“Quiero dejar de conmoverme por la cosa cubana”. Entrevista a Orlando Luis Pardo Lazo

'Olvidos y obituarios' es mi última compilación de columnas. Con este libro culmina el fantoche de OLPL que recorría y corroía las redes sociales, así en La Habanada como en medio planeta después.

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La novísima Agni Ediciones acaba de incorporar a su catálogo in progress una tercera firma (las dos primeras son las de Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya, quienes capitanean el proyecto al pie de los Pirineos) que no desentona para nada con el nombre del sello editorial. Todo lo contrario.

“Agni se asocia no solo con la luz visible” –me escribe Daniel–, “sino con la inteligencia, la lucidez, el ímpetu, el deseo y todas esas cosas que en cualquier lengua se conectan con el fuego como símbolo”.

Con Olvidos y obituarios, Orlando Luis Pardo Lazo da por consumida una etapa. Entrega su última recopilación de columnas, ya publicadas en varios medios, y asegura que no publicará más este tipo de textos. Se acabó. Se quemó. Se encienden llamas de funeral vikingo, algo que quizás venía cocinándose desde –su insilio dentro del exilio– otra isla llamada, enfáticamente, Islandia.

¿Debemos creerle?

Algunos lectores –si es que quedan algunos lectores– estarán felices, o se sentirán aliviados. Otros lamentarán su decisión. Y otros, simplemente, se pondrán un poco tristes, un poco nostálgicos, y respirarán fuerte sin que se note. Yo soy de esos últimos.

Porque esto no va solo de “la cosa cubana”. Esto va del paso del tiempo.

Olvidos y obituarios se presenta este miércoles 11 de marzo en el espacio Haba Art Lab de la Ciutat Vella barcelonesa, y el viernes 13 le traerá mala suerte a la librería madrileña Arenales, en Chamberí. Allí, pues, habrá que preguntarle a OLPL en persona si es cierto lo que nos ha dicho aquí por escrito.

Como el título sugiere, tu libro se divide en dos conjuntos de textos. La parte de los “obituarios” está clara. ¿Qué serían los “olvidos”? ¿Cómo se relacionan para ti estos olvidos y obituarios?

Se conectan a través de la aliteración. Voy orlando olvidos y obituarios sin saber quién es quién. Olvidos y obituarios pudo titularse Orlando & Orlando, pero no me atreví a mencionárselo al editor de Agni, un cubano exiliado en Catalunya, Daniel Díaz Mantilla.

Los olvidos vendrían a ser el precalentamiento del lector, una pequeña traqueotomía para ponerlo en modo-avión ante la OLPLectura. Cada olvido es un ejercicio de la memoria en modo subjuntivo, un obituario que se quedó sin cadáver: un cenotafio. En esta sección hay crónicas (pero todo el libro es de crónicas) y hay crítica (pero todo el libro es de crítica) y hay opiniones (pero todo el libro es de opinión).

Los obituarios no son obituarios, sino olvidos sedimentados en alguna anécdota de alguien, cuando éramos cubanos vivos (ese oxímoron): 20 hombres y 2 mujeres. Excepto uno (el colofón del libro), son textos cuyo original ya estaba publicado. Todo lo expongo, incluso antes de haberlo escrito. Pero, en el año de la conversión de la Revolución cubana al trumpismo Made in Marco, yo no podía quedarme callado. Así que lo reescribí entero hasta sentir que tenía un libro inédito.

Ahora explícalo para que se entienda.

En Teoría de Conjuntos, Olvidos y obituarios funciona como un guante reversible: Olv ⊆ Obt, tal como Olv ∪ Obt, tal como Olv ∩ Obt (l.q.q.d. es que los muertos del castrismo nos pertenecemos anisotrópicamente los unos a los otros: Olv ∈ Obt y viceversa).

Si empiezas a leer por la última frase (“gracias, Alfredito, por hacerlo mejor que el resto de nosotros, los sapitos”) y terminas por la primera línea del libro (“hoy dormiremos por primera vez en la misma ciudad, Maduro”), nuestra educación sentimental resultaría idéntica: tú y yo nos vamos a querer, gracias a este bosón que intersecta tu biografía y la mía.

La muerte y los muertos de Olvidos y obituarios son solo un pretexto cuántico para hacernos contemporáneos.

Me da a mí que por esa primera línea (“Hoy dormiremos por primera vez en la misma ciudad, Maduro”) se desliza en esta recopilación cierto soplo o quizás resoplido de cierre de etapa…

Olvidos y obituarios es mi última compilación de columnas. Con este libro culmina el fantoche de OLPL que recorría y corroía las redes sociales, así en La Habanada como en medio planeta después.

