Yary Guirado, cuando el error se vuelve lenguaje. Una entrevista

En esta conversación, la artista reflexiona sobre los comienzos tardíos de su relación con la cámara, la dimensión autorreferencial de su trabajo y la manera en que la fotografía puede convertirse en un espacio de exploración, acompañamiento y transformación personal.

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La imagen que construye Yary Guirado se constituye desde el movimiento, los desplazamientos físicos, emocionales y también formales. Sus series no buscan fijar un lugar ni una experiencia, sino registrar el tránsito entre ellos. Aparecen paisajes vistos desde un coche en marcha, cuerpos que se duplican en la doble exposición, escenas cotidianas donde el azar y el error se integran como parte del lenguaje visual. La migración atraviesa su obra no como un tema ilustrado, sino como una condición que transforma la relación con el tiempo, la memoria y el propio archivo personal. Trabajar con fotografía analógica –con su lentitud, sus fallas y su dimensión casi ritual– se convierte así en una manera de habitar ese proceso. En esta conversación, la artista reflexiona sobre los comienzos tardíos de su relación con la cámara, la dimensión autorreferencial de su trabajo y la manera en que la fotografía puede convertirse en un espacio de exploración, acompañamiento y transformación personal.

Para comenzar, ¿cómo entra la fotografía en tu vida? Más allá del primer contacto, ¿cuándo empiezas a sentir que podía convertirse en un espacio de pensamiento y no solo en un medio de registro?

La fotografía entra en mi vida bastante tarde, por decirlo de alguna manera. Aunque el arte en general me atrajo desde pequeña, sobre todo el cine. Yo quería estar delante de la cámara, ser actriz, hacer películas. Sentía que desdoblarme en un papel me iba a permitir vivir diferentes vidas en una sola. Ahora que lo pienso, el cine, más que despertar mi deseo y fascinación por la profesión, me brindaba una vía de escape. Lo menciono porque, de alguna manera, la fotografía también me dio esa posibilidad de escape al principio, aunque con el tiempo dejó de ser escape y se convirtió en una manera de mirar y compartir.

En mi familia no había una tradición fotográfica. No fue hasta casi los 26 años que decidí comprar mi primera cámara. Tomé un curso básico para entender el manejo manual y, a partir de ahí, no pude parar. Empecé a sentir que no era solo un hobby, sino un espacio donde podía pensar, explorar, expresarme.

Recuerdo que quería aprenderlo todo, probarlo todo y no parar. Pasé por distintos géneros (documental, paisaje, retrato) pero casi de manera instintiva empecé a conectar la fotografía con algo más creativo. No me interesaba solo el registro literal de la imagen, sino también montar escenas y, sobre todo, documentar procesos.

¿Cuál ha sido tu formación y qué aprendizajes, límites o preguntas de ese proceso siguen activos hoy en tu práctica fotográfica?

Mi formación ha sido mayormente autodidacta y siento que esto me ha permitido desarrollar mis procesos creativos de una manera más intuitiva. Creo que siempre he estado en una búsqueda continua para encontrar un estilo con el que me sienta identificada. No lo tuve claro desde el principio, ha sido un proceso gradual y siempre he estado abierta a explorar. La práctica constante ha sido clave.

Tomé algunos cursos básicos en la Escuela de Fotografía Creativa de La Habana (EFCH), esos aprendizajes técnicos fueron la base sobre la que luego pude experimentar de manera autodidacta. Yo siento que encontrar “mi voz” dentro de este medio no es algo cerrado o definitivo. Creo que, más allá de expresarme, la fotografía me ha permitido documentar mis propios procesos emocionales para entenderlos y aprender de mí misma. Ha tenido incluso un componente muy fuerte de sanación y acompañamiento en mi vida.

Hasta hoy, la curiosidad inicial sigue intacta, constantemente incorporo nuevas técnicas, nuevos experimentos, nuevas preguntas. Más que limitaciones, lo que permanece es el deseo de seguir explorando.

