Innúmeros son los admiradores, exégetas e imitadores de Cormac McCarthy: ha llovido –o más bien diluviado– tanta tinta sobre su obra que por momentos podría parecer que ya todo está dicho. Pero se trata de una pertinaz ilusión: la famosa frase “latencia de significación diferida” (una de las más memorables que el estudio de la teoría literaria me ha permitido conocer) se ajusta perfectamente a la preeminencia estética del narrador norteamericano y, en particular, a su suprema creación, Meridiano de sangre. El volumen Adventures in Reading Cormac McCarthy (Scarecrow Press, 2010), del ensayista Peter Josyph, es, según creo, una confirmación particularmente vigorosa de esta certeza: a través de un conjunto de textos que van desde magníficos análisis de breves pasajes (“Suttree suturado: su breve estancia en el Knoxville General”) a ensayos de admirable heterodoxia (“Música sangrienta. Leyendo Meridiano de sangre en voz alta”), Josyph consigue lo que a veces nos parece casi imposible: encontrar nuevos significados en esa obra que muchos han estudiado hasta extenuarse. El fragmento de la entrevista que aquí traduzco con el gran Harold Bloom no es, ciertamente, una excepción: el supremo pope de la crítica literaria norteamericana de los últimos cincuenta años, acuciado por las inteligentes preguntas de Josyph, revela una dimensión intertextual que, sospecho, muchos ni siquiera habían considerado y articula un agudo análisis de la retórica de McCarthy, que no es, como han pensado algunos insensatos, un mero despliegue de vacuos artificios estilísticos sino, quizá, la cifra definitiva de su grandeza estética.
Harold Bloom conversa sobre Cormac McCarthy con Peter Josyph
Tengo entendido que tu primer intento de leer Meridiano de sangre no fue precisamente un éxito.
Como digo en el prólogo a la edición de la Modern Library, fue Gordon Lish quien me habló de –y regaló– Meridiano de sangre hace ya muchos años y bueno, cómo decirlo, Gordon está bastante loco. Gordon adora el libro, simplemente porque adora cualquier texto que muestre cuán violenta es Norteamérica. Leí hasta la mitad, aproximadamente, y aunque estaba muy impresionado no pude continuar porque comencé a tener pesadillas. Empecé a leerlo por segunda vez y de nuevo tuve que parar porque la violencia me aterraba. Pero la tercera vez todo comenzó a tener sentido. Desde entonces debo haberlo leído veinte veces y, por supuesto, he ofrecido varios cursos sobre el libro. Pero me he encontrado con que mis estudiantes y algunos de mis amigos tienen la misma reacción inicial […] hasta que comprendes que existe una justificación estética, una razón para representar todo ese horror. Después de todo se trata, desde el punto de vista técnico, de la que podrías llamar la única novela exitosa sobre el holocausto. El holocausto es el exterminio de los nativos americanos del suroeste, pero ciertamente se trata de un holocausto. Es difícil asimilarlo. ¿Tú no tuviste una reacción parecida cuando lo leíste por primera vez?
Es que yo estaba embriagado con el lenguaje.
Bueno, ciertamente a mí también me intoxica el lenguaje. Pero el lenguaje también suscita problemas. Aunque McCarthy se sale con la suya, hay algo hermosamente precario acerca de todo el texto. El elemento faulkneriano en la retórica, el elemento melvilleano y el elemento shakespeariano siempre están ahí y él decide manejarlos poniéndolos en primer plano, llamando la atención sobre ellos en lugar de ocultarlos. Y muy a menudo eso funciona espléndidamente.
¿Recuerdas en Moby Dick cuando Ishmael y Queequeg han firmado el contrato para unirse a la tripulación del Pequod y Elijah, el profeta, les advierte que no zarpen en ese barco? De la misma manera, antes de la expedición inicial en Meridiano de sangre, la liderada por Worth que termina en un desastre, el Chico y su acompañante son interpelados por un viejo y delirante menonita, que les hace una advertencia muy parecida. Y el paralelismo es preciso e incluye incluso algunos ecos verbales deliberados. Es McCarthy desafiando sus influencias. Y él hace que funcione.
Pensando acerca de Todos los hermosos caballos a menudo me pregunto cómo McCarthy puede salirse con la suya si por momentos suena tan parecido a Hemingway. La respuesta: porque, en cierto sentido, él es Hemingway.
Sí, sí. Ese elemento está allí. Todos los hermosos caballos es sin duda su segundo mejor libro.[1] Los otros dos volúmenes de esa trilogía me parecen fracasos: fracasos interesantes, pero, en definitiva, fracasos.
¿Qué habías leído de McCarthy cuando encontraste Meridiano de sangre?
Había leído Suttree y lo había admirado mucho, aunque es muy faulkneriano. Había leído Hijo de dios y también me había parecido bastante bueno…, y había rechazado Meridiano de sangre. Incluso antes de mis primeros dos intentos había leído cinco o seis páginas y me dije: “No, esto no es para mí”.
Incluso entre los especialistas en McCarthy Meridiano de sangre tiene un estatus casi legendario. Esto lo puedes sentir en cuanto lo mencionan en un ensayo o una conversación, como si fuera algo más que una mera novela.
Bueno, es algo más que una novela. Es un intento, como Moby Dick, como el Canto a mí mismo de Whitman, como Huckleberry Finn, de escribir la saga norteamericana definitiva. Y quizá lo es. Meridiano de sangre no es solo el supremo western norteamericano. Junto con algunas cosas de Thomas Pynchon —Mason y Dixon, La subasta del lote 49 y El arcoíris de la gravedad— es acaso la ficción norteamericana más grandiosa de finales del siglo XX. Si tuviera que elegir una sola obra literaria escrita por un norteamericano vivo tendría que ser Meridiano de sangre. Y una vez que lo haces tienes que preguntarte: ¿cómo puedes igualar algo así? Ningún otro de los libros de McCarthy resiste la comparación.
¿Qué convierte a Meridiano de sangre en una obra tan extraordinaria? Cuando hablamos por teléfono me dijiste: “No tiene ningún defecto, solo virtudes, intensidad, grandeza estética en estado puro”, con lo que, entre otras cosas, señalabas que el autor lograba hacer lo que se proponía. ¿Qué se propone McCarthy con esta obra? ¿Qué intenta lograr?
Lo que hace, cuando la tensión comienza a disminuir, es desplazar la atención del lector con gran habilidad desde el centro, que es el implacable empuje de Glanton y el Juez. No puedes decir que el Chico es el centro, su conciencia es demasiado íntima para eso. Pero McCarthy encuentra maneras, mucho más sutiles de lo que parecen a primera vista, de narrar historias paralelas. Como cuando Brown va a que le reparen su arma o el extraordinario interludio en el transbordador de Yuma y todo lo relacionado con este. Hay un aumento casi constante del impulso narrativo y de la intensidad en el libro, una asombrosa densidad de lenguaje que, en última instancia, pese a su clara afinidad con Melville y Faukner, va más allá de Melville y Faulkner, a la fuente de la que también ellos proceden: Shakespeare. Es por eso por lo que pienso que Yago figura tan poderosamente en el libro, que es el gran precursor del Juez. Cuando escribí mi libro Shakespeare: la invención de lo humano descubrí, en el ensayo sobre Othello, que en realidad no podía hablar de Yago sin mencionar al Juez. No es que el Juez sea maquiavélico, nada de eso, sino que el Juez es un nihilista que quiere incendiar el mundo y arrasarlo con la guerra y la destrucción.
Y es, en cierto sentido, inmortal, ¿no es cierto? