Juega. Se divierte con la pintura. Como el gato con el ratón o la bola de estambre. No la toma en serio. Se comporta distinto que un médico frente a una enfermedad mortal, o que un juez frente a un delito grave. Sabe que mientras pinta nadie corre peligro y aprovecha al máximo ese lujo. No se preocupa. Ni antes ni durante el proceso de pintar. Como en los placeres del amor, sabe que puede correr todos los riesgos. Y los corre. Deja que la pintura haga sencillamente lo que quiera. Que sea ella misma. Y la sigue. No la obliga a ponerse estos zapatos o aquella camisa. Ni la enseña a saludar o a dirigirse correctamente al público. No se atiene a modales, ni a modas. No cuenta con nadie para hacer lo que tiene que hacer. En eso se comporta también muy distinto a muchos artistas frente a la fama, la posteridad, la crítica, el compromiso social o el dinero. No se pone solemne, ni ansioso, ni envidioso. Cuando pinta, pinta. Solamente. Pinta pensando en la pintura. Lo que tiene que ver con este cuadro, con la terminación de este cuadro es lo único que importa. Todo lo demás puede esperar. No finge que está haciendo algo importante: una obra de arte, por ejemplo. La hace. Y punto. Por puro placer. Para él mismo. Por eso es una obra de arte.
Utiliza lo que cualquier artista. Un lápiz, un pincel, una pluma, tinta, óleo, pastel. Y telas, papeles. Aguarrás. Trapos. A veces unas tijeras. Goma de pegar. Y las manos. Los dedos. Los ojos (los de la cara y los del corazón). Y con eso pinta, dibuja, graba, hace collages, escribe. Como las famosas cuchillas suizas, tiene dentro de sí todos los instrumentos. Sólo necesita abrirse por uno u otro lado para ejecutar lo que quiere en cada momento. Y así y todo siempre tiene tiempo para conversar, para hacer bromas, para reírse, para contar algún episodio de su larga y emocionante vida. Tiempo para la amistad y desde luego, para el amor. Tiempo para olvidarse del arte y ser un ser humano extraordinariamente normal. Tiempo para vivir, sin lo cual de nada valen todos los instrumentos, ni siquiera la más completa de las cuchillas suizas.
Libre. Ah, eso sí. No se siente atado a lo que ha hecho, por muy bien que lo haya hecho, que en arte es la peor de las esclavitudes. Ni siente la ansiedad de que algo le faltó por hacer. No mira hacia atrás. (Lo que hizo, hecho está.) Ni a los lados. (Qué le importa lo que tú estás haciendo.) Mira hacia adelante pero sólo para no tropezar: no husmea en el futuro con un telescopio. El Tiempo no cuenta. Su reloj se halla parado en el presente. Quieto. En cada cuadro, en cada dibujo, en cada instante, puede vivir tranquilamente el tiempo de la eternidad.
Ingenuo. Pero en arte la ingenuidad es una virtud. Ninguna escuela puso dentro de su espíritu nada que no estuviera ahí. Lo que aprende lo olvida al instante, para comenzar desde la A, desde cero. Cada cuadro, cada dibujo, es siempre el pizarrón de la escuela, el examen. Por eso se asombra cuando alguien le dice Maestro. Porque está acostumbrado a aprender más que a enseñar. Su sabiduría nada tiene que ver con la tonta acumulación de conocimientos, de experiencias. Quizás todo lo contrario. Desconfía de sus conocimientos, de su experiencia: pueden traicionarlo, repetirle la aburrida lección del papagayo. Ante el olor de la Academia –de cualquier academia– corre despavorido como frente al azufre del Demonio. No aprende: sabe. Porque olvida, porque hace tabla rasa. Frente al blanco del papel o la tela, su espíritu se vuelve también blanco, vacío.
O.K. Eso escribió o pintó sobre una cartulina hace unos años. ¿Quiso decir que estaba bien así?, ¿que no era necesario nada más? Probablemente. De cualquier manera, no había mucho en aquella cartulina. Sólo pintura. Y esas letras. Quizás alguna forma simple (¿una bota?). Pero había que parar, frenar en seco, detenerse. Ya era suficiente. Quizás demasiado. La mayoría de los pintores sigue de largo sin notar la señal.
Garabatos: lo más difícil. Sólo unos puntos negros y unas rayas sobre un pedazo de papel. Una mancha que no. O un borrón sin. A veces algo que parece. Pero no. Nunca. O casi nunca. Es siempre nada. Y todo está allí. O debe estar allí. Lo esencial. Si no lo ves, no culpes al pintor. Mira para otro sitio. El mundo está lleno de cosas que sí. De cosas con.
