diciembre 30, 2025

El arroz sí es la base de todo

Hay millones de cubanos y cubanas cuyas vidas dependen de ese puñado de arroz “por la libreta” y no se lo van a dejar quitar tan fácilmente.
Cola en una bodega en La Habana, Cuba
Cola en una bodega en La Habana (Foto: CubaNet)

LA HABANA.- Cualquiera esperaría a que en algún momento dejaran de soltar estupideces pero es que, en cuanto al régimen cubano, no se trata de una limitación mental —que sin dudas la padecen— sino de un asunto de perversidad.

Quienes pensaron que el “cordón de La Habana”, la “revolución energética”, el plátano microjet, la obsesión con la moringa, la cría intensiva de avestruces, el limón como la base de todo, el corazón “estropajeado”, el reordenamiento del ordenamiento y los mendigos disfrazados habían agotado el repertorio, pues ahí tienen la prueba de que la estupidez humana es igual de infinita que los límites del universo. La perversidad de los comunistas cubanos —tan parecida a la imbecilidad, tanto que a ratos las confundimos, pudiera no tener para cuando acabar, ni siquiera una vez derribada la dictadura.

Pudiera caer mañana mismo, pero por mucho tiempo, quizás por décadas, y por una cuestión de trauma colectivo o deformación del raciocinio por demasiados años bajo un entronamiento de la mediocridad, continuaremos escuchando cosas peores que las dichas por ese Doctor en Ciencias que llevaron a “cuadrar una caja” que no hay modo de cuadrar puesto que lleva demasiado rato desfondada.

Porque la han saqueado los mismos que hoy fingen que es posible cuadrarla (para así continuar el latrocinio a la vista de todos), y lo han hecho precisamente a golpe de “estupideces” y perversidades, que son todas esas prohibiciones, antojos, improvisaciones, imposiciones, represiones y corruptelas disfrazadas de “planes”, “tareas”, “experimentos”, “aperturas” y “rectificaciones de errores” acumulados por más de 60 años. Han hecho demasiado difícil la tarea de conformar un top 100, como se han propuesto algunos en redes sociales, recordándonos así cuántos abusos hemos aguantado nosotros y las generaciones que nos han precedido, y cuán pasmosa es nuestra capacidad de olvidar y soportar.

Aun cuando casi todos logramos ver claramente que detrás de esas “estupideces” suelen camuflarse las verdaderas malas intenciones. Así como en las pequeñas “disidencias” del sistema, bajo la forma de alguna intervención “excepcional” de algún diputado en la Asamblea Nacional o la opinión “atrevida” de algún vocero de oficio, por ejemplo, sondean los estados de opinión de una fuerza política en el poder que hoy saben más fragmentada que en cualquier otra época de crisis.

Nada ni nadie aparece por casualidad en la televisión oficial de la Isla, más cuando la institución que la controla dejó de llamarse Instituto Cubano de Radio y Televisión para convertirse en el terrorífico Instituto de Información y Comunicación Social, con todo lo que connotan las palabras “información” y “comunicación” en una sociedad cerrada, vigilada y castigada como la cubana. 

Se trata del mismo engendro manipulador anterior aunque ahora mucho más perverso, al punto de que podemos afirmar sin duda alguna que en Cuba no existe la televisión como un medio de entretenimiento —aunque con regularidad las estupideces que escuchamos ahí nos causen risa— sino como instrumento de control, represión y sondeo de las masas, ahora desvergonzadamente asumido a las claras con contenidos ciento por ciento fabricados por la policía política (Con Filo, Hacemos Cuba, por ejemplo) sino, además, con personajes ligados directamente al clan Castro, convertidos ya en figuras de la pantalla (el caso de Marxlenin Pérez Valdés) o ya en asesores y diseñadores de estrategias de comunicación (como la lingüista Lydia Amalia Castro Odio, nieta de Fidel Castro).    

Hay que tener esos elementos en cuenta para entender que lo de eliminar de modo definitivo el arroz y la papa de la dieta del cubano de a pie no fue un ejemplo cualquiera soltado entre muchos otros posibles.

Al doctor Roberto Caballero le tocó el triste papel de sondear las reacciones populares sobre la idea que hace tiempo vienen barajando de eliminar por completo eso que llaman “alimentos subsidiados” y de paso extinguir la libreta de abastecimiento (en realidad, cartilla de racionamiento) y lo que en ella queda de “canasta básica”. Concepto que es un eufemismo, en tanto esta se reduce a un puñado de arroz y otro de azúcar, más algún que otro elemento casual, excepcional, “adicional”, en dependencia de cómo esté la “temperatura social” en las calles.

Habiendo dejado totalmente en manos de la gente, en un verdadero “sálvese el que pueda”, la obligación de construir viviendas, de generar energía eléctrica y de garantizar la educación y la salud, el régimen ahora prueba a sacarse otro problema gordo de encima (esta vez el de la alimentación básica, y los millones de dólares mensuales que demanda en gastos del presupuesto estatal la llamada “libreta”) y no encuentra cómo hacerlo.

Le salió bien lo de ir eliminando poco a poco las entregas regulares de café, desaparecer por completo la sal, reducir las cuotas de azúcar, extender los apagones y los ciclos de bombeo de agua potable, elevar los precios de conexión a internet, dolarizar la economía y hasta lo de hacer control de crecimiento poblacional facilitando la emigración masiva y cruzándose de brazos ante epidemias de virus letales. Pero con el arroz, para un pueblo en agonía al que ya no queda nada más por perder, quitarlo es como dar el tiro de gracia.  

Hay millones de cubanos y cubanas cuyas vidas dependen de ese puñado de arroz “por la libreta” y no se lo van a dejar quitar tan fácilmente. Cuando les quitaron el café “mezclao” con chícharo no pasó nada. Se acostumbraron a que tragar en seco era lo que tenían como desayuno y almuerzo hasta llegar casi muertos a la comida, donde el arroz —que ha sido la base indiscutible de la gastronomía cubana más auténtica— se va convirtiendo en otro alimento de lujo.

Les aguantaron la desaparición del pescado, de la carne de res, el pollo, el aceite; lograron incluso olvidar a qué saben unas papas fritas y un puré; soportaron la instalación perpetua del hambre en sus vidas, pero posiblemente no harán lo mismo cuando les quiten definitivamente el arroz. Porque, para los cubanos, una comida sin arroz es sinónimo de miseria absoluta, y más si sobre el plato vacío no hay, aunque sea una pequeña luz. El régimen quiere sacarse ese “muerto” de encima y necesita medir reacciones. Sabe muy bien que, en Cuba, el arroz —y no el limón— sí es la base de todo.

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Efraín González

Bajo este seudónimo firma sus artículos un colaborador de Cubanet, residente en la isla por temor a represalias del régimen.