MIAMI.- El ingeniero químico y especialista agropecuario Hugo Horizondo sostiene que la crisis alimentaria cubana no se debe a la falta de tierras, agua o condiciones climáticas, sino a un modelo que desestimula al productor y ha llevado al colapso del campo. En esta entrevista analiza el deterioro de la agricultura y la ganadería, plantea la necesidad de devolver seguridad jurídica y libertad económica a los campesinos, y explica qué medidas permitirían comenzar a producir alimentos desde los primeros meses de una transición democrática.
Hugo Horizondo nació en Sancti Spíritus en 1955 y pasó los primeros años de su vida en la finca de su abuelo, hasta que la propiedad fue intervenida por el régimen cubano. Ingeniero químico de profesión, ha permanecido vinculado durante décadas a la agricultura y la ganadería. Su primer trabajo fue al frente de una finca ganadera en la que se ordeñaban unas 300 vacas.
Desde su experiencia, considera que Cuba conserva un extraordinario potencial agropecuario, pese a más de seis décadas de retroceso productivo. Sin embargo, advierte que cualquier proyecto serio para recuperar el campo deberá comenzar por conocer qué queda en pie, garantizar la propiedad o tenencia segura de la tierra, liberar la producción y crear mecanismos de financiamiento para los agricultores.
—¿Cómo describiría la situación actual de la agricultura cubana?
—Es una situación deplorable. La industria azucarera, que llegó a producir millones de toneladas de azúcar, está produciendo menos de 200.000 toneladas al año. La producción de arroz representa apenas una fracción de la que se alcanzaba anteriormente y el inventario bovino se ha reducido casi a la mitad, pese a que Cuba tiene hoy una población mayor.
El país importa alrededor del 90% de los alimentos que consume. Estamos hablando de una isla de aproximadamente 110.000 kilómetros cuadrados, donde buena parte del territorio es mecanizable y se estima que cerca del 60% de las tierras tiene vocación agrícola.
Puedo entender que a Cuba le falte petróleo o determinados recursos minerales, pero no que le falte comida. Si algo posee el país son suelos, agua y clima, tres recursos indispensables para desarrollar una gran producción agropecuaria.
—¿A qué atribuye entonces la escasez de alimentos?
—Sin especular sobre si ha sido intencional o si responde a una falta de capacidad, la situación solo puede atribuirse a un mal manejo. Cuba tiene recursos naturales suficientes para alimentar no solo a su población actual, sino posiblemente al doble.
El hambre que sufre el pueblo cubano es producto de la ineficacia del aparato productivo y de un sistema que no incentiva la producción. El campesino debe entregar lo que produce a alguien que después lo administra, cuando todos trabajamos para ver y disfrutar el fruto de nuestro esfuerzo.
La primera condición para recuperar la agricultura es la libertad: que el productor pueda decidir qué desea producir y a quién venderle sus productos. De eso se trata.
—¿Cree que todavía existe potencial para recuperar el campo cubano?
—El potencial es extraordinario. Antes de 1959 ya existían estudios que señalaban que una parte considerable de las mejores tierras cubanas permanecía sin desarrollar. Si desde entonces la producción ha involucionado, significa que todavía existe una enorme capacidad de recuperación.
Además, la tecnología agropecuaria ha avanzado muchísimo. La combinación entre las nuevas tecnologías y el conocimiento acumulado por el campesino cubano puede ofrecer una esperanza muy positiva para la alimentación del país.
Tenemos el suelo, el clima y el agua. También existe un capital humano que conoce el campo, aunque primero habría que comprobar cuánto se ha conservado después de tantos años de deterioro y emigración.
—¿Qué sector debería priorizarse durante una transición?
—El problema fundamental es alimentar al pueblo cubano. Por tanto, cualquier programa inicial debe concentrarse en los productos esenciales: arroz, viandas, granos, leche y carne.
También habría que recuperar cuanto antes la ganadería, porque puede convertirse en una fuente nacional de proteínas. Los pollos y los cerdos tienen un componente importado muy alto, pues se alimentan de granos y proteínas vegetales, como la soya, que Cuba no produce en cantidades suficientes.
La ganadería bovina, en cambio, puede desarrollarse fundamentalmente con pastos, y Cuba tiene condiciones extraordinarias para producirlos. Eso permitiría generar carne y leche sin depender tanto de insumos importados.
Entre los ganaderos se dice que una finca que no produce al menos el 80% de los alimentos que necesita está destinada al fracaso. Ese principio también puede aplicarse a un país: una nación que no produce suficiente comida queda expuesta a una crisis económica y alimentaria permanente.
—¿Cuba podría llegar a ser autosuficiente en alimentos?
—Salvo en algunas proteínas vegetales que tradicionalmente no se han producido en el país, creo que sí. Cuba producía maíz, arroz, frijoles, carne y leche.
Los pastizales de Camagüey producían carne en abundancia. Las vegas del Cauto y otras regiones ganaderas generaban leche. Nestlé llegó a instalar fábricas en Sancti Spíritus y Bayamo para elaborar leche evaporada, condensada y en polvo.
Recuperar todo eso requerirá tiempo y una inversión considerable. Sin embargo, pienso que Cuba podría producir perfectamente más del 80% de los alimentos que consume, quizás incluso más. Siempre habrá productos que resulte conveniente importar, pero no deberían ser los fundamentales para llenar la canasta básica de la población.
—¿Cuáles serían las primeras medidas necesarias?
—Antes de prescribir una solución hay que hacer un diagnóstico. En estos momentos no sabemos exactamente qué existe en Cuba. Desconocemos el estado de los caminos vecinales, los sistemas de riego, la maquinaria, los suelos, los embalses, las instalaciones ganaderas y la infraestructura agrícola.
Hablar de la recuperación sin tener ese inventario es como recibir a un enfermo y comenzar a recetarle medicamentos sin haberle realizado antes las pruebas necesarias.
El primer paso debe ser un análisis profundo de la situación real del campo. Después habría que elaborar un plan e incorporar a los campesinos. Los guajiros cubanos saben producir y muchos continúan haciéndolo, pero viven bajo el asedio de un sistema que los obliga a producir menos o a ocultar parte de lo que cosechan para no quedar en una posición vulnerable frente al Estado.
Una vez que se libere la producción, creo que la agricultura responderá rápidamente.
—Además de la libertad económica, ¿qué condiciones serían indispensables?
—La infraestructura es fundamental. La producción agropecuaria aumenta considerablemente cuando existen caminos, medios de transporte, electricidad, sistemas de almacenamiento, cadenas de frío y vías eficientes de comercialización.
También se necesita financiamiento. Hay un refrán que dice que, en la agricultura, el último peso es el que garantiza la cosecha. Se puede haber invertido todo lo anterior, pero si al final falta dinero para fertilizar, fumigar, recoger o transportar, se pierde el esfuerzo completo.
La agricultura está expuesta a sequías, inundaciones, huracanes, plagas y otros fenómenos naturales. Por eso la banca comercial suele ser poco propensa a prestarles dinero a los productores.
En el sistema financiero de una futura república deberían establecerse incentivos especiales para que los bancos otorguen créditos al sector agropecuario. También podría crearse un banco agrícola que preste en condiciones más favorables que las del sistema financiero convencional.
—¿Qué importancia tiene la seguridad jurídica sobre la tierra?
—Es decisiva. Hoy gran parte de la tierra cubana se encuentra en manos del Estado. Durante los primeros años de una transición habrá que determinar cómo se manejará ese recurso: si se redistribuirá, se venderá, se financiará a largo plazo o se entregará bajo otras fórmulas.
Lo fundamental es que exista seguridad jurídica. Los proyectos agrícolas, salvo algunos cultivos de ciclo corto, requieren inversiones cuyos resultados se obtienen después de varios años.
Quien siembra árboles maderables no espera recuperar su inversión inmediatamente. Puede necesitar ocho o diez años. La ganadería también es un proyecto de largo plazo, aunque actualmente existan tecnologías como el trasplante de embriones y la inseminación artificial. Lo mismo ocurre con la industria azucarera.
Nadie va a invertir seriamente si no tiene garantías sobre la tierra en la que trabaja y sobre los beneficios que espera recibir.
—¿Debería priorizarse la propiedad privada?
—El asunto debe estudiarse con mucho cuidado, porque primero habría que definir el estatus jurídico actual de las tierras y determinar qué ocurrió con cada propiedad.
