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‘Si no ardemos, cómo iluminar la noche’. Entrevista a la cineasta Kim Torres

La cineasta costarricense Kim Torres conversa sobre su ópera prima, un filme que explora cómo se experimenta la violencia desde el umbral entre la infancia y la adultez.

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Si no ardemos, cómo iluminar la noche (2025), el primer largometraje de la cineasta costarricense Kim Torres (1993), transcurre en El Silencio, un pueblo rural donde muchos habitantes padecen una extraña enfermedad del sueño. Quienes se cruzan con la bestia que habita en el río terminan sumidos en una suerte de narcolepsia colectiva.

Estas secuencias me hicieron pensar en la siesta introductoria de Los basiliscos (1963), la ópera prima de Lina Wertmüller, y en algún episodio de Cien años de soledad. En efecto, el filme se sitúa entre dos aguas que podrían resultarnos demasiado familiares, pero que su autora consigue evitar: la corriente del realismo mágico y la de un estilizado costumbrismo.

A través de los ojos de Laura, una adolescente que se muda al pueblo junto a su madre y su hermano, Torres reflexiona sobre el poder de las historias, sus potencias y riesgos inherentes para generar un tejido social. Los relatos que circulan en Si no ardemos… a veces logran transmitir belleza y conocimiento, mientras que en otras ocasiones perpetúan equívocos y estructuras de dominación.

Estrenada mundialmente en la sección New Directors del más reciente Festival de San Sebastián, la película confirma el talento y la sensibilidad de esta joven directora, tras una brillante carrera como cortometrajista, reconocida en espacios como Cannes y Locarno. Poco antes de que su película se estrenase en Cuba, en el concurso de óperas primas del Festival de La Habana el pasado diciembre, conversé con Kim Torres sobre su proceso creativo.

Quería comenzar preguntándote por la necesidad de hacer esta película. ¿Recuerdas el primer impulso o deseo? ¿Hubo una imagen, sensación o experiencia concreta que dio origen al proceso creativo?

Hay una imagen particular, que de alguna forma evolucionó hasta convertirse en un eje central de la peli. Y es que, cuando tenía 9 años, me iba a un río con la hija de la pareja de mi madre de aquel entonces. Ambas teníamos la misma edad. Normalmente nos adentrábamos en el monte sin miedo a perdernos, a descubrir lugares que no conocíamos, sin entender los peligros que eso pudiese implicar. Pero un día que nos bañábamos en el río, recuerdo haber visto una figura –más como una sombra entre los árboles– que nos miraba en una especie de trance. La sensación, como el recuerdo, era borrosa, pues no entendía bien si aquello que veía era un humano o algún otro ser. Esa sensación entre humana y monstruosa que me generó un hombre que se masturbaba mientras nos miraba fue un punto de partida para explorar todas las capas que eso conlleva.

¿Qué vínculos percibes entre Si no ardemos… y tus cortos anteriores? ¿Qué exploraciones estéticas o temáticas sientes que se prolongan, se profundizan o se transforman en este paso al largometraje?

Creo que algo que atraviesa profundamente mi trabajo es el acercamiento al mundo de las infancias. Alguna vez alguien me dijo que percibía a les niñes en mis pelis como seres muy “maduros” y me hizo reflexionar al respecto. Creo que desde mi propia experiencia me tocó ser una niña muy madura y eso no necesariamente excluye la magia de la infancia, sino que me permite verles como almas viejas también, como personas sabias y perspicaces que quizás están más conectadas con un mundo no visible que me interesa explorar.

Creo que algo que también se prolonga a este largometraje es un intento por construir una realidad que existe un poco al margen del “realismo” o incluso del “realismo mágico”. Son mundos levemente desajustados y alterados que, a través de este juego, me permiten profundizar en preguntas que nos atraviesan a todes desde un terreno que encuentro más fértil para la creatividad. Son mundos con un desfase emocional, una melancolía latente, pero donde existe, al mismo tiempo, una búsqueda constante de la luz.

Hay siempre en tus películas una relación profunda con el territorio. En este caso, ¿qué vínculo personal o afectivo tenías con los espacios donde rodaste? ¿Qué papel jugó el paisaje en la construcción de la historia, los personajes y la atmósfera del filme?

