En 2018, el Rock & Roll Hall of Fame le asignó tres minutos a Samuel Waymon para recibir la inducción póstuma de su hermana Eunice Waymon –la artista conocida como Nina Simone— en Cleveland. Él habló doce. Es el tipo de hombre que hace eso. Waymon –compositor, pianista, activista que marchó en el movimiento por los derechos civiles y cantó en el funeral de Martin Luther King Jr.– tiene la energía inagotable y levemente quijotesca de quien ha decidido que su misión es recordarle al mundo algo que muchos preferirían olvidar.
“Ella nunca creyó realmente que alguien recordaría su música”, me dice en una entrevista por videollamada desde Carolina del Norte. “Se sentía mal pagada, poco reconocida y poco apreciada cuando estaba derramando su sangre, sudor y lágrimas”. Sam tiene ochenta y tantos años y una luz en la mirada capaz de atravesar la pantalla que nos separa. Estuvo décadas junto a Nina Simone; fue su mánager, director musical, confidente y participó en más de una decena de sus álbumes, además de su propia discografía.
El peso de ser Nina Simone no era fácil de llevar, y Sam lo sabía. En los años formativos de su carrera, la industria musical se mostró perpleja ante ella. Su disquera, RCA, y los medios de comunicación no sabían qué hacer con una joven negra que tocaba el piano y cantaba con esa hondura. “Se sentía desplazada, fuera de lugar y reemplazada”, reflexiona Waymon. Las injusticias no eran meras percepciones artísticas, sino el resultado de un racismo y machismo sistémicos. Las compañías discográficas no pagaban a los artistas negros lo mismo que a los blancos. A esto se sumaba el escrutinio sobre su cuerpo; era juzgada por ser una mujer negra, por el tamaño de sus labios y por la textura natural de su cabello. Todo esto endureció su piel y cerró las puertas de su confianza; lo único que realmente la salvó, el refugio final que le ofreció redención y alegría, fue su música.
En febrero de 2026, Waymon volvió a hacer lo que lleva décadas haciendo; ponerse de pie por su hermana, esta vez en una pista de jazz afrocubano. El proyecto Tumbao Experience lanzó el 20 de febrero –un día antes del que habría sido el 93 cumpleaños de Nina, en plena mitad del Black History Month estadounidense– una versión de “Love Me or Leave Me” con la voz original de Simone. El corte se sostiene sobre un arreglo nuevo, ejecutado en el estudio por músicos en vivo, y con Waymon cantando armonías y acreditado como cointérprete.
Detrás del proyecto están Frank y Christian Berman, productores alemanes con una trayectoria que es difícil de resumir sin que suene a broma: empezaron en los noventa en la movida del dance europeo, estuvieron detrás de “Who Let the Dogs Out”, el tema de los Baha Men que ganó un Grammy, y desde entonces han construido una obra paralela que gira obsesivamente alrededor de la música cubana. Con Rhythms del Mundo: Cuba (2006) pusieron voces del pop anglosajón –Coldplay, Sting, U2– en manos de los músicos del Buena Vista Social Club. En 2014, en Studio Rio, ya aparecía Nina Simone cantando “I Wish I Knew How It Would Feel To Be Free” sobre percusión de samba. Y en 2023 repitieron la operación con Sindicato del Ritmo, acercándose al cancionero mexicano con Demetrio Muñiz en los arreglos. Visto en perspectiva, era cuestión de tiempo para que los astros se alinearan.
Muñiz es habanero, nacido en 1949, con un currículum que incluye el paso por la Orquesta Cubana de Música Moderna, Tropicana y la maquinaria global del Buena Vista Social Club, donde fue arreglista, coproductor y director musical durante varios años. Trabaja con lo que él llama su principio rector: “todo puede ser cubanizado”. La frase suena a boutade, pero es una posición musicológica seria, con suficiente conocimiento armónico y respeto por la melodía original, cualquier obra puede traducirse al vocabulario de la clave sin perder lo que la hacía irreductible.
En Tumbao Experience esa obsesión encuentra su forma más ambiciosa: un proyecto pensado como punto de encuentro entre dos tradiciones que llevan un siglo cruzándose. Aquí, registros de figuras centrales de la música negra estadounidense –Nina Simone, Duke Ellington, Carmen McRae, Jimmy Scott, Joséphine Baker– se someten a una operación delicada para ser traducidos al vocabulario de los ritmos latinos y afrocubanos sin perder su identidad original.