En tu proceso de trabajo, ¿cómo construyes una serie fotográfica? ¿Partes de una investigación conceptual previa o el proyecto se va revelando en el recorrido, el ensayo y la repetición del gesto fotográfico? ¿cómo decides el uso de la cámara: analógica o digital? ¿Es una elección conceptual ligada a cada proyecto o responde más a una relación intuitiva con el tiempo, el error y la materialidad de la imagen?

La construcción de una serie suele surgir de manera bastante natural y siempre está ligada a lo que me interesa en ese momento. Al principio, por ejemplo, mis referencias venían más del cine. Al fotografiar a mis amigas que eran actrices yo entendía que el retrato no era solo posar frente a la cámara, sino crear personajes, pensar en motivaciones, y el mood de la fotografía se creaba sobre esa base. Había una idea previa, pero no un control absoluto de la escena. Desde el inicio me interesó mucho dejar espacio para la espontaneidad, para el accidente. El hecho de dejarme sorprender también forma parte de mi propio aprendizaje, instintivamente iba trazando algunas pautas que después podían, en el proceso en sí, transformarse.

Con el tiempo, empecé a trabajar en series que, aunque documentales, parten de procesos muy personales. En una de ellas, por ejemplo, documento paisajes que he visto desde la infancia, viajando en carro con mi padre. La motivación va también de compartir mis experiencias, contextos íntimos porque, aunque parezcan paisajes externos hay algo profundamente autorreferencial y emotivo en ellos.

El uso de la cámara también ha sido muy orgánico. Empecé trabajando en digital porque era lo que tenía, hasta que me regalaron mi primera cámara analógica, una Yashica. A partir de ahí todo cambió, aunque revelar en Cuba era muy complicado, presenciar ese proceso me pareció pura magia. Con esta práctica disfruto más la posibilidad de estar presente y elegir conscientemente qué voy a fotografiar. Trabajar con carretes vencidos y con doble exposición me permitió encontrar una estética donde el error y la rareza son parte del lenguaje. Al revelar esos primeros carretes entendí que esta manera de hacer fotografía tenía una afinidad natural con mi forma de trabajar, donde el proceso es tan importante con el resultado.

Entonces, creo que va un poco de la mano, aunque suelo tener una pauta conceptual que marque el punto de partida, dejo que el proyecto se revele por sí mismo y se vaya transformando en el camino.

Justo ahora me interesa explorar algo que no había probado antes que es la repetición como gesto fotográfico, no desde lo técnico, sino desde lo vivencial como forma de registrar y acompañar mis rutinas. A partir de esta repetición y del registro de estas acciones, quiero documentar una transformación.

En series como On the Road, el paisaje aparece como experiencia y no como postal. ¿Qué te interesa de esos espacios de tránsito y cómo dialogan con tu propia historia personal y con la realidad que te rodea actualmente?

Como mencioné antes, la construcción de esta serie surge de una motivación íntima y personal. Las fotografías son de un recorrido que hice toda mi vida con mi padre, desde La Habana hasta Villa Clara, donde vivían mis abuelos. Son paisajes que conozco desde niña.

No lo planifiqué del todo, como no siempre podíamos parar decidí fotografiar esos paisajes en movimiento, sin interrupciones. Ahí descubrí algo muy potente: la baja velocidad y la larga exposición, lejos de ser un error, aportaban una estética que me interesaba explorar. No buscaba una postal, sino transmitir esa sensación de tránsito, de memoria, de algo que se escapa.

Creo que esta serie dialoga con mi historia personal porque yo he sido una migrante desde pequeña. Yo nací en Cienfuegos, me fui a La Habana y hoy vivo fuera de Cuba. Es una experiencia que se repite, el hecho de transitar, de moverme me ha enseñado a mirar mi entorno y mi historia de una manera más profunda.

