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Adela Legrá: cuando la actuación está en la sangre

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Adela Legrá, una de las figuras más auténticas del cine cubano, la mujer campesina que se convirtió en estrella cinematográfica y protagonizó el tercer segmento de la emblemática película Lucía (1968), falleció este 2 de enero a los 86 años de edad en Santiago de Cuba, según confirmó el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Galardonada con el Premio Lucía de Honor en 2017, Legrá representó como pocas la tensión entre el discurso transformador y la realidad cotidiana de las mujeres cubanas en los años sesenta, esa brecha que su personaje habitó con una intensidad que aún hoy estremece.

La Lucía de los sesenta: víctima, no victimizada

Cuando Humberto Solás estructuró Lucía (1968) en un tríptico que recorría tres momentos históricos de la nación a través de tres mujeres del mismo nombre. Para el tercer segmento, ambientado en la Cuba revolucionaria de los años sesenta, eligió a Adela Legrá para encarnar la contradicción más incómoda del proceso revolucionario: una mujer que vive la promesa de liberación colectiva mientras sufre la opresión individual en su propio hogar.

La tercera Lucía es una campesina atrapada en un ciclo de violencia doméstica clásica: Tomás, su esposo, la encierra, la golpea, la somete a celos enfermizos. Aunque la Revolución y la campaña de alfabetización intervienen como fuerzas emancipadoras –casi con carácter de deus ex machina-, el análisis cuidadoso del filme revela que Lucía no recupera su agencia hasta que escribe la nota dejando a Tomás. Hasta ese momento crucial, ella es objeto de sus circunstancias: apoya la Revolución, pero como parte de una masa colectiva, no como sujeto político autónomo.

Esta lectura del personaje desafía las interpretaciones épicas que durante décadas romantizaron el tercer cuento de Lucía. No es una heroína revolucionaria que se libera mediante la conciencia política; es una mujer que descubre que la emancipación personal es un acto individual que ninguna campaña gubernamental puede otorgar, solo facilitar.

“La tercera parte de Lucía fue la primera que se grabó. Estábamos filmando la escena de la salina en la que Tomás (Adolfo Llauradó) viene a buscar a Lucía y aquella escena no salía. Humberto y yo discutimos fuertemente, entonces el camarógrafo siguió grabando y filmó la mirada de odio de Lucía a Tomás que aparece en la película, pero no era a Adolfo a quien yo miraba, era a Humberto”, recordó la actriz en una de sus entrevistas. 

La posibilidad de representar a una mujer víctima de violencia sin victimizarla completamente desde la mirada fílmica es uno de los grandes logros narrativos de esta tercera historia, y sin dudas Legrá fue responsable de ello al concebirse y mirarse como una mujer guerrera. Lucía sufre, pero no se define únicamente por su sufrimiento; desea, y su deseo no es patológico ni está determinado por el trauma. Es, contradictoriamente, una mujer golpeada que también baila, ríe y siente atracción por el maestro alfabetizador (Aramís Delgado) que representa un mundo más allá de Tomás.

El rostro de Adela Legrá: verdad sin artificio

Lo extraordinario de la interpretación de Adela Legrá es que todo este complejo entramado ideológico, todas estas tensiones entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo individual, lo revolucionario y lo patriarcal, pasan por su rostro sin que ella parezca “actuar” esas capas de significado. Su expresividad es directa, sin mediación técnica aparente.

Humberto Solás encontró en ella lo que todo director sueña: un rostro que no miente. Pero no solo fue el director de Manuela (1966) quien detectó en esta actriz la fuerza para domar la cámara de cine. Desde Santiago de Cuba, Adela Legrá se convirtió últimamente en un nombre imprescindible para los realizadores cubanos independientes –sobre todo aquellos de la región oriental.

Ahí están los cortometrajes Cayo (2008), de Adrián Gómez Grillo, y los largometrajes Siervos (2013), de José Armando Estrada, e Historias de ajedrez (2019), de Emmanuel Martín, quien la dirigió por última vez ante cámara.

Martín escribió este viernes en su perfil de Facebook: “Adela Legrá ha muerto, e Historias de ajedrez fue su última película. Un país sin arte es un país menor. Un país sin cine, es un país menor. El cine es caro, es difícil hacerlo. En el 2019 solo tres largometrajes de ficción cubano se hicieron. Aun así, el Festival de Cine de La Habana, y «los dueños de Cuba», no ayudaron a nuestro filme a ser exhibido ni promocionado. Adela Legrá era una actriz fuerte y física. Me gustan los actores físicos. Me gusta Adela. En la escena con Jorge Molina, el acting solo comenzó a ponerse intenso cuando ella lo aruña y lo enerva”.

Hacia el final de Lucía, esa tercera mujer regresa con Tomás, pero exige cambio… Ese final abierto, forcejeante, continúa siendo la metáfora perfecta de la condición femenina: una lucha permanente, sin garantías de victoria, pero imprescindible. Las Lucías siguen luchando. Y mientras exista esa lucha, el rostro de Adela Legrá será necesario: testimonio de que la emancipación verdadera es individual/colectiva, privada/pública, y con toda la fuerza que su rostro brindó.

MAYTÉ MADRUGA
MAYTÉ MADRUGA
Mayté Madruga Hernández (Matanzas, 1987). Licenciada en Periodismo. Ha colaborado con diversos medios de prensa cubanos ejerciendo la crítica de arte. Trabajó en el Festival de Cine de La Habana.

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