LA HABANA.-Nos han vuelto a tomar por idiotas. Nos hicieron creer que de verdad tenían algo urgente que decir y hasta han descuidado los detalles que delatan la mentira, porque así de locos deben de andar que hasta olvidaron encerrar bajo llave a Arleen Rodríguez Derivet para que nuevamente no los dejara en ridículo con ese reloj marcando las seis de la tarde, cuando se suponía que eran las 10 de la mañana. Después no quieren que los hagamos carne de memes pero es como si lo pidieran a gritos.
Quizás hasta lo hicieron a propósito, como enfatizando que habitan en otra dimensión del espacio-tiempo donde nuestras realidades difícilmente coincidan, y por eso es que el más nervioso de todos ellos habló hasta el aburrimiento de “resistencia”, de “opción cero”, de “sangre” (está obsesionado con eso). Como si los últimos años transcurridos para los cubanos de a pie, desbordados de penurias, enfermedades, encierros y desesperanzas hubieran sido el paraíso que disfrutan esos “vampiros” barrigones de la “continuidad” a costa de nuestras remesas, nuestras recargas, nuestros ahorros, nuestro éxodo, nuestras ingenuidades y nuestros oportunismos.
Díaz-Canel habló y habló para no decir nada, como siempre. Para fingir que controla lo que hace años está fuera de control. Para hacernos creer que habrá otras Venezuelas a las que chulear, que Rusia hará por La Habana lo que no hizo por Caracas y no puede hacer por ella misma, que yendo los sábados al “Día de la Defensa” estaremos bien defendidos, que esperaremos al 2050 para dejar de cocinar con leña, y que nos sobran los dólares por miles para instalar paneles solares en el techo de nuestras casas y así no depender del sistema eléctrico nacional. En fin, soltó tanta porquería como para generar por sí solo ese biogás del que habló, aunque solo por hablar.
Del lado de acá no es que esperáramos mucho, ni siquiera “algo”, pero las “notas oficiales” y las intervenciones televisivas, ya sean al estilo de Fidel Castro o del Humberto López, son como un trauma que, de tan antiguo, es casi como una acción refleja ante el peligro. Porque sabemos que jamás anuncian nada bueno, que les gusta dar malas noticias, incluso aquella vez cuando anunciaron el “deshielo”. Lo hicieron con el mismo tono entre solemne, ridículo y regañón con que negaron y más tarde aceptaron la “traición” de Alejandro Gil. Así como quizás en unos días o meses anunciarán las negociaciones que hoy persisten en negar.
No obstante, algunos, como por un milagro, esperaron por lo grandioso y definitivo que llevamos tiempo esperando, o al menos por que desmintiera esas medidas «de contingencia” que ya había adelantado la víspera el señor Fernández de Cossío.
Ni una cosa ni la otra. Tampoco trajo con él soluciones ni alternativas. No las tiene. Aunque podría tenerlas si comenzara a pensar en serio en todo el bien que haría al país con su retiro, y mucho más aún con la disolución del Partido Comunista, con el licenciamiento de todos los militares, con la liberación de los presos políticos, con el cese total de la represión y la transformación de los represores en guardianes de la democracia. O sencillamente con renunciar a la mentira y la chapucería, aunque eso implicaría todo lo anterior.
Son tan mentirosos y chapuceros que hasta para una supuesta alocución en vivo han tenido que montarse el teatro de siempre. O, mejor dicho, la carpa de circo hasta con los mismos payasos que reciclan una y otra vez en sus espectáculos, como si de verdad creyeran que la gente les cree, y cuando lejos de recibir empatías, simpatías, adhesiones, persuasiones, convencimientos, incluso lástima, apenas producen memes y más rechazo popular.
El reloj de Arleen, tan alejado del tiempo real como ellos mismos de la realidad que sufrimos, haríamos bien en tomarlo como la señal de que nos ha llegado nuestra hora como pueblo. Si de algo nos ha terminado de persuadir Miguel Díaz-Canel con su ausente don de la palabra es de que cada minuto se vuelve más necesaria y urgente la caída del castrismo, de que nunca antes han sido tan propicias las circunstancias para que dejemos a un lado nuestras diferencias, rencillas y rencores y nos pongamos a trabajar en una solución definitiva a lo que jamás la tendrá si dejamos pasar esta oportunidad que nos han puesto delante. Y sin tener que derramar ni una gota de sangre.