Llevo veinte años tecleando, sin dejar de tocar ninguna tecla tabú. En cada caso, saqué ronchas a nuestra iletrada intelectualidad, siempre tan bien informada a la hora de relativizar, con la mirada puesta donde nadie se lo pidió. Yo opté por la óptica obscena del francotirador. Vine, vi, viví. Hacer tabula rasa o narrar en el mar, sin caer en los creacionismos de personajes que no fueran Orlando Luis Pardo Lazo. Al margen de esa consuetudinaria comemierduría de mierda que es la construcción de mundos ficcionales.

Olvidos y obituarios es mi despedida de duelo posnacional. Quiero dejar de conmoverme por la cosa cubana.

¿Estás diciendo que no escribirás más columnas ni textos de opinión?

Digo que yo subí un telón en los tiempos de la tiranía totalitaria y que recién lo dejé caer en los tiempos terminales de Trump.

He escarbado en el camping literárido cubano. Planté mi marabú y contemplé orgulloso su panspermia patria. Amé las amargas aglomeraciones de cubanos y sentí mi infinito asco y conmiseración. He posteado desde Alaska hasta Reikiavik, siendo un testigo intoolerable (ininstrumentalizable).

Es hora de recoger al vate. Deslizarme fuera de la inmediatez. Dejar de ser por un rato y adentrarme en el artero arte de estar. Curvar el espacio-tiempo del logos con un nuevo tipo de interacción a distancia. Respirar en casa, mientras se engrasan los engranajes de mi próxima fuga.

Estar y existir, simplemente, en vez de la especuladera de escribir, ¿no?

Para mí, existir siempre será excribir, pero presiento cierta paz de privilegiado en perpetrarlo de manera privada. No involucrarme más en lo ridículo de la representación instantánea. Palpar la pesantez del silencio. Aunar ausencias. Devenir ciudadano de mi alcoba, no de nuestra agónica ágora.

Nadie tiene que preocuparse por Orlando Luis Pardo Lazo. No me diagnostiquen enfermedades mentales. Basta con esperarme. Yo he visto cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían.

Incluyes en tu libro cuatro textos dedicados a la aventura revolucubana de cuatro personajes norteamericanos –John Clytus, Allen Ginsberg, Lillian Roth y Carol Andreas–, y un quinto sobre el Korda del Che (o el Che del Korda: hasta que la eternidad los separe). Por su extensión y espesor, y las lecturas que se mueven detrás, da la impresión de que se trata de artículos provenientes de otros proyectos de escritura: definitivamente, no se cuentan entre tus columnas, digamos, “típicas”. ¿De dónde provienen esas piezas?

Esa fue la etapa en que fingí como estudiante de PhD (phake doctorado): leer tomando notas, sacar interpretaciones hasta de una errata, apuntalar notas al pie, contrastar fuentes ajenas en lugar de dar rienda suelta a mis fundamentalismos.

Al cabo, no funcionó. Terminé en Manhattan con un título de Doctor en Literatura Comparada colgado de la pared, tal como conservo mi título de oro de Licenciado en Bioquímica. Soy el Hezcritor Nuevo que siempre temió parir la Revolución cubana.

En esos cuatro textos dejo que sean otros los protagonistas de mi palabra, como okupas de Orlando Luis Pardo Lazo.

John Clytus es en realidad un apócrifo o una invención de la CIA para desacreditar la Cuba de Castro.

A Allen Ginsberg lo quise desde que lo conocí en YouTube, burlándose de la “loca” que durante medio siglo fue la “reina” del FBI.

De Lillian Roth me enamoré perdidamente en 1929: es criminal no haber coincidido con ella y tener que conformarme con las cubanas.

Y a Carol Andreas tengo que haberla visto en una tribuna antiimperialista del Vedado, agitando una banderita cubana con sus chancletas metededos, en una brigadita de solidaridad global.

¿Y qué pretendes recordar/olvidar a través de esos personajes?

Quise despedirme cordialmente de los cuatro. Tengo decenas de libros similares escaneados: en formato searchable, para poder citarlos sin leer. Me dan ternura las vidas norteamericanas. Incluso cuando hablan del caos, les sale un cosmos capitalísticamente ordenado. Son una raza incapaz de concebir la experiencia extrafinanciera con que nos premió la Revolución cubana.

El próximo libro de Orlando Luis Pardo Lazo será de un autor norteamericano, gracias a la autenticidad orgánica de la inteligencia artificial. No me explico cómo antes de la IA los cubanos se atrevían a emigrar.

Uno de mis textos favoritos del conjunto es “El académico cubano desaparecido”. Tú viviste en carne propia los rigores de la academia gringa, con sus incontables PCC-filias y el wokismo en su punto más álgido…¿Hay rencor?

