‘No salgas’, de Victoria Linares Villegas: “La rabia venía de un lugar más íntimo”

En su primer largo de ficción, la cineasta dominicana se apropia del slasher, el coming-of-age y el cine de posesiones para urdir una fábula sobre la homofobia y la autorrepresión en una sociedad conservadora.

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Hay una imagen de No salgas (2026), la ópera prima de ficción de la dominicana Victoria Linares Villegas (1988), que encarna la función holística del plano de la que hablaba Raúl Ruiz. Aparece, curiosamente, en una escena de pesadilla. Liz, la protagonista, despierta en mitad de la noche en la cama donde antes le vimos acostarse. Aún en duermevela, atraviesa el espacio familiar que ahora la penumbra le devuelve enrarecido. De pronto, una lenta disolvencia encadena dos perfiles de la joven en pantalla. Un plano medio y un close-up. Una Liz atrapada dentro de otra. En esa imagen tenemos la impresión de que está toda la película.

En un gesto de antropofagia cultural, la cineasta dominicana se apropia del slasher, el coming-of-age y el cine de posesiones para urdir una fábula sobre la homofobia y la autorrepresión en una sociedad conservadora. Tras dos brillantes largos documentales, Lo que se hereda (2022) y Ramona (2023), ya atravesados por la ficción, Victoria filma la juventud y su rito de paso a la adultez con el lenguaje de las películas que disfrutábamos entonces. Días antes de su estreno mundial en Berlinale Generation, hablamos sobre el proceso creativo y productivo de la obra.

Me gustaría comenzar por el origen de No salgas. ¿Hubo alguna imagen recurrente, quizás una experiencia o inquietud personal, que detonara el deseo de hacer esta película? ¿Cómo fue el proceso de escritura del guion y desarrollo del proyecto hasta encontrar su forma definitiva?

Recuerdo que venía de estudiar cine en Nueva York con una mente muy ilusionada. La ley de cine recién estaba comenzando en República Dominicana y yo pensaba que antes de los 25 años iba a poder hacer un largometraje. Las cosas resultaron ser todo lo contrario. Se me hizo demasiado difícil y, por momentos, abandonaba la idea de hacer mis propias películas. Hasta que, años después, uno de mis mejores amigos regresó de estudiar cine en la misma universidad que yo. Nos reuníamos a conversar de cualquier cosa. Estos encuentros incendiaron algo dentro de mí nuevamente. Un día, mientras estábamos tomando cervezas, me contó de una imagen que él quería filmar: cuatro chicas ensangrentadas en un carro de noche. No sabía exactamente quiénes eran, pero sabía que algo bastante fuerte había sucedido. ¿Quiénes son ellas? ¿Qué les pasó? ¿De dónde vienen?

Ese amigo del que hablo es Carlos Marranzini, coguionista y productor de No salgas. No podía sacarme esa imagen de la cabeza, por lo que rápidamente nos planteamos escribirla juntos para averiguar. Empezamos con la idea de hacer una oda al giallo italiano y al slasher gringo. Íbamos a un cineclub que se formó junto a unos amigos a principios del 2015, con el nombre de TECHNIQUE, en casa de Guido Castillo. Ahí vimos películas esenciales como Sleepaway Camp, Tenebre, Scream, Halloween, Suspiria, Obsession, The Texas Chain Saw Massacre… Mucho camp.

No salgas empezó como un corto que mezclaba todo lo que nos gustaba. Incluso ocurría dentro de un concierto de música alternativa en República Dominicana. Carlos y yo nos conocimos a los 15 años, cuando la escena punk en el país estaba en su pico. Luego, poco a poco, se fue colando lo social, atravesado por mi propia experiencia de salir del clóset y de habitar un entorno siempre heterosexual. Fuimos a varios laboratorios de escritura, como el LabGuion en Colombia y el MICGénero en México, alrededor del 2017. Escribíamos juntos todos los días, pasándonos la computadora de un sillón a otro, editando las escenas que escribía cada uno… Recibíamos feedback de nuestros productores de aquel entonces, Wendy Muñiz y Guillermo Zouain. Ellos y yo intentamos por mucho tiempo conseguir fondos, pero siempre nos cerraban la puerta debido al tema.

