LA HABANA.- “Desearía volver a los tiempos de la pandemia”. Así escuché a alguien describir su nivel de desesperación. Confieso que, a ratos, igual quisiera marchar en reversa y, si no me dieran más opciones, me quedaría (no con gusto pero sí más aliviado) en esos años cuando tanto desee retornar incluso al Periodo Especial.
En realidad elegiría cualquier época menos esta, aunque lo nuestro no parece ser una cuestión de “tiempo” sino de “espacio”, y quienes se han marchado definitivamente quizás lo hicieron habiendo arribado a esa conclusión. Que además pasa por el convencimiento de que Cuba ya no tiene remedio.
Los de la pandemia fueron tiempos duros pero, desde el presente, se ven mucho más “suaves” que los actuales donde, sin transporte ni lugares a donde ir a “desconectar”, igual estamos condenados al encierro pero esta vez con más hambre, menos dinero y cero esperanzas de ese “cambio político”, por las buenas o por las malas, que hasta hace unos meses era la única luz al final del túnel. Ahora el apagón, real y figurado, es denso y total.
No vamos ni hacia adelante y ni hacia atrás sino a otra dimensión donde incluso los peores tiempos vividos (o mejor, “sobrevividos”), como la hambruna del Periodo Especial y la misma pandemia de Covid-19 nos parecen casi tan buenos como aquellos años 80 que, solo por haber simulado ser menos duros que los 70. Y es que los más viejos nos describen lo que sus mentes han reconstruido, tal como sucede con los traumas.
En realidad los 80 fueron la misma basura de los 70, pero con el maquillaje “reformista” untado a toda prisa sobre una economía sovietizada que, de continuar como iba, desataría crisis peores que la del Mariel. La de ahora es la misma cajita de cosméticos a la que echaron mano esa vez, así como en los 90.
“Quisiera volver en el tiempo. Aunque sea a los años de la pandemia”, escuché decir a una señora, agobiada por los altos precios de los alimentos y la imposibilidad de adquirirlos con su salario, que hasta hace un lustro atrás, dijo con una mezcla de orgullo y nostalgia, no era de los más bajos.
Le alcanzaba para “una cervecitas los fines de semana” o para comprar el pollo todas las veces que le tocaba el turno, nos cuenta a los que estábamos escuchándola entre similares anécdotas de otros, casi todos ancianos, que esperaban a la entrada de un Banco Metropolitano por que llegara la luz (que jamás llegó).
No añoraban los dos o tres años anteriores a la Covid-19, cuando ya los estantes en los mercados en CUC, MLC y MN comenzaban a vaciarse (para dar paso a las tiendas en USD) pero aún exhibían algo que podía comprarse con un salario de esos que creíamos “altos” (jamás con una pensión). Tampoco los años de cuando al dólar le faltaba muchísimo para superar la barrera de los 100 x 1 (que algunos pensaron sería infranqueable), o de cuando veíamos “abusivo” el cambio de 50 x 1 o pagar más de 25 pesos por una libra de pollo y 50 por un litro de aceite. Añoraban regresar a aquel “paraíso” de los cubrebocas (que nos hacía ver menos “feos” de lo que somos, o menos desdentados) pero, sobre todo, de los sueños con emigrar cuando se reabrieran las fronteras y se reanudaran los vuelos.
“Tenía la esperanza de irme. Ahora lo más seguro es que me muera aquí, y hasta de hambre. Todo eso que tanto deseábamos que terminara se terminó, sí, pero daría lo que sea por volver”, dice un señor, ya jubilado desde hace unos diez años, cuando pensó que la pensión le daría para sacar los “mandados de la libreta” una vez al mes, y con eso echar lo que suponía le quedaría viviendo en Cuba hasta que un hijo, hace unos años fallecido, lo reclamara.
Los alimentos normados no llegan a la bodega desde hace meses, y los poco más de cuatro mil pesos que cobra el anciano apenas rinden para un par de libras de arroz y otras tantas de picadillo que se le van en un par de comidas.
“El resto del mes vivo con lo que encuentro, con lo que me dan los vecinos. A veces creo que ya me morí durante la Pandemia, y que esto aquí es el infierno a donde fui”, dice, y además confiesa que ni siquiera estando ingresado de gravedad por Covid-19 durante más de un mes llegó a sentir tanto miedo como ahora, y “tanta desesperanza” cuando presiente que “es el fin. Que no se puede llegar a estar peor”.
“Al menos”, dice alguien, “entre el temor a contagiarse y los encierros se comía, no muy bien pero se comía”.
Aunque parezca otra locura de esas que produce a diario un país tan desquiciado como el nuestro, hay personas en Cuba que añoran los tiempos de la Covid-19. A pesar de los encierros forzosos, los contagios, las muertes, las colas inmensas para comprar pollo en las TRD, la incertidumbre y la sensación de estar viviendo el fin de los tiempos, dicen que “al menos» había luz, había pollo, arroz y aceite. Había algo de dinero para adquirirlo cuando tocaba el turno para comprarlo y cierta esperanza de que, una vez superada la pandemia, las cosas retornarían a la “normalidad” o, “al menos” a esa realidad anacrónica e ideológicamente ridícula, demencial, a la que muchos cubanos se han acostumbrado a aceptar como “normal”.










