Cuba: la revolución de los calderos vacíos

Los calderos sueñan con volver a tener en Cuba su utilidad original. Pero hoy suenan por la libertad y también por el hambre que nos castiga desde hace demasiado tiempo.
Protesta en Marianao, La Habana
Protesta en Marianao, La Habana (Foto: Mario J Pentón - Facebook)

LA HABANA.- Los calderos tuvieron siempre un gran protagonismo en la historia del mundo, aunque ya no les ofrezcamos las mismas miradas ni reverencias de antes. Aun así, recuerdo algunas de aquellas primeras lecturas de libros dedicados a la alta cocina, esa cocina refinada que quizá no tenía el esplendor de otras tradiciones culinarias, pero era digna, muy digna. Sus imágenes no eran entonces el reflejo de las hambrunas que hoy se viven en una isla regentada por el diablo. No eran la representación del hambre.

Yo he vuelto a los calderos, pero no para mostrar platos exquisitos ni recetas memorables. Estoy aquí, sentado y tecleando, para hablar de esos enseres domésticos que nos ayudan a alimentarnos y que ahora han adquirido otras funcionalidades, otras preponderancias. Hoy me interesan los calderos que se convirtieron en instrumentos de protesta.

Mis cazuelas de hoy son las cazuelas libertarias. No son nuevas ni extrañas. Se hicieron comunes en el cono sur latinoamericano, en países que padecieron cruentas dictaduras, como Chile, Argentina o Uruguay. Las cazuelas a las que pretendo dar visibilidad son esas mismas que hoy también resuenan en esta geografía insular, donde han ganado un protagonismo enorme.

Si los portugueses tuvieron aquella “Revolución de los Claveles”, los cubanos parecemos enrolarnos ahora en la revolución de los calderos. Y cada vez se vuelve más común el sonido de esos utensilios domésticos, porque en Cuba, además de la falta de libertades, se han vuelto habituales el hambre, la miseria y, sobre todo, la desesperación de no tener algo que poner en el plato de los hijos y también de los mayores.

Los calderos sueñan con volver a tener en Cuba su utilidad original. Pero hoy suenan por la libertad y también por el hambre que nos castiga desde hace demasiado tiempo. Ay, los calderos, aquellos que alguna vez cocinaron el arroz y los frijoles, los que acogieron la carne del asado dominical compartido en familia.

Hoy los calderos están en la calle. Están ahí porque el refrigerador permanece vacío, porque el fuego ya casi no atiza, porque las ollas están tan vacías que dan ganas de llorar. Dan pena. Despiertan rabia cuando un niño pequeño llora porque el hambre implacable no lo deja dormir, porque los mosquitos lo siguen acosando en medio del calor y los apagones interminables.

Los calderos están en la calle mientras algunos dirigentes aseguran, con mayúsculo irrespeto, que ellos también sufren, que también padecen los apagones. Pero nadie sabe dónde queda ese supuesto punto cero del sacrificio. Y si algún día averiguáramos en qué rincón de La Habana se encuentra, probablemente nos recibirían las balas antes de permitirnos llegar hasta allí. Nos dejarían desangrados, muertos, y sin poder seguir haciendo sonar los calderos.

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