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Maduro, Trump, alegrías y militancias. Un comentario a un artículo de Hilda Landrove

Si ahora Trump “recupera” todo, “las tierras, las instalaciones, el petróleo”, y para garantizarlo establece (como ha prometido) un protectorado, se empobrecerá a la sociedad venezolana del futuro, y se cerrarán espacios para la democracia y la participación ciudadana en un escenario político constreñido.

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Acabo de leer un artículo de Hilda Landrove sobre Venezuela. No conozco personalmente a Hilda, pero sí lo suficiente de leídas como para admirarla como intelectual pública, es decir de las que escribe buenas cosas y sale al ruedo a discutirlas. El artículo que comento, y por ello lo comento, es otra muestra de su robusto pensamiento.

Solo con el buen propósito de agregar un poco de juicios complejos a una situación que lo merece, empiezo por confesar mi decepción con su primer párrafo, en que las reacciones sobre lo que acaba de suceder en Venezuela se remiten a un dilema entre la “alegría de los venezolanos”, de la que ella participa, y “una reacción indignada y militante” que remite varias veces a una actitud antimperialista. Es decir, que para Hilda la aprobación es sincera y sale del corazón. La indignación, en cambio, se rige por la militancia, y en consecuencia medra en los espacios menos empáticos de la ideología.

Es una valoración inexacta. Todos merodeamos las ideologías y sus militancias. Ayer pasé por el centro de Santiago y me encontré un grupo de varias decenas de personas venezolanas festejando. Había varias banderas (también cubanas) y algunos carteles. Estos aludían a Maduro y agradecían a Trump, pero también clamaban contra “el comunismo”, y dos de ellos hacían alusión alegre al término del gobierno de izquierda de Boric (uno rezaba “Good Bye, Boric”), un dato paradójico pues este gobierno ha mantenido siempre una posición muy firme contra la dictadura venezolana y ha practicado políticas en favor de los inmigrantes a contrapelo de las presiones de la derecha. Un fogoso joven, con un megáfono y una trompeta, deslizaba consignas de apoyo al presidente de la ultraderecha recién elegido, por el que los migrantes venezolanos votaron masivamente. ¿Alegría aséptica?

Permítanme, entonces, fijar mis posiciones, algunas de las cuales de seguro Hilda compartirá, y otras no, lo que es parte del ejercicio intelectual: la discrepancia y el debate.

Nicolás Maduro fue un heredero desposeído de Hugo Chávez. No contó a su favor con la astucia política, el carisma y los inmensos recursos económicos de su mentor. Chávez manejaba a los militares a su antojo, Maduro fue una marioneta de ellos. En medio de apariciones públicas francamente ridículas, desangró la economía del país, lanzó al destierro económico a millones de sus compatriotas, fomentó el enriquecimiento doloso de un círculo de allegados y reprimió cualquier intento democrático de reemplazo. Y lo hizo todo a nombre del socialismo, lo que lo convirtió –junto a Ortega y a la dupla Castro/Díaz-Canel- en un eficaz promotor del anticomunismo en América Latina. Fue un sujeto sencillamente desastrado. Por eso me alegré de su final, y confieso que me reí cuando lo vi caminando por un pasillo de la DEA con un extraño sombrero de tres picos.

Pero nada de ello justifica la agresión militar norteamericana. Por varias razones.

En primer lugar, porque existe algo que se llama derecho internacional. Ese derecho establece un equilibrio basado en las soberanías nacionales. Es un equilibrio inestable, vetusto e hipócrita en muchos sentidos, pero el único que consigue fijar normas en un sistema mundial desvencijado, pero sin sustitutos creíbles.

Trump, errático, ignorante y acompañado de un equipo de halcones histéricos, ha devenido un violador contumaz del derecho internacional. Y lo puede seguir haciendo, un ejemplo de lo cual fue la reciente acusación a Gustavo Petro –un presidente electo democráticamente– de narcotraficante. Dejar la interpretación del derecho internacional a merced de la oficina oval, es negar ese derecho.

