MADRID.- Hablar de salud mental en Cuba sigue siendo un tema rodeado de prejuicios. Sin embargo, para la psicóloga, investigadora y activista Kirenia Yalit Núñez Pérez, cofundadora y coordinadora de la Mesa de Diálogo de la Juventud Cubana, las consecuencias psicológicas de más de seis décadas de régimen autoritario atraviesan tanto a quienes permanecen en la Isla como a quienes emigraron o fueron forzados al exilio.
El uso político de la psicología por parte del Estado cubano, el sentimiento de culpa que acompaña a emigrantes y exiliados, el trauma colectivo de la sociedad cubana y la necesidad de que la salud mental ocupe un lugar central en cualquier proceso de transición democrática, son algunas de las preocupaciones de Núñez Pérez.
―Hablar de salud mental en Cuba sigue siendo un tabú. ¿Cuánto cree que eso responde a la dictadura y cuánto a la cultura latinoamericana?
―Creo que ambas cosas están profundamente relacionadas. No solo hablo de la dictadura cubana, sino también de una cultura latinoamericana donde históricamente la salud mental ha sido relegada.
En Cuba, aunque desde 1959 hubo inversión en áreas como la psicología social, no fue para proteger el bienestar de las personas, sino para desarrollar mecanismos de control sobre la población. Nunca existió una política real de promoción de la salud mental ni de acceso a herramientas para que la ciudadanía pudiera cuidar de sí misma. Ese ha sido uno de los grandes problemas.
―La emigración ha dispersado a millones de cubanos por el mundo. ¿Cuáles son las principales heridas psicológicas que deja abandonar el país?
―Lo primero que aparece es la culpa, aunque muchas veces no sea consciente.
Es importante diferenciar entre emigrado y exiliado. Quien emigra suele cargar con la culpa de dejar atrás a su familia, su historia y su forma de vida. Muchas veces intenta olvidar, pero ese olvido funciona como un mecanismo de defensa para amortiguar la tristeza y la depresión.
En el caso del exilio, el impacto es aún mayor porque no existe una decisión libre. Te vas porque la alternativa es la cárcel, la persecución o la represión. A la culpa se suma la frustración, la ira por no poder regresar, despedirse de los seres queridos o simplemente elegir sobre tu propia vida. Incluso después de décadas fuera de Cuba, esos sentimientos siguen presentes.
―¿Qué secuelas psicológicas han dejado 67 años de dictadura?
―Todos los cubanos cargamos un estrés postraumático, aunque muchos no sean conscientes de ello. Será necesario un enorme trabajo educativo para romper décadas de adoctrinamiento y explicar la importancia de la salud mental. Durante generaciones se nos enseñó a pensar dentro de moldes muy rígidos, a considerar pecado aspirar a prosperar o incluso participar en política. Por eso será imprescindible fortalecer las instituciones dedicadas a la salud mental y aprovechar los profesionales que Cuba ya tiene. El desafío será vencer los prejuicios y lograr que la población entienda la importancia de atender esas heridas.
―Muchos cubanos reproducen fuera de la Isla comportamientos aprendidos bajo la dictadura. ¿Cómo se desaprende?
―Salir de Cuba no significa desprenderse automáticamente de todo lo aprendido durante años. Poder vivir en un país democrático no implica que uno haya aprendido a vivir en libertad. La libertad también exige respeto por el otro. Creo que muchas personas han hecho un esfuerzo consciente por aprender a convivir en democracia, pero todavía necesitamos desaprender muchos patrones psicológicos que terminan afectándonos individualmente y dañando la convivencia social. También debemos comprender que la crítica forma parte del funcionamiento de una sociedad democrática y no representa una amenaza.
―¿La atención psicológica debería ser una prioridad durante una eventual transición democrática?
―Sin duda. La caída de la dictadura no puede ser el único objetivo. También debemos acompañar todos los procesos sociales que vendrán después. Las organizaciones de la sociedad civil tendrán un papel tan importante en democracia como lo tienen hoy. Además, la transición cubana probablemente será distinta a cualquier otra por nuestra historia, nuestro contexto y el tiempo que ha durado el régimen.
―Muchos cubanos rechazan cualquier propuesta que recuerde al socialismo. ¿Ese rechazo también puede ser consecuencia del trauma?
―Es completamente comprensible. Después de vivir durante décadas bajo una dictadura comunista, cualquier referencia al socialismo despierta rechazo. Si ese sistema encarceló a tu familia, te reprimió o impidió desarrollar tu vida, es lógico asociarlo con ese sufrimiento. Pero también ocurre otra cosa. Muchos cubanos esperaban encontrar solidaridad en sectores de la izquierda internacional y, en muchos casos, recibieron negación o indiferencia frente a lo que habían vivido. Eso reforzó todavía más esa percepción.
Las ideologías nunca deberían estar por encima de los derechos humanos. La política debe estar al servicio de las personas y de la protección de sus derechos, independientemente del signo ideológico.
―¿Cómo evitar que los sectores más vulnerables vuelvan a quedar rezagados en la atención de la salud mental para una futura democracia?
―Habrá que impulsar políticas específicas para quienes han estado históricamente en desventaja. Todos los cubanos han sufrido, pero existen grupos especialmente vulnerables: comunidades empobrecidas, personas afrodescendientes o quienes han vivido durante años en barrios marginalizados.
No hablo de medidas permanentes ni de cuotas, sino de políticas temporales que permitan equilibrar oportunidades. El objetivo debe ser que un joven que creció en un barrio marginalizado tenga las mismas posibilidades de desarrollarse que otro que nació en un entorno con mayores ventajas.
Ese enfoque debería formar parte de cualquier proyecto serio de reconstrucción democrática para Cuba.
Nota: Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21 «Cuba:
reconstruir y reinventar»









