De nuevo, a finales del 2025, estamos en un período fronterizo, disruptivo, seguramente constituyente, que disuelve el mundo a que nos habíamos acostumbrado y quiere instituir algo que no llegamos a comprender, que puede ser, pero que –sin duda– tiene en Donald Trump su heraldo más claro, contundente e indefinido.
En lo económico, productivo y político parece dejar atrás el postfordismo digital que conocimos a través de aquella palabra que nos sonaba mágica de Internet. Hoy se adentra en otra fórmula aún misteriosa y digna del vudú: Inteligencia Artificial, generativa en su versión ya presente o general en su versión plena, futura, desafiante pero inminente.
Lo que parece estar emergiendo –sea lo que sea– también supera el relativo ordenamiento neoliberal turboglobalizado que –por extraños vínculos históricos– se institucionalizó paralelamente al estreno en 1980 de la película Heaven’s Gate, dirigida y escrita por Michael Cimino. Se trata de una película de título maravilloso y muy ambiguo –puerta del cielo–, que nos va a servir de metáfora-guía en nuestra reflexión sobre los encantos, vaguedades y nostalgias de lo fronterizo, frente a las concreciones a veces brutales, las realidades tangibles y, por supuesto, los desencantos, resultantes cuando las cosas se constituyen en un orden histórico efectivo, como apuntó Hegel.
Los economistas nos dicen que los famosos 10 puntos del llamado Consenso de Washington, instituido en los años ochenta alrededores de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, eran precisamente la desregulación del orden económico-político keynesiano construido a finales de la Segunda Guerra Mundial a partir de los famosos Acuerdos de Bretton Woods.
El paso de lo fronterizo en permanente institución-destitución –entonces bélica– antes de 1944 en Bretton Woods, durante los años convulsos de 1989-1991 –afortunadamente sin que explotaran bombas atómicas ¡se acuerdan del temor!–, ahora mismo en el panorama abierto y muy complejo del agonizante año 2025, y en el film que nos parece premonitorio Heaven’s Gate, tienen en común una naturaleza coral que a todos parece incluir e implicar, pero que –por eso mismo– desconciertan. ¡Son demasiado complejos, multiformes y en rápida transformación!
Eso da un enorme valor a la película de Cimino, que es magnífica pero también uno de los más grandes fracasos de taquilla de la historia. Se diga lo que se diga, nadie quiere que el arte sea tan complejo y desorientador como la realidad que lucha entre lo fronterizo y los deseos de institucionalización. Pues al arte –¡y más al cine de masas!– le solemos pedir sentidos algo más claros y la guía del genio de su creador, aunque luego volvamos a descubrir la inacabable polivalencia del arte y la realidad.
Seguramente por eso, la mentalidad mainstream no quiso aceptar la compleja y sincera denuncia de Cimino de un vergonzoso conflicto real que se produjo cuando el territorio de frontera Wyoming se institucionalizó en 1890 como el último miembro y Estado en continuidad territorial de los Estados Unidos de América. Pues, Cimino presenta una versión muy crítica y diferente del sueño americano, denunciando que no siempre la evolución de los Estados Unidos fue la culminación de la libertad. En algunos momentos, resultó más un acto oligárquico y brutal que institucionaliza un american way of life que pone fin a la vital espontaneidad entre las personas bajo un espíritu fronterizo donde casi todo era posible.
Pues el Wyoming anterior a 1890 responde a los cánones del mito de la frontera y es diferente al far west hollywoodiano. En primer lugar, porqué Cimino rompe con uno de los mitos del legendario Oeste donde el héroe impone su ley de forma individual, “sólo ante el peligro” o como un llanero solitario. Aunque en Heaven’s Gate existe ese héroe armado, Jim Averill (Kris Kristofferson), que es Sheriff electo, todo lo demás es muy diferente.
Como se ve en el magnífico prólogo de celebración en 1870 de la primera cohorte de licenciados de la Universidad de Harvard, Jim y su mejor amigo –el cínico, borracho y lúcido Billy (John Hurt)– son miembros de las élites llamadas a “guiar la nación”. Veinte años después vuelven a encontrarse cuando la oligárquica Unión de Ganaderos de Wyoming decide contratar a 50 sicarios para ejecutar sumariamente y fuera de todo juicio a 125 personas acusadas de ser “cuatreros o anarquistas”. Jim y Billy coinciden en oponerse a esa decisión, pero, aun así, estarán en bandos opuestos.