La película fue “abandonada” alrededor del 2018-2019. En 2023 resucitó. Al darnos cuenta de la realidad de la producción, tuvimos que hacer muchos cambios esenciales en la película, que para no spoilear prefiero contar después. Diría que ahí vino un proceso de escritura mucho más fuerte, de editar, de resignificar el verdadero conflicto de la película y su personaje. Ya mis experiencias eran otras, la rabia venía de un lugar más específico, más íntimo.

El deseo de hacer esta película nace, en parte, de la necesidad de contar historias que han sido poco narradas en mi país. Siempre me preguntaba: ¿qué habría sido de mí si me hubiera encontrado con una película así en mi adolescencia o en mis veinte? ¿Cómo transformar una vivencia, un trauma que, aunque en menor escala ahora, sigue presente? ¿Podría servirle a alguien más? ¿Ofrecer consuelo? Y, desde un deseo colectivo de ambos guionistas, nos preguntábamos también cómo sería una película de género si se trasplantara a la idiosincrasia dominicana.

La homofobia, sobre todo en el ámbito familiar, es un tema constante en tu filmografía. Siento que No salgas guarda mucha relación con algunos de tus cortos, como Cállate niña (2018) y Mi madre me tiene rabia (2020). ¿Qué hay en tu nuevo filme de continuidad y ruptura respecto a esas obras anteriores?

Creo que la continuidad está en una misma emoción que atraviesa mi filmografía: una mezcla de tristeza, melancolía, rabia… Y en la soledad de personajes jóvenes que enfrentan un conflicto interno mientras el mundo les resulta hostil. También hay una persistencia en la relación con la figura de los padres, que en mis películas suele ser determinante: a veces de forma omnipresente, como en Cállate niña, y otras de manera más explícita, pero no necesariamente de eje central, como ocurre en No salgas, a diferencia de Mi madre me tiene rabia, donde sí funciona como el centro de todo.

La ruptura tiene que ver con el desplazamiento del conflicto. Mis cortos eran procesos mucho más íntimos y emocionales, casi una internalización de conflictos personales. En No salgas eso sigue existiendo, pero el foco se amplía: el conflicto se vuelve también externo, atravesado por un contexto social mucho más concreto. Liz, a diferencia de los personajes de mis cortos, no se queda únicamente en el silencio; con todo y su miedo, decide ser más proactiva y romper esa opresión junto a Jessie. En Cállate niña, en cambio, el personaje habita una desolación casi total y termina alejándose incluso de la única persona en la que podía confiar.

También hay una ruptura formal importante: el uso del horror como lenguaje, un terreno que no había explorado antes, y que me permitió llevar emociones como la represión, el miedo y la violencia a un lugar más físico y perturbador.

Sé que compartimos afición por autores clásicos del cine de horror como John Carpenter o Brian De Palma, y también por cineastas contemporáneas como Jane Schoenbrun, que releen esa tradición desde sensibilidades disidentes. ¿Cómo dialoga No salgas con esas genealogías? ¿Te propusiste una reapropiación o reescritura de los códigos del horror desde una mirada queer y caribeña?

Es gracioso, pero creo que, aunque pensé más en De Palma, Argento y Carpenter mientras filmaba, el resultado final se acerca más a algo como Jane Schoenbrun. Por las experiencias viscerales que trae una mirada queer y el lugar donde habito, se hace casi imperante desligarse de ciertos patrones de los autores clásicos del cine de horror. Las películas se vuelven más personales y emocionales, eso se puede ver en el cine de Schoenbrun y siento que también se puede ver en el mío.

