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En la boutique de Manuel Turégano, editor de Contrabando

Por lo general, la literatura española es más conservadora y presenta una deriva casi natural hacia el costumbrismo. El mercado influye mucho en ello. En cambio, en Latinoamérica, el escritor es más libre para innovar, para arriesgarse.

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En la cima de la cadena trófica en España hay dos grandes grupos editoriales. Bajo ellos, un conjunto no menos importante de sellos independientes que gozan de visibilidad, capital literario y cierta solvencia del otro capital. Y más abajo hay editores quijotescos, como el manchego Manuel Turégano Moratalla (Albacete, 1955).

—Queremos publicar tu libro –me dijo poco después de conocernos, con un ejemplar de Libros raros y de uso (Casa Vacía, 2023) en la mano–. Pero hay que cambiarle el título para España. Se llamará Cuba Científica.

No puse ninguna objeción. Y mi editor de Richmond, Virginia, cuyo apellido es precisamente “de Cuba”, menos que menos. Para ambos, Libros raros y de uso ya era más un pdf de uso que rareza de cualquier índole.

—El diseño de cubierta será en esta línea –continuó Manuel, mostrándome una novela que había publicado pocos meses atrás–. Léela. Creo que te puede interesar.

El autor era un argentino que yo no conocía: Carlos Ríos. En esta entrevista mencionará otro libro suyo; el que me dio a leer se llamaba Estonia y era una novela de ciencia ficción surreal y extrañísima.

Capté de inmediato que Manuel tenía una arista de gambler compulsivo al que le atraían los artefactos condenados a vender poco o nada.

Su sello, Ediciones Contrabando, afincado en Valencia desde su fundación en 2013, tiene un logo de espíritu belicoso. Un logo que, si uno lo mira atentamente, parece la obra de un diseñador cubano.

Porque lo hizo un diseñador cubano: Carlos Michel Fuentes.

Cuando Cuba Científica se publicó, le envié a Manuel el enlace de Rialta que se hacía eco de la noticia. Para entonces ya me rondaba la idea de hacerle una entrevista y ya intuía que tendría que ser algo muy breve, porque hay temitas de la profesión (tanto del entrevistador como del entrevistado) que no permiten términos medios: hay que elegir entre el párrafo y el ensayo. La cosa demoró unos meses y se concretó hace unos días.

Los dejo con él.

¿Cómo llegaste a la edición?

Trabajé mucho tiempo en el mundo de las artes gráficas, donde aprendí cómo se hace un libro, una revista, etc. Al mismo tiempo, mi pasión de siempre había sido la literatura, por lo que en mis ratos libres escribí muchos artículos y reseñas, sobre todo de libros. Al final, en 2013, reuní ambas facetas y di el salto a crear una editorial.

Háblame un poco de ella.

El origen de Contrabando es un poco insólito. No partimos de un capital inicial invertido en el proyecto, sino de crear un sistema de suscripción. La gente nos daba una cierta cantidad de dinero por los seis libros que íbamos a editar ese año, sin saber cuáles eran. Así arrancamos, y las ventas fueron poco a poco consolidando la idea. Al principio solo editábamos autores que vivían en Valencia, pero a partir de un determinado momento empezamos a publicar a autores latinoamericanos, libros de Ariana Harwicz, de Alejandro Zambra y de Rodrigo Rey Rosa. La editorial se definió muy pronto por su compromiso con la calidad literaria más que por su vertiente comercial. Y así nos hemos mantenido estos 13 años.

¿Cómo lo han hecho? El ecosistema editorial español es una lucha amañada por la supervivencia.

Hay que partir, como yo digo a veces, de que España es una superpotencia editorial, el cuarto o quinto país del mundo en industria editorial. Eso tiene “truco”, claro; y es que España edita para toda Hispanoamérica, tiene como base no los 50 millones de españoles sino los 500 millones de hablantes y potenciales lectores en español. Dentro de ese mundo, hay dos elefantes, Planeta y Random House, que copan más del 50% del mercado y tienen cada una cuarenta sellos. Además, hay muchas y muy buenas editoriales menores: Anagrama, Acantilado, Alianza editorial… o las jóvenes editoriales del grupo Contextos. Y luego estamos la enorme miríada, cientos y cientos de pequeñas editoriales que, como dices muy bien, luchan por sobrevivir. Muchas de ellas han aprendido a hacerlo defendiendo un determinado perfil propio y sabiendo que sus tiradas van a ser muy limitadas. Si mantienes con firmeza tu perfil propio y no cometes locuras, al final consigues libros y autores que merece la pena publicar. Las editoriales grandes dan poca cabida a los autores nuevos o a los proyectos más arriesgados. Si tienes tesón y paciencia, al final consigues buenos títulos.