No se trata de una simple remezcla; lo que Muñiz construyó no es una pista instrumental nueva debajo de una voz aislada, sino un arreglo que tiene que negociar en tiempo real con la respiración de alguien que ya no existe. Para lograr este nivel de empatía musical, Muñiz confiesa haber actuado como un actor que estudia un personaje, adentrándose en el mundo del jazz de Simone para poder transformarlo en música cubana. La meta no era crear una fusión, sino establecer una conversación entre el jazz, el son cubano, el mambo y la improvisación.
La canción arranca con unos metales brillantes e impecables y desde ahí la voz de Nina –y la de Waymon respondiendo– viajan con una soltura que hace que el tránsito del swing original al compás de la clave parezca inevitable. Nina Simone no cantaba con metrónomo; su rubato era dramático, personal, irracional en el mejor sentido, aceleraba y frenaba según lo que el fraseo le pedía. Para que la clave afrocubana –que tiene su propia lógica implacable, su propio centro de gravedad– pudiera convivir con esa voz sin aplastarla, los músicos tuvieron que aprender a expandirse y contraerse junto a ella. Aprender, en términos prácticos, a escuchar a alguien que no puede responderles. El tumbao, después de todo, no es solo un patrón rítmico; en la cultura afrocaribeña es también una actitud, una presencia, una forma de sentir la música en el cuerpo.
Esa plasticidad no es casualidad, sino el resultado de un grupo de músicos que traen consigo décadas de oficio en esas tradiciones. El arreglo afrocubano se grabó en Madrid, con Muñiz al frente de un ensamble que incluye a Moisés Porro en la percusión, al saxofonista Ariel Bringuez, a Yaure Muñiz en la trompeta, además de Sergio Fernández en el piano, Antonio Miguel en el contrabajo y Julián Garvayo en el trombón.
Lo que hacen juntos no es un simple cruce de estilos, sino la actualización de una conversación larguísima. Las tradiciones musicales de la diáspora africana comparten un ADN rítmico que las industrias discográficas del siglo XX se empeñaron en separar artificialmente en géneros, mercados y públicos distintos. Situar a Simone en el continuo afrocubano no es trasladarla a un territorio extraño, sino develar una parentela que siempre estuvo ahí, oscurecida por el embalaje comercial. Le pregunto a Waymon si Nina y él hablaron alguna vez sobre esa conexión. “No nos sentamos a tener una mesa redonda sobre el tema”, dice. “Simplemente lo reconocíamos y lo respetábamos”.
Por eso, cuando escuchó por primera vez el arreglo de Muñiz, su respuesta fue visceral. “Cuando Frank y Demetrio me enviaron ese arreglo, lo primero que dije fue: «Sí, genial, perfecto»”, recuerda. “Y luego dije: «Aleluya». Porque lo que hizo fue cerrar el círculo”. La reinterpretación transformó el clásico en un desfile de alegría. “Me levanté y empecé a bailar”, me cuenta. “Ella amaba bailar. Ambos bailábamos todo el tiempo”.
El sencillo “Love Me or Leave Me” funciona, en ese sentido, como un dúo póstumo. “Cuando estaba grabando, fue como si ella estuviera de pie a mi lado”, dice Waymon. “Solíamos sentarnos juntos al piano; esa energía y conexión espiritual me permitieron sentirme como en casa”.
Siempre es legítimo preguntarse si la “fusión” es un encuentro real entre tradiciones o una estrategia de marketing disfrazada de multiculturalismo. La industria tiene un historial largo y poco glorioso de empaquetar la diáspora africana para consumo de públicos que prefieren no enfrentar esa memoria. Pero el catálogo de Nina Simone es uno de los más robustos y vivos del siglo XX, y sigue circulando sin necesidad de que nadie lo rescate. Lo que Tumbao Experience hace con él no es reanimarlo, sino conversar con él desde otro lugar.
Hacia el final de la entrevista, le pregunto a Waymon qué cree que diría Nina si estuviera sentada a su lado escuchando este arreglo. Se toma un momento. “Estaría encantada”, dice. “Y también diría: «Ya era hora. Ya era hora de que reconocieran mi música y todo de mí»”. Luego se ríe, con una risa franca, la misma risa que viene superando todas las opresiones desde que un barco trasatlántico trajo a un hombre negro a estas tierras.