En principio no buscaba alejarme de las referencias, sino traerlas cerca, pero creo que estas fueron tan internalizadas que al final no sé qué tanto quedó de ellos. No me propuse reescribir ni reapropiarme de los códigos del género, sino más bien observar con cierta distancia aquello que suele mirarse de cerca, como la violencia, y ver qué aparecía desde ahí.

Quizás la gran diferencia de No Salgas son sus personajes: lo que les pasa, cómo abordan los conflictos… Hay una cierta nostalgia en la película por esos años de descubrimiento, esas conversaciones en grupo que remontan a uno a esos viajes de promoción de fin de colegio. No estoy segura de si Carpenter o De Palma hayan vivido esas experiencias, pero sí siento que las películas de Schoenbrun tienen mucho más de eso.

El cine de horror, sobre todo en subgéneros como el giallo o el slasher, es a menudo señalado por la crueldad que ejerce sobre los cuerpos femeninos y aquellos que se salen de la heteronorma. ¿Sentiste la necesidad de dialogar críticamente con ese legado? ¿Qué posibilidades encuentras en el cine de género para abordar la violencia estructural y sistémica sin reproducirla?

Lo que me encanta del cine de género, y por lo que creo es un vehículo perfecto para abordar estos temas sociales, es que casi nunca suele rayar en lo panfletario. Creo que siempre es mucho más divertido preguntarse: ¿cómo puedo hablar de esto de la manera más desenfadada posible?

Precisamente, para mí, hay una libertad inmensa en poder hacer lo que uno quiera en una película de género. Así como es señalado que las películas de horror, en general, tienden a ser poco amables respecto a lo femenino y a glorificar las muertes, aquí me dediqué a hacer completamente lo opuesto. La violencia está casi en su mayoría en el fuera de campo, las repercusiones son más dolorosas que el simple acto del gore, y, sobre todas las cosas, es una película con un universo totalmente femenino.

El universo femenino sí fue un acto consciente. Todo lo otro no lo fue, al menos no lo pienso así. No me interesaba subrayar la violencia, sino vaciarla de espectáculo y dejar que apareciera en sus consecuencias.

En No salgas, la amenaza –esa suerte de posesión que experimentan algunos personajes– no responde a un único perfil: es transversal al género, la edad y el vínculo afectivo. Y siempre proviene del círculo más íntimo. ¿Hay un intento de poner en crisis, o matizar, el concepto de “aliadx”?

Sí, totalmente. De hecho, me refería a esto cuando en la primera pregunta dije que hubo un gran cambio en el 2023. Antes, la película tenía un asesino que nunca veíamos (a lo giallo), que perseguía con propósito obsesivo a los personajes queer. Una especie de entidad que fungía como la sociedad conservadora dominicana. Pero todo eso complejizaba la producción, y sentía también que no era quizás tan inherentemente peligroso y bizarro como alguien cercano.

Supongamos que ese gran cambio hizo que todo aterrizara en algo más real y cercano para mí. ¿A quién le tenemos que revelar nuestros secretos? ¿A quién le podemos tener más miedo de hacerlo? ¿Quién tiene expectativas sobre nosotros más allá de nosotros mismos? Digamos que mi respuesta a esto yace en la primera secuencia de la película.

En República Dominicana, un contexto profundamente conservador, las normas heterosexuales dominan la vida cotidiana. En este entorno, la figura del “aliado” suele resultar insuficiente: más performativa que solidaria, arraigada en una tolerancia reflexiva y, en ocasiones, cómplice, sin saberlo, de dinámicas opresivas, antes que en una comprensión genuina.

Muchos pasajes de No salgas transcurren con ritmo apacible, incluso contemplativo, que contrasta con ciertos paradigmas de eficiencia genérica, como si evitaras a conciencia la gratificación inmediata. Ese tempo nos permite habitar los espacios y pasar tiempo con los personajes; les confiere una presencia más tangible. ¿De qué forma concebiste la puesta en escena, en términos fotográficos, sonoros y de montaje?