No tengo una respuesta definitiva sobre el mecanismo de redistribución. Las tierras podrían entregarse, venderse a plazos, financiarse o integrarse voluntariamente en cooperativas. Eso requerirá la participación de especialistas en derecho, economía y agricultura.
Sin embargo, considero que el productor que trabaja su propia tierra está mucho más comprometido con su conservación, su manejo ambiental y su productividad a largo plazo.
La propiedad también facilita el acceso al crédito. Si no posees un bien que pueda respaldar la inversión, resulta mucho más difícil obtener financiamiento como productor.
La tenencia privada funcionó históricamente en Cuba y podría volver a funcionar. Los productores cubanos eran independientes. Se asociaban en organizaciones ganaderas, azucareras o agrícolas, pero mantenían su autonomía.
—¿Qué papel podría desempeñar la inversión extranjera?
—Sería fundamental porque aportaría capital fresco y también tecnología. Puede llegar mediante fondos de inversión, empresas, compras directas o asociaciones con productores cubanos.
En los primeros años de la República, una parte importante de la industria azucarera se encontraba en manos de inversionistas extranjeros. Sin embargo, para 1959 una gran proporción ya pertenecía a cubanos o a empresas nacionales.
La inversión extranjera, cuando está acompañada de instituciones transparentes y reglas claras, puede ser saludable. También existen diferentes mecanismos: inversión directa, fondos especializados o empresas mixtas. Lo importante es diseñar un marco jurídico que proteja tanto al país como a los productores y a los inversionistas.
—¿Podría Cuba volver a exportar azúcar, tabaco, café, cítricos y otros productos?
—El potencial existe. Hay que recuperarlo. Cuba producía y exportaba azúcar, café, tabaco, aguacate y otros productos.
La principal limitación no será solamente volver a producirlos, sino conseguir colocarlos otra vez en los mercados internacionales. Cuba ha permanecido fuera de muchos de esos mercados durante demasiado tiempo y deberá recuperar compradores, estándares de calidad, certificaciones, cadenas logísticas y credibilidad comercial.
También podrían desarrollarse cultivos como el coco, que tiene una importancia creciente en el mercado internacional.
—¿Tiene sentido reconstruir la industria azucarera después de su colapso?
—El azúcar no tiene hoy la misma importancia económica que tuvo en otras épocas, pero la caña continúa siendo un cultivo muy valioso. Es noble desde el punto de vista agronómico, porque puede crecer en distintos tipos de suelo y no tiene tantos requisitos como otros cultivos.
Además, no se limita a la producción de azúcar. El etanol podría convertirse en un componente muy importante de una nueva industria azucarera. Brasil y otros países destinan parte de su caña a producir combustible. Para Cuba, que carece de petróleo suficiente, eso ayudaría a reducir las importaciones energéticas.
El bagazo también puede utilizarse para generar electricidad. Por tanto, aunque el azúcar deje de ocupar el lugar central de otros tiempos, los derivados de la caña seguirán teniendo un enorme valor.
El problema es que probablemente habrá que realizar una gran inversión. Si los centrales se encuentran tan deteriorados y envejecidos como las termoeléctricas, será necesario reconstruir buena parte de la infraestructura.
—El marabú ocupa actualmente enormes extensiones de tierras. ¿Es un obstáculo insuperable?
—No. El marabú es una leguminosa altamente invasiva y tiene una gran capacidad de reproducción. Cuando se corta incorrectamente, puede rebrotar con más fuerza. También se propaga mediante el ganado: las reses comen sus frutos y dispersan las semillas después de que pasan por su sistema digestivo.
En los años cincuenta era una plaga muy temida porque resultaba difícil controlarla. Se utilizaba incluso gasoil, que podía afectar los suelos. Hoy existen tecnologías capaces de eliminarla o controlarla sin provocar grandes daños al terreno o al medioambiente.
Las tierras infestadas pueden recuperarse. Incluso podría existir algún beneficio derivado de la fijación de nitrógeno, por tratarse de una leguminosa. Lo que ha sido una tragedia para la generación actual podría transformarse en una oportunidad para la agricultura de una nueva república.
—¿Qué tecnologías podrían acelerar la recuperación?
—Hoy se utilizan drones para aplicar fertilizantes y otros productos. En la ganadería tenemos inseminación artificial, trasplante de embriones, nuevas razas y variedades mucho más productivas.