La migración introduce inevitablemente una fractura en la mirada. ¿Qué cambió primero en tu obra al salir de Cuba? ¿Los temas, la distancia con lo fotografiado, el ritmo de trabajo o la forma de relacionarte con la imagen? ¿Y qué se mantiene presente hasta el día de hoy?

La migración marca un antes y un después. Al principio se siente como una apertura infinita, pero con el tiempo el cambio es profundo y atraviesa todo, no necesariamente de una manera amable ni ordenada. En mi caso, el acceso a la fotografía analógica fue una gran puerta que se abrió al llegar a España.

Pero, sin dudas, más allá de lo técnico, cambiaron los temas y la distancia con lo fotografiado. Incluso, afectó la frecuencia con la que puedo dedicar tiempo a crear nuevas series. Aunque, por otro lado, la pausa que trajo la migración me permitió también mirar mi trabajo anterior con una distancia y, de esa manera, ponerle nombre a lo que ya existía.

No fue una ruptura total, sino un proceso de integración. Hoy siento que puedo entender mejor ese camino inicial y, desde ahí, seguir explorando la fotografía autorreferencial que ha marcado mi práctica más personal.

En tu trabajo conviven fotografías de viaje, momentos cotidianos, retratos y autorretratos. Si hacer un retrato, para ti, implica, como mencionas en página web, quedarte con un fragmento íntimo del otro a través del tiempo compartido y la conversación, ¿cómo se traslada esa misma búsqueda de conexión –o de verdad– cuando la persona fotografiada eres tú misma o cuando el cuerpo se desplaza en el viaje?

Pues en este punto es a lo que me refiero anteriormente cuando digo que la fotografía como vehículo me ha permitido no solo expresarme con más seguridad, sino también entenderme y hasta sanar ciertos procesos personales.

El hecho de que la mirada autorreferencial se haya convertido en mi línea principal de interés sucedió de una manera muy natural. En el caso, por ejemplo, de La culpa fue de la salamandra (un corto documental que filmé en el pueblo de mis abuelos en el Escambray) estuve filmando diez días sin parar y sin prácticamente entender del todo el “para qué”. Solo entendía que ese momento de alguna manera me superaba y yo quería documentarlo. Años después, ya viviendo en Valencia, cuando lo terminé, entendí que mi objetivo con ese material en específico no era compartirlo sino ayudarme a entender. Ese documental me ayudó a sanar un proceso familiar importante.

Entonces no se trata solo de retratarme, sino de usar mi cuerpo, mi experiencia y mi sensibilidad como punto de partida para trascender lo puramente representacional. Esa manera de relacionarme con el cuerpo y la experiencia atraviesa también el cómo retrato a otros.

Has hablado del error y del accidente fotográfico –en especial en la doble exposición– como un territorio fértil. ¿Qué te interesa de esas “fallas” técnicas y en qué momento decides convertirlas en una estrategia estética consciente, más que en un resultado fortuito?

El interés por el error comienza antes incluso de la doble exposición, con largas exposiciones desde un coche en movimiento. En medio de lo que podía parecer caótico descubrí por el contrario una visualidad que aportaba a lo que yo quería rescatar de esa experiencia. Una estética que hablaba de memoria, de sueño, de una vida pasada.

Con la fotografía analógica, los “errores” –dobles y múltiples exposiciones– empezaron a aparecer de forma espontánea. Lejos de rechazarlos me despertaron un interés enorme. Con el tiempo sentí la necesidad de introducir una intención más clara: decidir qué superponer, qué emociones evocar. No se trata de controlar completamente el resultado, sino de dialogar con el azar.

¿Cuáles son tus fotógrafos o fotógrafas de referencia? ¿Con quién sientes una afinidad más profunda –ya sea estética, ética o generacional– y de qué tradiciones o miradas te sientes deliberadamente más distante?