Me hizo su maldad feliz. Entendí que Fidel y Raúl Castro me dejaron salir de Cuba en 2013 porque ya no existían los Estados Unidos, ni en América ni en ninguna parte (excepto en Cuba, que es la reserva natural de norteamericanidad).

Si ayer no hubo ñao, mañana no habrá rencor. A la Seguridad del Estado no se le da la espalda, mucho menos para huir. A la Seguridad del Estado uno le va encima, sabiendo que la guerra está perdida de antemano.

Soy un reconciliado con el wokismo. Aplaudo en público si veo un t-shirt del Che, admirando el entreseno de quien porta ese icono internacional.

Nada ni nadie va a distraerme de la tristeza y ternura de saberme un aparecido entre millones de apariciones cubanas.

No eres académico pero muchos dirían que eres, a la vez, maestro en broma y profesor en serio... ¿Cómo es un día en la vida neoyorkina de OLPL en marzo de 2026?

6 AM, ayuno. Enseguida, Subaru que tú sabes porque a la escuela hay que llegar puntual.

Día laboral: toda vez proletario en Cuba, ya para siempre serás eso, un proletario: seres que sobreviven gracias a su salario (nunca entendí cómo poner el dinero a ganar dinero por mí).

12 M: comedor obrero.

Tarde laboral: enseñar español es un placer, es la lengua más expresiva del universo y, por eso mismo, la más inútil de cara al futuro.

3 PM, Subaru de vuelta a casa (“a casa” es un decir, para no tener que nombrar lo innombrable).

Después, editar Hypermedia Magazine, donde Ladislao Aguado y yo mantenemos a flote una plataforma promiscua donde ningún cubano se queda sin publicar: te publicaremos incluso en contra de tu voluntad, y esto incluye a Marco Rubio y Fidel Castro.

Como postre, Manhattan, que es la única ciudad que se compara, si bien ridículamente, con la magnificencia imperial de La Habana. Y, entonces. nada de TV cubana (que es toda la televisión pública de los Estados Unidos). Si acaso, oír podcasts hechos con IA sobre cómo la masa de los cuerpos ralentiza el tiempo y retuerce el espacio-tiempo biográfico.

Al final, en la madrugada insomne de los cubanos que vamos quedando, como echados y con ideas tristes, dormimos.

Uno de tus “olvidos” está dedicado a Sandro Castro; uno de los obituarios, al Taiger. Supongamos que ambos están muertos. Supongamos que ambos están vivos. ¿Qué es lo que une a ambos personajes y que es lo que ambos dicen al unísono de lo que podríamos llamar, a trazo grueso, “la juventud cubana”?

Sandro Castro y El Taiger deben de haberse tomado juntos muchas cervezas Cristach en las paladares de la dictadura.

Sandro Castro es un Ramfis Trujillo: un tipo cínico que se pinta de cómico en las redes digitales, pero capaz de torturar y violar cubanos (en particular, machos) cuando la libertad comience a descojonar las propiedades de los déspotas en el poder.

El Taiger cargaba con el peso infartado de un corazón más grande que la epopeya revolucionaria y la tragedia de la resistencia contrarrevolucionaria. Él era pura sensibilidad a flor de melanina. Los de abajo que salen a flote son ultimados de inmediato por la barbarie de otro cubano.

Ninguno de los dos era hispanoparlante, por cierto. En ambos se articulaba la lengua sacra del castrismo. Pero Sandro es violencia a secas. Y la violencia del Taiger se sublimó en su arte: sus canciones son el equivalente sigloveintiúnico de la mejor revista del idioma.

La lírica del Taiger es el imán que recogió los fragmentos de José Lezama Lima, moribundo en uno de aquellos hospitales habaneros de los 1970: la década de oro de la literatura cubana.

El obituario del Taiger, breve y en verso, es una parodia de William Blake. Dime por favor que no estás pensando en escribir poemas.

Nunca fui otra cosa que poeta. Mi narrativa ha sido un entrenamiento lingüístico in extremis. Más temprano que tarde publicaré un libro de poemas, a golpes de tres líneas por página. El horror cabe completo (de cabeza o de culo) dentro de la camisa de fuerza de un haiku.

“En ambos se articulaba la lengua sacra del castrismo”. ¿Qué hay de sacro en esa lengua que acabas de postular? ¿Crees que aún tiene cosas para decirnos?

No quisiera adelantarme a la singular sintaxis de la Delta Force. Hacer era la mejor manera de decir. Horror, honra.

Líneas arriba, también has dicho que tu próximo libro “será de un autor norteamericano, gracias a la autenticidad orgánica de la inteligencia artificial”. Cuéntame más. ¿Qué poética tienes en mente?