Para mí era fundamental alejarme de la construcción habitual de los personajes en el cine de horror, donde muchas veces funcionan como arquetipos unidimensionales. Al moverse entre el coming-of-age y el horror, la película necesitaba que cada uno de esos universos adquiriera un peso propio, y eso implicaba darle tiempo y espacio a los personajes para existir.

Los actores influyeron mucho en esa decisión. Al estar más cerca de las edades que interpretaban, sentí que la cámara debía observarlos con paciencia, permitirles hablar, moverse y habitar sus personajes con certeza y naturalidad. De ahí surge la dilatación de ciertas secuencias y una economía de planos que evita la sobreexplicación o la gratificación inmediata.

En términos de puesta en escena, la cámara funciona casi siempre como una extensión de Liz: la fotografía, el montaje y el sonido están pensados para llevarnos a su estado mental más que a una lógica externa del género. El montaje responde a esa subjetividad, priorizando el ritmo interno del personaje por encima de una estructura clásica de tensión.

El sonido fue uno de los procesos más complejos y divertidos que tuve en la posproducción. Con Alain Muñiz, con quien había trabajado antes, esta vez tuvimos el tiempo de explorar bastante a fondo cómo sonaba el mundo interno de Liz y esas extrañas posesiones. En el montaje ya existía una intención muy ligada al mood, casi musical, y desde el rodaje había unos conceptos que venían de la propia interacción de los espacios. Pero tomó tiempo llegar a una identidad sonora clara. Para ello, usamos referencias muy dispares entre sí, como Harry Potter y El exorcista, buscando un sonido que no fuera literal, sino subjetivo.

Cuéntame del proceso de casting para el papel de Liz y los demás personajes… ¿Cómo organizaste el trabajo con las actrices y actores?

En 2023 realicé audiciones para mi último filme, Bienaventuradas las que lloran, y entre las personas que audicionaron estaban Camila Issa y Cecile van Welie. Recuerdo que, mientras las veía audicionar para papeles de esa película, le decía a Carlos que ellas dos, en específico, tenían un aire muy claro de Liz y Laura. En ese momento ni siquiera sabía que terminaría haciendo No salgas ese mismo año.

Cecile, por ejemplo, estaba audicionando para el papel de una monja, jaja, pero había algo en su rostro, una cierta tristeza, que me hacía pensar inmediatamente en Liz. Camila Issa, que terminó interpretando a Laura, también audicionaba para ese papel, pero en ella se manifestaba otra energía: una rigidez, un control y un sentido de seguridad que me remitían directamente a Laura.

Una vez que tuve claro que Camila Issa y Cecile serían parte de la película, fue muy natural pensar que debía acompañarlas Gabriela Cortés. Hay en ella una dulzura e inocencia que emanan de manera muy orgánica. Fue una de las mayores sorpresas ver cómo alguien con quien comparto una vida podía transformarse frente a mí, con un talento que siento totalmente innato.

En República Dominicana es un poco más fácil acceder a talento joven con bagajes actorales muy distintos que, por ejemplo, la búsqueda de intérpretes para roles más adultos. Creo que eso fue de lo mejor que me pasó en este proceso. Estuve siempre rodeada de actores muy dispuestos, muy comprometidos con su profesión y, sobre todo, abiertos a experimentar en la creación de sus personajes.

Durante la preparación actoral, estuve profundamente inspirada a seguir el trabajo que ya había hecho en Ramona, particularmente a partir de Augusto Boal: mantener un aire de juego y trabajar desde la improvisación, pero siempre con un trabajo previo de profundizar en cada matiz de los personajes. Al mismo tiempo, estaba y sigo estando profundamente enamorada del cine de Mike Leigh, y eso me ayudó muchísimo a buscar nuevas formas de acercarme a los actores.