Y en este punto, anoto una discrepancia con Hilda: siempre existe una tensión entre la soberanía popular/ciudadana y la nacional/estatal. Pero no son separables, pues en las actuales situaciones históricas, los estados nacionales son los vectores principales de la política y de la gestión pública. Si estos últimos no tienen capacidades decisorias efectivas –no importa ahora sus signos políticos/ideológicos– la voluntad popular no tiene forma de acceder y participar en esa gestión pública. Por ejemplo, para acercarnos a lo que discutimos, con la nacionalización del petróleo en 1976, el Estado venezolano accedió a recursos que le permitieron (en medio de la corrupción galopante que siempre le caracterizó) políticas sociales de inclusión como nunca antes, lo que lubricó el funcionamiento democrático. Si ahora Trump “recupera” todo, “las tierras, las instalaciones, el petróleo”, y para garantizarlo establece (como ha prometido) un protectorado, se empobrecerá a la sociedad venezolana del futuro, y se cerrarán espacios para la democracia y la participación ciudadana en un escenario político constreñido. Este es un escenario en que la alegría merece ser matizada.

El segundo punto que quiero hacer tiene un toque axiológico, porque esta injerencia saca a la luz la parcialización moral de la política norteamericana. Maduro es un ser despreciable, pero no más que un asesino de multitudes como Netanyahu, un maniático de la represión como Bukele, un narcotraficante convicto como Orlando Hernández, un descuartizador de opositores como Bin Salmán o un persecutor de homosexuales como Orbán, todos los cuales son aliados predilectos de la actual administración norteamericana. Maduro fue corrupto, pero Milei lo es de manera despampanante, y Trump lo sostiene y apoya. Lo que hace a Maduro inaceptable para Trump y sus acólitos no son los encarcelamientos de opositores, la corrupción, los escamoteos electorales o sus posibles vínculos con el narcotráfico. Trump, Marco Rubio y Vance pueden vivir con eso. Lo que lo convierte en alimento para lo que la fiscal general definió –con lenguaje propio de un predicador de Tombstone– como “la furia total de la justicia norteamericana”, es haber buscado cobijo con actores internacionales de otros ejes –Rusia, China, Irán– y haber ofrecido el petróleo para conseguirlo. Y en consecuencia haber desafiado la hegemonía norteamericana. Esto, en puros términos de realismo político.

En tercer lugar, porque el uso de la fuerza en las relaciones internacionales ha sido un recurso muy usual en la política hemisférica norteamericana. Y la historia demuestra que sus resultados finales no han estado a la altura de sus justificaciones altruistas. Esto ha sido particularmente dramático en su política hacia la cuenca del Caribe, a la que Washington considera su patio trasero. Estados Unidos ha invadido y ocupado por muchos años a países como Cuba, Puerto Rico, Haití, República Dominicana, Granada, Nicaragua, México y Panamá. En este último país ensayó por primera vez el secuestro de un gobernante en ejercicio, ciertamente un ser impresentable llamado Manuel Noriega, pero entre cuyas acciones infamantes estuvo haber colaborado activamente como informante de la CIA por más de un lustro. Estados Unidos ha sido también un activo injerencista en América del Sur. El Plan Cóndor y los golpes de Estado que le sirvieron de escenario son un ejemplo, pero también lo es la manera como acudió en ayuda del gobierno de Milei en momentos en que hacía aguas y enfrentaba unas elecciones que se anunciaban desfavorables. O cómo obligó a las repúblicas centroamericanas a aceptar deportados de todas las latitudes. En ninguno de estos casos, las injerencias político/militares buscaron la democracia o el saneamiento moral, sino sumisión política y recursos económicos.

Y nada indica que la intervención en Venezuela sea una excepción. De hecho, está buscando estabilizar el país usando las mismas instituciones aborrecibles, corruptas y represivas que sostuvieron a Maduro: el ejército (cuya complicidad fue evidente en la captura de Maduro), las pandillas de los colectivos y los intermediarios de PDVSA. A Machado la humilló públicamente, enrostrándole que no la respetan en Venezuela (un desquite infantil por el Nobel). Y al pobre Edmundo, ni se le menciona.

Mientras, como Hilda, celebro que los venezolanos/as estén felices y alegres. La vida es una sola y hay que vivirla en cada momento. Ojalá les dure la alegría para afrontar, sonrientes, un escenario que seguramente será más difícil que lo que imaginaba el chico fogoso del megáfono en la plaza de armas de Santiago de Chile.

Santiago de Chile, 4 de enero, 2026

HAROLDO DILLA
HAROLDO DILLA
Haroldo Dilla (La Habana, 1952). Sociólogo. Entre 1980 y 1998, fue investigador y director de estudios latinoamericanos del Centro de Estudios sobre América en La Habana. Es profesor titular del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Arturo Prat de Santiago de Chile.

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