Saber desaparecer. Dejar actuar a un hombre y a una mujer que carga un perrito blanco, con un búho como testigo. Hacerlos avanzar hacia ti, dentro de un café abandonado de Nyack en la medianoche de la ribera occidental del Hudson, no lejos de Manhattan. Contar sus días allí, de vuelta de todo y ávidos de todo. Repasar el paraíso que junto a ellos hemos perdido tú y yo. Adentrarnos en el deseo y la debacle del apocalipsis que estamos habitando. Ponerte a pasar las páginas, sin que puedas parar. Después, decirnos adiós.

¿Qué estás leyendo actualmente?

Hasta esta impertinente pregunta no nos habíamos faltado el respeto. No entiendo la ridiculez de romper ese pacto entre patricios apátridas. Tú bien sabes que yo bien sé que tú bien sabes que desde que salí de Cuba ya no leo ni pinga.

Olvidos y obituarios se presenta esta misma semana, primero en Barcelona y luego en Madrid. ¿Qué esperas de ambas citas con amigos y lectores?

Espero un baño de masas. Como dijera nuestro apócrifo comandante en jefe: “Seré breve”.

En serio, será hermoso hablar en cubano de los cubanos para los cubanos.

¿Cómo es la comunidad de exiliados cubanos en España, en comparación con la de Estados Unidos?

En Estados Unidos cada palabra apunta directo al patíbulo. Nacer en La Yuma es un fiasco innombrable. Será emocionante ver a los nuestros en el corazón de la Madre Patria. Ser libres y locuaces, como cuando en Cuba escupíamos nuestras excomuniones en plena cara del castrismo.

Seguro que me enamoro de una muchacha de pie en la última fila. Ella encarna un futuro que no sea fósil, como el prometido en La Habana. Por el resto de la noche, actuaré solo para ella. Algún extranjero de paso por la Península me descubrirá y pensará: Shine OLPL crazy diamond.

Cuando todos se retiren a sus aposentos de alien con pasaporte prestado a refinanciar la deuda bancaria de sus “cuentas pigmeas”, según José Martí, yo, pegado a las persianas de la galería Haba Art Space o la librería Arenales, no gritaré “¡viva la patria!”, sino “¡no me dejen solo, hijos de puta!”.

No sé si en una de esas noches leerás algún fragmento del libro, porque yo no podré estar allí (te dejaré solo, hijo de puta). Por eso quisiera saber: si esa lectora de la última fila solo pudiera leer cinco textos de Olvidos y obituarios antes de irse a dormir, ¿cuáles le recomendarías? Danos tu top five.

1. “Despedida sin duelo”, por la odiosa sonrisa del Cardenal, que repudié antes y después de su partida a la siniestra del Señor.

2. “El académico cubano desaparecido” y “Una emisora para todos los momentos de la vida”, por postular la Edad de la Piedad entre los electrones que nos fugamos de la red cristalina de la Revolución.

3. “En defensa del Zanjón”, por aparecer referida (in absentia de su autor) en el periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba.

4. “Taiger, Taiger: luz que quema”, por la pena de un pobre muchacho a quien la cubanía como cadalso no le permitió levantar cabeza. Antes bien, se la descerrajó con un balazo entre ceja y ceja.

5. Ojalá que esa lectora de pie en la última fila me lea en voz alta “Ojalá que nos recuerdes en tu vejez con amor”, los dos tomados de la mano en el concierto de despedida de nuestra generación. ¿Cómo no había escuchado antes tu voz?

Si antes de bajar el telón, el columnista OLPL que aseguras haber dejado atrás tuviera que escribir hoy una última columna titulada “Cuba”, ¿sería un Olvido o un Obituario?

Un olvituario. Gracias por el neologismo. No será el primero ni el último que cuelas en mi vocubalario.

¿Algo más que quieras agregar, para los lectores de Rialta?

Dudo que nadie se haiga [sic] adentrado más de dos o tres párrafos en el pesebre prístino de nuestro Paradiso, pero sería más rentable literariamente que esta revista digital se llamase Eudoxia, en lugar de Rialta.

No me crean a mí: descarguen el PDF de la novela de José Lezama Lima y averigüen ustedes mismos por qué. Allí hay 20 000 personajes (los mismos 20 000 muertos de la Revolución de Fidel Castro, quien a su vez plagió la cifra de una novelita de ciencia ficción muy popular en Cuba) que son los huérfanos de nuestra insigne insania insular.

Esos 20 000 eudoxios exquisitos esperan por todos y cada uno de ustedes, los lectores de un siglo XXI (anagrama del XIX) que nunca llegó.

JORGE ENRIQUE LAGE
JORGE ENRIQUE LAGE
Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Graduado de Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona, carrera que intenta ejercer. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

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