Ensayamos mucho alrededor de escenas muy específicas, olvidándonos de los diálogos escritos en el papel y rehaciéndolos en cada prueba. Siento que eso ayudó muchísimo a la química del grupo, permitiendo que cada uno pudiera ponerse en los zapatos del otro, ver hasta qué punto se conocían entre sí. A partir de ahí, los actores desarrollaron una amistad fuera de cámara que resultó muy productiva para la película.

Con Cecile van Welie, en particular, el trabajo fue también de muchas conversaciones y cuestionamientos sobre las escenas y el personaje. Cecile es una persona muy curiosa, hace muchas preguntas y es muy inteligente. Es una de las personas más responsables y serias que he conocido en mi vida. Lo vuelvo a decir: tuve mucha suerte de estar acompañada por un cast maravilloso.

Como todas tus películas, No salgas se inscribe en un contexto social muy específico. Has comentado en varias ocasiones que República Dominicana es un país profundamente conservador. ¿Qué significa para ti contar esta historia desde ahí? ¿Cómo crees que dialoga con su contexto y qué tipo de resonancia o fricción esperas que genere?

Estuve hablando hace unos días con mi pareja sobre esto. Ella decía que a nosotros nos crían bajo esta idea del bien y el mal, algo profundamente católico. Y todo el tiempo nos enseñan lo que está bien (lo heterosexual) y lo que está mal (las disidencias). Siento que esta película dialoga constantemente con esa lógica y se pregunta qué surge de ese choque: ¿qué pasa cuando somos capaces de mirar al otro en toda su complejidad y sus matices? Me gustaría pensar que la película puede abrir un espacio para que quien no entiende se acerque desde un lugar más tierno. Quizás es mucho pedir.

Más allá de una película que habla sobre la homofobia, creo que la película lucha en contra de todos los miedos que se le tiene a la otredad. Siento que a pesar de que hay un panorama mucho más abierto, el odio es mucho más fuerte hoy en día. Ante el resurgimiento de políticas fascistas, diría que es una película que también dialoga con lo que está pasando en todo el mundo, por ejemplo, las redadas y asesinatos de personas migrantes.

Sé que después de No salgas has filmado un segundo largometraje de ficción. ¿Qué nos puedes adelantar de ese nuevo proyecto?

Bienaventuradas las que lloran parte de una tragedia familiar que viví en 2022. A partir de ese contexto sociopolítico, la película profundiza en mi exploración de la relación madre-hija.

Para terminar, jugando con la pregunta que se hacen tus personajes en una escena de la película: si pudieras proyectarle No salgas a otrx cineasta, vivx o muertx, ¿a quién se la mostrarías y por qué?

Jajaja, uff… Son tantxs. Pero creo que me puedo ir por algo realista. Quisiera que Christine Vachon la viera. Siempre ha sido mi sueño que ella me produzca una película.

JOSÉ LUIS APARICIO
JOSÉ LUIS APARICIO
José Luis Aparicio Ferrera (Cuba, 1994). Cineasta, crítico y curador independiente. Ha dirigido los cortos de ficción Tundra (2021) y El secadero (2019), así como el documental Sueños al pairo (2020). Sus películas han sido seleccionadas por festivales como Sundance, Locarno, Raindance, Miami y BAFICI. Tundra fue premiado en Fantaspoa, el New Jersey International Film Festival, el NYC Independent Film Festival y el Seattle Latino Film Festival. En 2022 fue invitado al programa Locarno Open Doors y recibió uno de los Prince Claus Seed Awards. Actualmente desarrolla su primer largometraje, El mar, proyecto seleccionado por las Residencias Academia de Cine de España. En el marco de la documenta fifteen de Kassel, comisarió Tierra sin Imágenes, la mayor retrospectiva del cine independiente cubano realizada hasta la fecha. Es director artístico del Festival de Cine INSTAR y coeditor de la revista anual de cine Fantasma Material.

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