El nombre del sello es como una declaración de intenciones… ¿Qué contrabandea tu editorial?

Siempre digo que el contrabando suele ser de productos de calidad, si es de tabaco suele ser de Marlboro… Aunque, en realidad, la “mala idea” que hay detrás de nuestro contrabando se alcanza separando la palabra en dos: “contra” y “bando”. Desde nuestros orígenes nos hemos definido siempre como enemigos de la simpleza y la banalidad literaria que tanto lugar ocupan ya en el mercado del libro. Nuestro logotipo dispara contra el otro bando, una necesidad cada vez más perentoria, pues hace mucho daño confundir la literatura con lo que no lo es. Que uno cante en la ducha no lo iguala a Bob Dylan.

¿Por qué publicar un libro, o a un autor? ¿Y por qué NO publicarlo?

Normalmente, cuando lees un manuscrito que llega a la editorial instintivamente sabes si ese libro lo vas a publicar o no. Es como cuando te ponen un plato de arroz delante: a las tres cucharadas ya sabes si está bueno o si no te lo piensas comer. Naturalmente, luego hay valoraciones y debates, informes y comentarios, a veces criterios encontrados. Pero la decisión nace ante todo de ese contacto directo con el texto que te hace percibir y sentir de forma profunda que estás tocando la materia propia de la literatura, su mundo peculiar. Luego puede que, por otras razones, el libro no tenga cabida en ese momento, y se tenga que rechazar. Eso también pasa. De hecho, ahora nos pasa bastante, porque Contrabando ni siquiera tiene capacidad para publicar y defender libros de calidad que le llegan. No tenemos más remedio que ser muy selectivos. E incluso, injustos.

¿Qué títulos te hacen sentir especialmente orgulloso de haberlos publicado?

Por muy distintas razones, hay muchos títulos que me encantan. Por ejemplo, La cola del dragón, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, un autor que había leído mucho por culpa de Bolaño. Él me puso en la pista además de un escritor argentino que no conocía, Carlos Ríos, del que publicamos una novela corta, Manigua, que siempre utilizo como “libro de entrada” para los becarios que vienen a hacer prácticas en la editorial. Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva Olazábal, es otro libro que es santo de mi devoción. O los cuentos de El derrumbamiento, de la uruguaya Armonía Somers. Entre los más recientes, Mundo anclado, del mexicano Alejandro Espinosa Fuentes, para el que Vila-Matas escribió un prólogo. Bueno, se ve que tengo una gran predilección por la literatura latinoamericana.

¿Porque es mejor que la literatura española?

Hay una diferencia sustancial. Por lo general, la literatura española, exceptuando ciertos casos, es más conservadora y presenta una deriva casi natural hacia el costumbrismo. El mercado influye mucho en ello. En cambio, en Latinoamérica, el escritor es más libre para innovar, para arriesgarse, no tiene nada que perder, ni un mercado asfixiante que lo determine. También es más rico su lenguaje literario.

¿Qué proyectos editoriales latinoamericanos admiras?

Bueno, yo como lector vengo de lejos, de los años setenta del siglo pasado, cuando en España había tantos libros prohibidos, y leíamos mucho en editoriales como Losada, Sudamericana, Fondo de Cultura Económica, etc. Luego hubo una gran crisis en la edición americana, y España invadió casi todo el mercado. Ahora hay un renacer constante de la edición latina, en México, Argentina, Chile, Colombia… muchos ya editan incluso en España. Me alegra ese renacer y que el autor hispano ya no dependa tanto de que lo publiquen en España.

¿Qué editores tienes como referentes?

Nunca he buscado referentes en otros editores, porque de algún modo yo siempre me consideré un outsider, un intruso en este campo, nunca un editor “profesional”.

Profesional entre comillas o no, el lugar común dice que la obra de un editor es su catálogo. En tu caso, ¿qué criterios dirías que definen esa obra?

Es difícil definir con mucha precisión los contornos del catálogo de Contrabando, máxime teniendo en cuenta que tú no publicas lo que te gustaría, sino lo que puedes. Nuestro catálogo es un poco ecléctico, pero capaz de satisfacer a un buscador de literatura poco convencional, aunque tampoco estamos centrados en publicar “libros raros”. Podríamos señalar, entre otros, tres criterios editoriales: 1) el autor debe ser “un escritor”, 2) el lenguaje debe ser “literario” y 3) el libro debe “pesar”, tener densidad. Si además es innovador, mucho mejor.

Llevas más de dos décadas en el mundo editorial. ¿Algo de lo que te arrepientas?