Infantil. Hace diez años lo acompañé a una galería subterránea en San Antonio de los Baños donde se exhibían dibujos infantiles. “Mira esto, –me dijo asombrado– esto es casi imposible de hacer. Por más que un pintor intente nunca podrá lograrlo”. Se trataba de un simple bombillo dibujado con la punta del lápiz en el centro de una cartulina blanca. Nada más. Cuando salimos a la superficie, me tendió la mano para cruzar la calle. Llevaba pantalones cortos y un montón de tizas de colores en cada bolsillo.
Recorre un camino y luego cambia de rumbo. A veces bruscamente. Sin la menor vacilación. Pero también sin la menor deliberación. No busca nada. No pinta ni dibuja para investigar nada. Ni mucho menos para demostrar una tesis. No le importa ser moderno o antiguo. No averigua si alguien ha pasado antes por ahí o es un camino nuevo. Parte de cualquier punto y sigue. Si es un camino nuevo, mejor. No importa que sea menos seguro o menos atractivo que los anteriores. Es simplemente otro. Y siempre es mejor otro que el mismo. Cambia. No se halla interesado en repetir este o aquel recurso para lograr una unidad de estilo, ni para parecerse a sí mismo. Es Uno y Otro. No se hace trampas. Llega hasta donde quiere y se detiene. No está obligado a encontrar un final. Puede seguir o regresar más tarde –en diez años o en cincuenta– al mismo sitio, como se vuelve siempre a los lugares que uno ama. Hace hoy unos pequeños garabatos en tinta negra y mañana medio centenar de magníficas mujeres desnudas. O un sorpresivo pájaro. O un caballo. Y de nuevo unas manchas o uno de esos cuadrados aéreos, vibrantes y blandos que hacen que toda la geometría parezca militar, burocrática. No nota ninguna diferencia entre abstracción y figuración. Sabe que no la hay. Todo es pintura. Y mientras pinta nadie lo está mirando. Ni el Arte, ni los Estilos, ni la Pintura Cubana, ni la Historia, ni la Cultura. No siente ningún reclamo. Por eso puede hacer lo que quiere. Está solo. Va y viene. Sin metas. Lo ha dicho: es su jefe. Solo olvidándose de toda recompensa puede uno alcanzar su propia jefatura.
Orden natural. Los colores, las formas, las figuras, las cosas que se hallan en sus cuadros, no están allí obligadas, forzadas por la voluntad del pintor. Ni siquiera están donde él las puso. Parecen haberse colocado ellas mismas sin el auxilio del pintor. Lo que otros llaman composición, equilibrio, armonía, aquí es solo una simple manera de estar, de acomodarse para pasar la noche. Nunca notamos –aunque exista– ningún esfuerzo por ordenar, por componer. No hay ninguna violencia, ninguna autoridad dentro de su pintura. Aún en aquellas obras de apariencia caótica, incontrolada, siempre reina la misma felicidad formal, el mismo orden. Como un buen director de orquesta, solo ha tenido que alzar un poco la batuta para lograr el silencio o la música.
No parece tener ninguna de las llamadas “obras maestras” que tanto facilitan el trabajo de los antologadores y que resultan tan didácticas para el público medio. Aunque probablemente todas sus obras sean obras maestras, nos referimos a ellas de manera genérica: una abstracción, una mujer, un barbudo, jamás decimos el Retrato de María del 94 o la serie de La noche azul. Nunca se ha preocupado mucho por ese recurso. Y esto quizás le ha limitado el acceso a cierta popularidad (casi siempre barata pero satisfactoria), que se funda no tanto en los valores intrínsecos de la obra, como en sus rasgos sobresalientes, típicos, “caricaturescos”, que son los verdaderos ingredientes de las “obras maestras”. Aunque hubo un tiempo en que sintió el deseo de identificar sus visiones, en realidad no podemos recordar con exactitud ninguno de sus cuadros. Los vemos como una unidad, como un todo. Ninguno puede situarse por encima de otro. No hay cuadros permanentes, estáticos. Hay como una ausencia de intensidad, de énfasis que pone en duda el valor y la necesidad de cualquier jerarquía. Todo es necesario. Todo es importante. Un dibujo de veinte centímetros y una tela de dos metros. Al evitar los datos de identificación, de reconocimiento: los títulos, las fechas, y cualquier alarde técnico, o temático, no podemos reconocer el qué, ni el cuándo, ni el cuál. Solo nos queda –siempre que no se le olvide el detalle de la firma– el quién.
Abstracto. Como las emociones. O los pensamientos. O la música. O los ruidos. O el perfume. O el aire. O el humo. O la luz. Que no podemos tocar, atrapar, retener, y que sin embargo poseen un valor y un significado para nuestra existencia, como pueden tenerlo un pedazo de pan, un rostro, una fruta, una silla. Su pintura es abstracta siempre, aún mostrando figuras. Porque toda verdadera pintura lo es. Las peripecias y ajetreos de la imagen no alteran lo esencial de todo hecho pictórico: ser pintura. Y lo mismo vale para el dibujo. Ambas son siempre eso, lenguajes de lo invisible.
La Habana, octubre de 1995