Para mí, un territorio guarda una historia que trasciende nuestra percepción de la realidad. Cada uno es un espacio vivo y en constante movimiento.

Inicialmente íbamos a grabar en Quepos, el lugar donde vivo y de donde es originaria mi familia materna, en el Pacífico Central de Costa Rica. Sin embargo, por razones del destino terminamos filmando a un par de horas de ahí, en el Pacífico Sur, específicamente en los pueblos de Sierpe y Palmar Norte. Esta zona se parece mucho a Quepos, pero es como si fuera Quepos hace cincuenta años, aislado en el tiempo, con los fantasmas de un agresivo enclave bananero y hoy en día acaparado por el monocultivo de la palma. Escenarios que han sido testigos de una violencia interseccional.

Al mismo tiempo, es un lugar con una fuerte presencia mística, donde la flora y la fauna son exuberantes y donde culturas originarias fabricaron esferas de piedra, enigmáticas y enormes, que aún se pueden encontrar en todas las esquinas y parques del pueblo. Esta mezcla de la energía propia del lugar jugó un papel crucial a la hora de contar esta historia, pues era importante crear un espacio que fuera fascinante y que, a la vez, guardara una oscuridad, como un portal o herida abierta entre sus bosques.

¿Cómo fue el proceso de casting y de trabajo con el elenco, en especial con las actrices y actores más jóvenes? ¿Qué estrategias usaste para relacionarlos en escena con intérpretes de más experiencia? Pienso, por ejemplo, en Teresa Sánchez.

Poder trabajar con la directora de casting y coach actoral Kim Picado fue de las experiencias más llenas de magia y aprendizaje en el proceso de hacer la película. Hicimos un casting muy detallado y profundo en donde exploramos diversos caminos para encontrar a nuestros actores y actrices. Organizamos talleres para niñes, adolescentes y adultos en zonas costeras del país, además de un llamado abierto.

Con el elenco, tuvimos la oportunidad de explorar a los personajes en los ensayos y poder crear vínculos reales entre ellos, en un diálogo vivo con el guion, que se reescribía constantemente. Trabajar con actrices jóvenes nos puso a todo el equipo en una sintonía muy especial, un ambiente de juego y empatía, de cuidado y diversión. Creo que todos queríamos ser nuestra mejor versión, cuidándonos mutuamente y generando ese espacio donde las chicas pudieran darse el chance de explorar sintiéndose en confianza y seguras.

Pienso que el trabajo con intérpretes profesionales tan maravillosos como Teresita Sánchez, Michelle Mima Jones y Juan Luis Araya fue crucial para poder crear ese espacio fértil para quienes era su primera experiencia actuando. Las profesionales eran un puente entre la dirección y las más pequeñas, con una complicidad y conocimiento profundo del lenguaje cinematográfico. A nivel de puesta en escena, también nos adaptamos y ofrecimos a las actrices la mayor flexibilidad para desenvolverse en escena.

En tu cine existe una tensión entre el naturalismo y ciertas formas de lo fantástico, que aquí se despliega para cuestionar la violencia y la opresión sobre los cuerpos femeninos. ¿Por qué te interesa abordar estas cuestiones desde lo que se conoce como “cine de género”? ¿De qué forma concebiste la presencia de “lo monstruoso” en tu película?

Creciendo, recuerdo sentir mucha ambigüedad respecto a la violencia que me rodeaba. Muchas cosas que viví y presencié de cerca empezaron a cobrar sentido muchos años después. Creo que cuando estás empezando a experimentar la complejidad del mundo en que vivimos, hay mucho de ello que sigue existiendo en un territorio abstracto. Toca unir los puntos, llegar a nuestras propias conclusiones, que no siempre son compartidas por quienes nos rodean.

