Notas para una autobiografía (Alfaguara, 2026) es un libro caótico. Lo es no solo porque lo firma un muerto, sino por carecer de índice y porque el entrevistado –¿no dije que era un libro de entrevistas?– aplasta de tal modo al entrevistador que solo le deja una línea al final de cada texto, un pequeño crédito en cursiva. Es verdad que en la mayoría de los casos Roberto Bolaño es más inteligente que su interlocutor, pero alguien tiene que defender a los periodistas, incluso a los bobos y a los malintencionados.
Sin índice, con créditos disimulados, desplazados. El editor de Alfaguara que organizó el libro tenía, estoy seguro, buenas intenciones. Quería hacer algo como Crítica y ficción de Piglia, una colección de entrevistas camuflada como ensayo por Anagrama. Una autobiografía –que Bolaño compone en voz alta, supongo– no suele tener demasiadas divisiones. Es un texto personal. Pero el plan no sale bien y a pesar de todo irrita esa falta de índice. Irrita también tener que buscar al final de la página para saber si Bolaño habla con Javier Cercas o con la Madre Teresa de Calcuta.
Por lo demás, ¿hace falta decir que hace años se esperaba que un alma caritativa recogiera, transcribiera y organizara las entrevistas que le hicieron a Bolaño entre 1975 y 2003? Los lectores diligentes ya elaboramos nuestro propio índice (uno temático o de autores tampoco hubiera quedado mal, ya que estamos) y hemos disfrutado de punta a cabo el libro.
De punta a cabo no, ciertamente. La punta es una serie de entrevistas bastante mediocres hechas en México, donde Bolaño –muy joven– no resulta especialmente brillante. El cabo es un capitulito llamado “Bolaño entrevistador”, donde se cambian los papeles y es Bolaño quien habla con los estridentistas mexicanos y con el cuentista Poli Délano en 1976. Pero la mejor versión de esa primera entrevista ya está en Los detectives salvajes (Belano y Lima en busca de Amadeo Salvatierra) y ya muy poca gente lee a Poli Délano.
Es a partir del exilio en Blanes donde la cosa comienza a ponerse interesante. Son las entrevistas de YouTube que los aprendices de escritor han (hemos) visto decenas de veces, emocionados por el diente faltante y la ropa de pobre de Bolaño, el pelo con menos organización que el libro, los cigarros que le duran muy poco en las manos. ¡El Bolaño nuestro de toda la vida!
Ahora está bien burlarse de Bolaño y criticar todo lo que uno pueda, todo lo que uno encuentre. Cualquier página sentimentaloide o malita (libros como El espíritu de la ciencia-ficción, rescate atroz perpetrado por su viuda y sus amigos, hacen la tarea fácil) le alegra la vida al caza-pifias de Bolaño. Es un consuelo. El consuelo del escritor mediocre, cheo, cutre (Dios sabe que nunca uso esa palabra).
Pero la verdad es que Los detectives salvajes es la Rayuela de todo el que ya no se emociona con Cortázar. Los detectives es más elegante que Rayuela y sus personajes serán, como decía mi abuela, unos mierdas, pero no llegan a ser tan indigeribles y pastosos como Horacio Oliveira. Déjenme quietos a Lima y Belano, porque tengo amigos que se les parecen, y llévense a Oliveira, a quien no conozco de nada.
Gracias a Notas para una autobiografía ya podremos citar con número de página –aunque sin ayuda del pinche índice– las enseñanzas de Bolaño, enseñanzas que no le sirven a nadie sino a él, pero que dan cierto coraje para escribir. Dan ganas de ser así, y como hoy ningún escritor despierta en uno esos sentimientos tan románticos, tan siglo XX, hay que volver a Bolaño.
Un fantasma recorre el libro, el fantasma de Mario Santiago Papasquiaro (aclaro por si acaso que Mario es Ulises Lima). Notas para una autobiografía es en realidad lo más cercano que tenemos a una biografía de Mario Santiago. “Que Bolaño se vaya a Santiago y que Santiago también”, se decía en México como exorcismo contra el par de poetas bandoleros.
Como en la novela, ambos se van de la ciudad. Bolaño dirá, en su caso, que se fue por desamor. “Si me quedaba en México me iba a colgar, sabía que me iba a morir. Muy fuerte, muy fuerte. Nunca más he vuelto a sufrir tanto como cuando me dejó esa mujer del carajo. ¡Dios la confunda, mala mujer!”.
A Santiago lo atropellaron cuando volvió a México en 1998, poco antes de que Bolaño acabara Los detectives, hecho que le parecía puñetero, pues en la novela es Belano quien parece que va a morir y Lima quien se supone que viva. No obstante, en un episodio digno de Conan-Doyle, Bolaño le revela a una periodista que Belano resucitará en otro libro (y al parecer 2666 también sería firmado por Belano, pero no dio tiempo).
¿Maestros? Muy pocos constantes a lo largo de esos años, casi siempre Borges y Parra, aunque en las últimas entrevistas aparece Philip K. Dick como héroe personal. Admiraba poco a los contemporáneos, y algunos entusiasmos se diluían pronto, especialmente los chilenos. Sobrevivieron pocos: Rey Rosa, Aira, Lemebel, Piglia, Pauls, Marías, Bayly (quizás para molestar), Fresán, Vila-Matas y a veces Cercas.
En el libro hay dos grandes entrevistas que en realidad no lo son. Aporto las páginas porque, como saben, falta el índice. En la página 284 figura el intercambio de correos electrónicos entre Piglia y Bolaño. Hablan de todo, en especial de los autores que les gustan a ambos, como DeLillo y Magris. Bolaño se había burlado sistemáticamente del escritor latinoamericano que se gana la vida dando cursos de literatura en California o Massachusetts. A partir de esa conversación seguirá burlándose de ellos, claro, pero salvando expresamente a Piglia.
La otra conversación que agradezco al desocupado editor haber salvado es la que Fresán y Bolaño publicaron en Letras Libres a propósito de Philip K. Dick. Se dicen en ella cosas realmente conmovedoras sobre Dick, que nunca un escritor había dicho antes en español. Quizás exagere –mientras escribo releo las páginas 331 a la 338 y no encuentro nada del otro mundo, nada que citar–, pero si algún mérito tiene el libro es haber rescatado este texto y el de Piglia.
Hay otros méritos y otras escenas: Bolaño cruzando Marruecos en un camión en compañía de su abuela, muertos de frío los dos a los pies del monte Atlas. La comparación, tan pueril que también enternece, de la literatura como la batalla de un samurái no con otro samurái, sino contra un monstruo. Su calificativo de “terrorista mexicano” cuando la policía lo cogió preso en Chile. Sus opiniones sobre la literatura cubana en general y sobre Abilio Estévez en particular, que me reservo. La frase “la utopía caribeña huele a mierda de hiena”, que es una bonita profecía sobre el canelato pronunciada en el remoto 2002.
De las publicaciones póstumas de Bolaño que han salido en la última década, quizás Notas para una autobiografía sea la única que tenga sentido, la única que no le ha hecho daño al autor. Está mal presentada, pero es imposible que no la disfrutemos. Al fin y al cabo, como dijo Pedro Almodóvar en una frase idiota y frívola –aunque no por eso equivocada– de Bolaño nos gusta todo. O casi todo.