Antes de descubrir esa brutal trama que amenaza su autoridad y la ley, Jim está atento sobre todo a una elegantísima calesa y su correspondiente pura sangre que son el regalo de cumpleaños para su amante Ella (Isabelle Huppert), la joven y vital líder de la empresa de prostitución más importante del condado. Para no echar a perder la celebración, Jim retrasa unas horas comunicar públicamente el terrible pogromo ganadero, gracias a lo cual podemos visualizar la ingenua alegría d Ella y de toda la variopinta comunidad en una celebración que rivaliza en apasionamiento con la mencionada de Harvard, a pesar de las muchas diferencias.
Cuando Jim da la trágica noticia, la fiesta deviene una improvisada asamblea y la comunidad se divide: unos pretenden huir, otros –que no están en la lista– piensan que pueden pactar con los ganaderos y otros quieren luchar, pero no saben cómo. Al principio y un tanto cobardemente, Jim sugiere emigrar a su amante, pero –como ésta no acepta dejar sus negocios, su vida y empezar de nuevo en otra parte– se emborracha solitariamente y quiere mantener una imposible neutralidad.
De hecho, la parte central de la película explica cómo Jim y los que no están en la lista de chivos expiatorios llegan a la conclusión de que no pueden situarse al margen de los acontecimientos, lo cual los convertiría en cómplices. Finalmente, la mayoría de los colonos indignados concluyen que no han dedicado tantos esfuerzos para rehacer sus vidas en el fronterizo nuevo mundo, para aceptar una institucionalización que nazca de las violencias y claudicaciones impuestas por la Unión ganadera. Como vemos, en lugar de privilegiar el héroe solitario, desarraigado y que está por encima de la comunidad, Heaven’s Gate es totalmente coral y muestra la multiplicidad social (muchas veces contradictoria) de un país formado por distintas oleadas de inmigrantes.
Finalmente, Jim por amor, pero también por amistad sincera y fascinado por el espíritu, ética y valentía de esa gente fronteriza, da un paso más, se compromete con Ella y Nate (Christopher Walken), y lidera la resistencia al complot que (con apoyo tácito del ejército y el presidente del gobierno federal) quiere poner fin al libérrimo espíritu de frontera que hasta ahora dominaba el condado.
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Analicemos ahora ese espacio vago que llamamos la frontera, que remite a una situación híbrida quizás cercana pero nunca idéntica con otras famosas fórmulas jurídico-políticas que pasamos a distinguir brevemente.
Pues la frontera no es ni estado de naturaleza ni estado civil y no lo es en ninguna de las versiones de Hobbes, Locke, Rousseau o Kant. Ya es un orden político-social, si bien todavía no plenamente institucionalizado; pero tampoco es un estado natural de guerra de todos contra todos. Aunque se caracteriza por el hecho de que todavía cualquiera puede intentar (bajo su propio riesgo) defender su visión del mundo.
Heaven’s Gate se opone claramente a un Leviathan hobbesiano como el que quiere construir la Unión de Ganaderos, pero también muestra la necesidad de la gente de ir más allá del carácter caótico, informal y sorprendentemente inclusivo de la frontera. También, apunta los límites de una sociedad donde todo el mundo tan solo se representa a sí mismo.
Por otra parte, la frontera es una mezcla muy inestable de los tres niveles del espíritu en Hegel: el subjetivo (lo psicológico y antropológico), el objetivo (ya institucionalizado en familias, sociedad civil, moralidad y un incipiente Estado) y el espíritu absoluto (arte, religión y filosofía como expresión de la mentalidad compartida de la gente). Significativamente, Jim, Nate y Ella suman inestablemente esos tres complejísimos niveles: el espíritu subjetivo por los vínculos afectivo-psicológicos que los unen, pero también la eticidad objetiva que de alguna manera ostentan, pues Jim es un líder electo, mientras Nate es el contratado por los ganaderos para castigar los robos y, juntos, ejercen un cierto monopolio del poder coercitivo.
Por otra parte, Ella es la jefa del prostíbulo, que es el principal negocio en esa pequeña sociedad civil y –además– también quiere institucionalizarse y proclama que se casará con Jim o Nate. Este es el primero en pedírselo ante la indecisión de Jim que, no obstante, termina superando su pasividad, mantiene la amistad con ambos y se compromete con el conflicto que vive su querido mundo fronterizo.
Como vemos, el espíritu de la frontera ya se tambaleaba antes de la intervención de la Unión de Ganaderos y la trama levanta acta de su fin definitivo cuando el ejercito de los EEUU salva a los asesinos de la Unión de Ganaderos de la venganza en defensa propia de la población que –jugándose la vida– los ha acorralado a tiros. Ahora bien, incluso en ese momento limítrofe de un espíritu agonizante de frontera, no estamos todavía ante un Estado que –en términos marxistas– sea el legitimador y servidor de la clase hegemónica en un modo de producción y estadio histórico de la lucha de clases.