En esta peli quise explorar cómo se ve y se siente esa violencia cuando no necesariamente la podemos ver en su totalidad. Cómo la experimenta alguien que está en ese umbral entre la infancia y la adultez. El “género” entró de forma natural, recordando las historias terroríficas que nos rodeaban creciendo en Latinoamérica. Las historias que nos contaban nuestras abuelitas que ocultaban y normalizaban todo tipo de violencias en relatos más fantásticos. De alguna forma, la película hace homenaje a esas fábulas oscuras y construye un tono particular que encuentra su lugar en esa dimensión.

Hay en Si no ardemos… una fuerte presencia de formas de culto y superstición. Los espacios donde esto sucede están filmados de forma empática, como lugares donde es posible crear comunidad y encontrar protección. Al mismo tiempo, la película sugiere que estas creencias operan como velos frente a violencias reales y sistémicas. ¿Cómo abordaste esta tensión de la religiosidad como refugio y como forma de control?

Aunque no tuve una formación religiosa, y durante muchos años me resistí a lo que representaba, con el tiempo he comenzado a complejizar mi relación con el tema. Más desde un lugar de curiosidad sobre la historia y a partir de un desarrollo espiritual personal, sin nombres ni estructuras. Existir es una cosa enorme, a mi parecer. Un largo encadenamiento interespecie.

Creo que los espacios de culto han tenido un rol importante en nuestro desarrollo como especie, creando lazos comunitarios y vínculos genuinos. Sin embargo, esa dualidad que representan, con su represión y violencia estructural, creo que de alguna manera engloba la experiencia de crecer en Costa Rica, el único país en América Latina que mantiene un estatus de estado confesional.

Es un país en donde la derecha ha ido cobrando más fuerza a través de discursos religiosos que incitan al odio y la represión de toda disidencia. En la peli intentamos crear espacios en donde ambos mundos pudieran colisionar, cuestionándonos qué pasa cuando la disidencia también está inmersa en un contexto social religioso o conservador.

¿Cómo ha sido la recepción de Si no ardemos… desde su estreno en San Sebastián? ¿Qué tipo de diálogo has podido establecer con las distintas audiencias?

Creo que la peli propone un diálogo con la audiencia que requiere de paciencia e introspección. Tiene un ritmo suave e invita a los espectadores a participar activamente de la historia, imaginando lo que ocurre fuera de escena y acompañando el viaje de la protagonista, quien no maneja toda la información. Este terreno, que explora la sutileza para hablar del dolor y la opresión sistémica sobre ciertos cuerpos, ha sido en gran parte el diálogo que se ha abierto con la audiencia. Reflexiones acerca de cómo se siente la violencia en el cuerpo, más allá de cómo se racionaliza o explica.

Apenas comienza el viaje de la película, pero ha sido muy interesante ver cómo la reciben en diferentes latitudes y contextos tan distintos entre sí. En México, por ejemplo, me tomó por sorpresa que el público apreciara una aproximación sin violencia explícita a temas que han sido ampliamente retratados de forma cruda y, en ocasiones, revictimizante en el cine mexicano.

Es hermoso poder llegar hasta este punto de exhibir una obra después de tanto esfuerzo colectivo. Me siento muy agradecida. También es un ejercicio importante el de soltar y dejar que cada quien experimente su propia versión de la película.

JOSÉ LUIS APARICIO
JOSÉ LUIS APARICIO
José Luis Aparicio Ferrera (Cuba, 1994). Cineasta, crítico y curador independiente. Ha dirigido los cortos de ficción Tundra (2021) y El secadero (2019), así como el documental Sueños al pairo (2020). Sus películas han sido seleccionadas por festivales como Sundance, Locarno, Raindance, Miami y BAFICI. Tundra fue premiado en Fantaspoa, el New Jersey International Film Festival, el NYC Independent Film Festival y el Seattle Latino Film Festival. En 2022 fue invitado al programa Locarno Open Doors y recibió uno de los Prince Claus Seed Awards. Actualmente desarrolla su primer largometraje, El mar, proyecto seleccionado por las Residencias Academia de Cine de España. En el marco de la documenta fifteen de Kassel, comisarió Tierra sin Imágenes, la mayor retrospectiva del cine independiente cubano realizada hasta la fecha. Es director artístico del Festival de Cine INSTAR y coeditor de la revista anual de cine Fantasma Material.

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