No tengo referentes fijos o inamovibles. Al inicio me interesaba mucho la fotografía documental más clásica, fotógrafos como Cartier-Bresson, Raúl Cañibano o Fan Ho, especialmente por su uso de la luz. La luz, más que el color o la composición, es algo central en mi trabajo.

Desde un giro más autorreferencial, Francesca Woodman fue muy importante para mí, por su estética tan particular. Además, el cine ha sido siempre una fuente fundamental de inspiración, aunque no se traduzca literalmente en mis imágenes.

El año pasado resultaste finalista de la beca de Cintas Foundation en la categoría de Fotografía, lo que, sin duda, marca un momento importante en tu trayectoria. ¿Cómo definirías el tipo de proyecto que presentaste: qué cuestionamientos lo sostienen y qué necesitabas explorar en este momento específico de tu práctica para que ese trabajo tomara forma?

El proyecto con el que fui finalista en Cintas es profundamente personal. Parte de fotografías tomadas en La Habana con mi primera cámara analógica y carretes vencidos, que no revelé hasta un año después, ya viviendo en Valencia. Esas imágenes tienen un valor muy especial para mí porque fueron un ritual de despedida.

Reflejan un momento en el que me sentía como un fantasma en la ciudad, ya sin pertenecer del todo. Migrar no resolvió inmediatamente esa sensación, me llevó a otro limbo. Con el proyecto me interesaba explorar temas como identidad, pertenencia, desarraigo, cuerpo y presencia, y surge de la necesidad de entender ese tránsito.

Desde tu experiencia generacional y tu posición actual fuera de la isla, ¿cómo percibes la fotografía que se está produciendo hoy en Cuba? ¿Crees que existe todavía una “mirada cubana” reconocible o esa mirada está mutando, atravesada por el desplazamiento, las nuevas tecnologías y la fragmentación identitaria?

Indudablemente, la migración de los últimos años ha impactado profundamente a toda la sociedad cubana y, dentro de ella, sin dudas a la fotografía. Aun así, siento que existen miradas muy jóvenes con una voz auténtica y reconocible. Cuba sigue siendo un territorio muy potente para la fotografía documental, y hay fotógrafos que logran ir más allá de lo fotogénico para construir un lenguaje propio. Me gusta mucho el trabajo de jóvenes fotógrafos como Rizandra y Manuel Almenares.

Mirando tu trayectoria hasta ahora, ¿qué tipo de fotografía sientes que aún te falta por hacer? ¿Hay un territorio, un tema o una forma que todavía te intimida o te genera resistencia?

Me interesa seguir explorando el uso de técnicas experimentales de fotografía analógica en mi trabajo y quiero un espacio donde yo pueda participar (e intervenir) de manera más activa en el revelado de la fotografía analógica. También me gustaría que mis futuros proyectos puedan dialogar con otros medios como el performance y el video para ampliar mi manera de expresarme.

Para cerrar, ¿en qué proyectos estás trabajando actualmente y qué zonas –conceptuales, técnicas o afectivas– te interesa explorar en esta nueva etapa de tu práctica fotográfica?

Estoy trabajando en una serie de fotografías autorreferenciales donde, a partir del registro vivo de rituales, exploro el placer y la presencia como experiencia vital. Me interesa documentar el momento que estoy viviendo, donde la migración sigue marcando mi motivación y mi imaginario.

También estoy pensando hacer un taller donde pueda compartir la experiencia de mis procesos creativos haciendo fotografía autorreferencial.

LAURA CAPOTE MERCADAL
LAURA CAPOTE MERCADAL
Laura Capote Mercadal (Guanabacoa, 1991). Fotógrafa e investigadora. Máster en Gestión y Preservación del Patrimonio Cultural por el Colegio de San Gerónimo de La Habana, Cuba (2019) y en Historia por El Colegio de San Luis, México (2022). Se desempeña como fotógrafa de la revista Artcrónica. Textos sobre su obra se pueden leer en El Estornudo, LL Journal o la plataforma de arte contemporáneo Mujeres Mirando a Mujeres.

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