Cuando empecé ya tenía más de 55 años, y acabo de cumplir 70. Si me arrepiento de algo es de no haber empezado mucho antes. Creo que entonces hubiera buscado el capital necesario para hacer un proyecto más grande. Ahora ya me conformo con esta editorial que, en cierto modo, se parece a una boutique de productos exclusivos.

Remontémonos mucho antes de la boutique. Cuéntanos algo del joven Manuel Turégano que, según he leído, era militante comunista y quería hacer la revolución. Ten en cuenta que quien te hace esta entrevista es alguien que se ha escapado, precisamente, de la revolución comunista.

Jaja, lo que no dices es que venimos de dos dictaduras muy diferentes. Mi generación tenía que derribar una dictadura de corte fascista para alcanzar la libertad y poder tomar el futuro en sus manos. La vuestra era de otra naturaleza y está costando mucho echarla abajo. En aquellos años setenta las organizaciones revolucionarias eran un marco para desarrollar la lucha antifranquista, fuimos muchos y muy jóvenes los que nos adherimos a ellas. A la que yo pertenecía, muy crítica con el mundo soviético, siempre mantuvo una denuncia activa de la deriva de la Revolución cubana hacia el modelo soviético. Pero hoy esto ya me suena un poco lejano. Se acaban de cumplir 50 años de la muerte de Franco y el mundo ya es otro. Aunque Cuba sigue anclada en el mismo muelle.

¿Qué piensas de la literatura cubana en general, y en particular de la que se está publicando actualmente?

Cuba era una factoría literaria de primer orden. ¿Lo sigue siendo?

Tú lo has dicho: anclada en el mismo muelle.

Durante aquellos años setenta de los que te hablaba antes sostuve un arduo debate con un amigo sobre cuál era la mejor novela latinoamericana. Él defendía a Cien años de soledad. Yo en cambio sostenía que era Paradiso, de José Lezama Lima. Tu pregunta me ha hecho recordar aquel debate olvidado. Lezama, Carpentier, Cabrera Infante y muchos otros están en la base de mi formación y de mi gusto literario.

Sobre ese tema del gusto literario, me interesa la cuestión del lector-editor, el que hace scouting, versus el lector-escritor que también eres, aquel que lee por puro puro vicio o placer. En ambos sentidos: ¿qué estás leyendo ahora mismo? ¿Cuáles son tus intereses?

Leo muchas cosas que tienen que ver con la actividad editorial (por cierto, en los últimos años recibimos un tsunami inabarcable de propuestas). Pero también tengo mi espacio y mi tiempo para mantenerme al día o leer o releer otros libros. Ahora acabo de terminar el ensayo de Enrique Murillo sobre la actividad editorial en España desde los setenta hasta nuestros días [Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición, Trama editorial, 2025], bastante recomendable para los editores.

Por otro lado, siempre estoy leyendo una buena biografía de un gran escritor: suelen ser un verdadero máster de literatura. Sin una razón especial, empecé a releer la de James Joyce, por Richard Ellmann. Es un texto impresionante, una oda a la literatura. Pero cuando estaba todavía en las primeras páginas, una recomendación de Vila-Matas me abocó a leer el James Joyce de Edna O’Brien, editado por Cabaret Voltaire este año. Me lo leí en dos días. Es un puñetazo letal contra la estupidez y una defensa atroz de la literatura. Cuando no dejamos de oír (aquí o en EE. UU., es igual) a memos planteando que textos como el Ulises apartan a la gente de la lectura y los entregan a las pantallas, y que la literatura debe ser algo comprensible para todos, es un gozo ver en el cuadrilátero a la poderosa Edna O’Brien atizándole (como buena irlandesa) un buen gancho al papanatismo y dejando a la imbecilidad tumbada en la lona. Recomiendo vivamente su lectura.

De la literatura hispanoamericana que he leído últimamente lo que más me ha convencido es El buen mal, de Samantha Schweblin.

Por último, Manuel: ¿cómo ves el futuro de la edición en España?

El monopolio nunca es una buena noticia para nada. Y la edición en España va en esa dirección. Los dos gigantes lo compran todo y además cada vez se interesan menos por la literatura. Mantener la diversidad editorial será clave para el futuro. Hace muy poco, un gran editor francés, de Gallimard, decía que la pervivencia de las pequeñas editoriales independientes es clave para el buen funcionamiento del ecosistema literario. Por lo general, sigue siendo una realidad que los mejores escritores publican sus primeras obras en las pequeñas editoriales independientes. No creo que, a corto plazo, el mercado nos devore sin remedio, aunque cada vez lo tenemos más difícil.

JORGE ENRIQUE LAGE
JORGE ENRIQUE LAGE
Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Graduado de Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona, carrera que no ha podido ejercer. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

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