Las semillas mejoradas se pueden importar y multiplicar. También pueden introducirse animales adaptados al trópico y sementales que permitan mejorar genéticamente el ganado nacional.
Yo he trabajado mucho con la raza Senepol, un Bos taurus desarrollado en el Caribe. Surgió a partir del ganado de origen europeo que se adaptó durante siglos a las condiciones tropicales y posteriormente fue sometido a procesos de selección.
Es un animal con gran capacidad productiva, carne de calidad y posibilidades de cruzamiento con razas europeas de mayor producción lechera. Creo que podría tener un gran potencial en Cuba.
Los vegetales, el arroz y muchas viandas pueden comenzar a producirse en cuestión de meses. La recuperación ganadera tomaría más tiempo, pero también podría acelerarse con las tecnologías disponibles.
—¿Qué importancia tendrían los sistemas de riego?
—Habría que conocer primero su estado actual. La alta productividad requiere agua estable. Depender exclusivamente de los ciclos naturales limita la producción.
Eso no significa que haya que esperar a reconstruir todo el sistema de riego para comenzar. Cuba puede empezar a producir alimentos inmediatamente y mejorar progresivamente la eficiencia mediante la incorporación de equipos y sistemas de mayor calidad.
—Usted insiste en incorporar a los campesinos a cualquier plan. ¿Por qué es tan importante su conocimiento?
—Porque la tierra dice qué puede producir y el campesino sabe interpretarla. Recuerdo que acompañé a un cubano que iba a comprar una propiedad. Mientras se la mostraban, él miraba los árboles y la vegetación en lugar de observar directamente el suelo. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “Yo no necesito mirar la tierra; quiero ver qué produce esta tierra”.
Una misma finca puede tener diferentes tipos de suelo. Una zona puede ser más húmeda y otra más seca. En el caso de los pastos, por ejemplo, conviene sembrar variedades con una palatabilidad similar, pero adaptadas a las distintas condiciones del terreno.
Durante generaciones, los ganaderos camagüeyanos fueron seleccionando los pastos que mejor se adaptaban a sus fincas. Después de 1959, muchas veces ese conocimiento acumulado fue ignorado y se impusieron variedades porque alguien decidió desde una oficina que eran las más convenientes.
Así se destruyeron pastizales cuya formación y selección habían tomado quizás dos siglos. Ese es uno de los grandes errores de la planificación centralizada: sustituir la experiencia local por decisiones políticas o burocráticas.
—¿Qué lugar debería ocupar la agricultura en la economía de una Cuba democrática?
—Un lugar fundamental. Cuba es un país eminentemente agrícola. La industria azucarera floreció no solo por la calidad de los suelos, el agua y el clima, sino también por el ciclo de temperaturas de la isla, que favorece la acumulación de azúcares en la caña.
Que el azúcar fuera escogido durante mucho tiempo como el principal cultivo de Cuba no fue casualidad. El país reunía condiciones naturales excepcionales y todavía las conserva.
Eso no significa que Cuba deba regresar al monocultivo, sino que tiene que aprovechar de manera eficiente aquello que sus tierras pueden producir mejor, diversificar el campo y utilizar la agricultura para alimentar a la población, generar empleos, sustituir importaciones y recuperar mercados de exportación.
—¿Es optimista sobre el futuro del campo cubano?
—Sí. La esperanza es muy grande. El suelo está ahí, el clima está ahí y el agua también. Queda un conocimiento humano que debemos identificar y preservar, y existe toda una tecnología moderna que puede incorporarse con relativa rapidez.
A diferencia de la industria eléctrica o de otras áreas que requieren enormes obras de infraestructura, una parte de la producción agrícola puede recuperarse en plazos relativamente cortos con tractores, semillas, fertilizantes, sistemas de riego y equipos adecuados.
Podemos empezar a producir comida inmediatamente, aunque después el sistema se vaya haciendo más eficiente. Si se combinan la libertad del productor, la seguridad jurídica, el financiamiento, la inversión y la tecnología con el conocimiento del guajiro cubano, la agricultura puede responder y repercutir directamente en el bienestar de toda la población.
Nota: Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21 «Cuba: reconstruir y reinventar».









