Después de la sombría etapa encarnada en películas como el mediometraje Molina’s Margarita (2018) y los cortos La última pelea (2024) y La flor de prángana (2025), marcadas todas por el pesimismo y la disfunción eréctil como metáfora clave de la desilusión, el realizador cubano de culto Jorge Molina regresa al ruedo fílmico con una vuelta de tuerca de rabiosa alegría lasciva y tono sobrenatural: Molina’s Untitled Film (2026).
En espera de su estreno mundial, esta nueva película de Molina fue producida por el ICAIC, Damasu Producciones y HFG producciones y está basada en el cuento inédito “Es la hora de limpiar” del también realizador José Armando Estrada (J.A.E.H.) –conocido en el audiovisual por su largometraje de horror religioso Siervos (2013)–, quien coescribió el guion junto a Molina.
Al borde del tiempo, al menos de la linealidad irreversible que entendemos como tal, un profesor (Carlos Luis González) se reencuentra en el malecón habanero con una antigua alumna (Lissette de León). Cumplimentan una cita pospuesta, la consumación mutilada de su romance. Se restaura una fractura ocurrida eones atrás. Encuentra continuación lo que parecía haberse diluido en el pasado irrecuperable. Es la secuela o coda inesperada a una historia olvidada entre millones de secretos diarios más. El amor después del amor.
Hasta aquí, el relato de Untitled Film se reapropia de fórmulas ya aplicadas en Margarita, como es el reencuentro del docente y la exalumna tiempos después del primer y prohibido romance. Pero Molina reconduce la situación por una bifurcación dramática que desemboca en un muy diferente gesto ectoplásmico de resurrección, permanencia e inmanencia.
Pero esta vez no hay analepsis elocuentes que revelen el espinoso nacimiento del romance. Toda la fuerza dramática se concentra en el ahora extraño en que sucede el inquietante y frágil rencuentro.
Untitled Film, además, deja atrás las referencias autobiográficas y las cartografías de la frustración que parecían perfilar en Margarita, La última pelea y La flor… una suerte de adiós depresivo al mundo, a partir de un diálogo más directo y lúgubre con la Cuba que habita el autor; y que también lo habita a él, contaminándolo con toda su casi irrespirable toxicidad. La nueva película se zambulle en un relato atemporal, fantasmagórico, más universalista, pero sobre todo desenfrenadamente voluptuoso que se presiente como autorrescate. Otro reencuentro.
Molina rescata a Molina. Se autorreferencia. Se muerde la cola. Se recicla. Viaja en el tiempo. Juega a las cartas con el cineasta que en 1992 estremeció el cine cubano con Molina’s Culpa. Le comunica quizás algunos secretos aprendidos, pero sobre todo parece recuperar ánimos, rejuvenecer, avivar más aún la chispa renuente que lo ha singularizado siempre. Devora a su yo bisoño en una vivificante autofagia, operándose en él una especie de autoposesión o fusión.
Molina vuelve a construir su relato fílmico alrededor de un expansivo coito. Corrige trayectoria y vuelve a axializar el placer. Restituye el orgasmo como ley primera de su cine. Tensa y trenza los cuerpos. Sexo, luego existe.
Para Untitled…, Molina concibe el montaje (a cargo de Al García) de este momento telúrico como un homenaje confeso a una de las secuencias más relevantes de Venecia rojo shocking (Don’t Look Now, Nicholas Roeg, 1973), que le permite enfatizar (aguzar) en el desafío que lanza con esta obra a la tragedia que la irreversibilidad del tiempo supone para la existencia humana. Y por momentos se advierten posibles resonancias de las secuencias finales malditas de Brown Bunny (Vincent Gallo, 2003): otro reencuentro después del final, otra oportunidad sobrenatural.
La nostalgia puede cristalizar en una segunda oportunidad, el recuerdo es un eco que rebota en las cordilleras del universo y no deja de retornar. El alfa y la omega son máscaras alucinadas de una eternidad inconcebible. La energía no desaparece, se transforma, permanece y recupera todo lo que se creyó una vez perdido sin remedio.