Vemos pues que la frontera civilizacional es ya una compleja bios humana que, todavía, no ha roto sus lazos con la zoe animal y biológica. Es cierto que en la frontera los individuos viven muy cerca de la nuda vida que, según Agamben, carece de los derechos fundamentales y civiles de que gozamos habitualmente. Por eso la frontera no es ninguna situación idílica y, como ejemplo destacado de esto, presenciamos en Heaven’s Gate como algunos presuntos ladrones de ganado son brutalmente ajusticiados in situ, sin juicio legal y sin posibilidad de apelación por Nate, que actúa a la vez como policía, juez y verdugo.
Sobre todo, la frontera es un estadio donde el poder constituyente persiste y es ejercido en la vida cotidiana; se está constituyendo y reconstituyendo continuamente sin fosilizarse en ningún poder plenamente definido y que –en adelante– muy difícilmente se podrá transformar en profundidad si no media alguna revolución.
Nos parece muy significativo que, en Heaven’s Gate, el momento decisivo ocurre cuando se moviliza la práctica totalidad de los ciudadanos del condado: después de haber tenido largas dudas divisivas, los que no están en la lista de los 125 a asesinar, deciden oponerse al pogromo ilegal promovido por la Unión de Ganaderos. Han llegado a la convicción de que, como ciudadanos, no pueden permitir que una pequeña pero poderosa oligarquía imponga violentamente su poder constituyente particular, impidiendo el poder constituyente del conjunto.
Pues, si eso se acepta una sola vez, se ha establecido un poder constituido que entroniza de facto a una minoría en tanto que soberano o leviathan hobbesiano y, a partir de ese momento, los que eran humanos libres han devenido inevitablemente súbditos por siempre más. Pues han renunciado a su propio poder soberano y democrático.
A pesar de sus muy distintos proyectos personales, el friso multicultural y de clase de Heaven’s Gate finalmente evita perderse en el variopinto libertinaje particular e informal de la frontera, para asumir que -si ha llegado el momento de dar a Wyoming una mayor institucionalidad, esta tiene que constituirse con el máximo consenso y sin asumir hechos consolidados tan drásticos como la caza de chivos expiatorios generada por la Unión de Ganaderos y sus sicarios.
Por tanto, el momento culminante del espíritu de la frontera que recoge Heaven’s Gate es la defensa a vida o muerte del poder constituyente de la población. Ese acto soberano, lamentablemente, es truncado porque –para desesperación de Jim y los resistentes– el ejército llega para evitar la completa victoria y venganza popular en contra de los sicarios agresores, provocando que la institucionalización de Wyoming como nuevo estado no sea la mejor posible.
El fin de la frontera es subrayado como la breve visualización de los cuerpos violados y muertos de las prostitutas, también los asesinatos de Nate, Ella (que significativamente ha decidido vestirse de novia) y de muchos de los que lucharon contra unos sicarios muy superiores en número y armamento. Incluso Bill muere, pues sus lúcidas y cínicas críticas no gustan al líder de los sicarios, pero sorprendentemente sobrevive Jim, sugiriendo que había órdenes de no matarlo, tanto por el cargo oficial que ostentaba como quizás por un cierto prurito de clase.
Finalmente, en el breve epílogo del film, vemos bastantes años después a Jim en su lujoso yate, aprovechando la migraña de su linda esposa para recordar nostálgicamente la pérdida irreparable del espíritu libérrimo de la frontera, de Ella y del entusiasmo que vivió en el edificio eternamente a medio construir de Heaven’s Gate. A cambio, se ha cumplido un cierto ideal de progreso histórico, pero con costes importantes que Michael Cimino canta con tristeza. Cuando lo fronterizo se institucionaliza solo lo hace uno de sus mundos posibles.
Y eso nos lleva de nuevo a nuestro presente 2025 y a nuestra atribulada condición de turbohumanos. Pues nos están pasando a la vez tantas cosas y tan aceleradas que corremos como patos descabezados sin saber hacia donde. Sentimos tambalearse nuestro mundo reciente y lo experimentamos más fronterizo que nunca, pero sin saber hacia donde va y qué –en él– es trinchera de lo nuevo en transformación o retaguardia segura, sólida y permanente.
Supongo que así se sentía el nostálgico y heroico a su pesar Jim, al final de Heaven’s Gate, habiendo sustituido al continental, conflictivo y emergente Wyoming por el rumbo seguro de su yate en el mar de Massachusetts, a la vitalmente temperamental Ella por su lánguida y jaquecosa esposa, y lo convulsivamente fronterizo del pasado por el presente aburridamente instituido. Veamos pues lo que nos depara el 2026 y si ¿por fin? vamos a aburrirnos o permaneceremos en el desconcierto coral donde lo nuevo todavía no ha nacido y lo ya muerto se resiste monstruosamente a desaparecer.



