerte en el proceloso negocio de la prostitución.
Y están los que reciben remesas de sus familiares en el exterior, que, por modestas que sean, les permiten no pasar hambre y vivir un poquito mejor que sus compatriotas que ni de lejos ven las divisas.
Karl Marx se quedaría atónito ante este panorama social en un país en el que, desde hace seis décadas, sus gobernantes dicen regirse por el marxismo.