El reencuentro entre el Él y Ella (así están llanamente identificados en los créditos los protagonistas) se produce durante el crepúsculo, otra zona liminal, transicional, proteica. Otros signos delatan que no se encuentran en un instante epocal preciso. Los amantes se hallan justo en The Twilight Zone. El relato de Molina y J.A.E.H parece dialogar sin mucho disimulo con las historias mínimas e inauditas de la inmortal serie de Rod Serling, en la que todas las preconcepciones de lo “real” se derruyen ante la irrupción de la posibilidad infinita.
De las actuaciones de González y de León emanan también la distante cercanía de quienes presienten lo anómalo de la situación que protagonizan, pero deciden seguir autointerpretando los roles pasados, aferrándose a lo último conocido, al postrer recuerdo. Él, contenido, distante y protocolar; Ella, etérea, tensa, parapetada detrás de unas de las sonrisas más inquietantes del cine cubano. Ambos: incómodos y desesperados.
El hieratismo de cierto sesgo recitativo, las poses calculadas más de la cuenta, incluso ralentizadas, sugieren intentos casi desesperados por ocultar la suspicacia que pudieran despertarles las circunstancias en que se ven involucrados. Dramatizan la normalidad para retardar algo inevitable que se les abalanza pero que tampoco precisan. Tratan de mantener una calma mientras son sitiados por mil alertas.
La mujer y el hombre apuntalan esta segunda oportunidad para consumar su romance con marcado denuedo, como quienes, aun en sueños, perciben el arribo inminente de la vigilia que derruirá las eternidades construidas en unos minutos, pero se niegan a despertar, prolongándolas un microsegundo más. No es duermevela, no es semivigilia: es un estado simultáneo de azoro y determinación que permite permanecer un poco más allende la pared del sueño.
Untitled Film mixtura y hace convivir muchas posibilidades (en apariencia incompatibles o discordantes) en un todo múltiple y misterioso. ¿Historia de fantasmas? ¿Bucles temporales? ¿Fábula purgatorial? ¿Quebradura de los límites interdimensionales? El mejor cine no es el que responde, sino el que hace dudar, el que se ramifica en incordiantes probabilidades.
Molina es un cineasta liminal y sus historias se acurrucan, consecuentemente, al doblar de lo conocido. Es una de las claves de su autoralidad reluctante. Carnalidad e ilusión. Comunión de esferas sintientes. La materialidad realista que suponen los actos sexuales cuasi explícitos en sus películas se entrelaza con lo extraño, lo bizarro, lo confuso.
Títulos previos como Molina’s Test (2001), Molina’s Solarix (2006), Molina’s Mofo (2008), Molina’s El hombre que hablaba con Marte (2009), el díptico Molina’s Borealis (2013) Sarima A.K.A. Molina’s Borealis II (2014), así como la misma La flor de prángana, desplazan sus relatos hacia parajes mentales, fantásticos, absurdos, cienciaficcioneros, surrealistas.
Sobre las carnes palpitantes bailan los espectros, como la orgía que se trenza entre los cabellos de la bruja de Belladona de la tristeza (Kanashimi no Belladonna, Eiichi Yamamoto, 1973). El deseo y el sexo devienen rituales de paso a otros mundos. Son llaves, contraseñas y puertas que conducen a espacios y estados alterados; fórmulas y canales de lo inesperado. Sexo y realismo no armonizan en estos predios, sino que el primero funciona como dispositivo (clave) disruptor del segundo. Los coitos lubrican y catalizan el desplazamiento hacia otras dimensiones.
Las películas de Molina son aquelarres, invocaciones, despertares, ceremonias paganas que sobreviven a sangre y fuego el presente, como sucede en El hombre de mimbre (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973). Figuras desnudas danzan alrededor de hogueras en lo más profundo del bosque y las puertas de otros mundos se abren.


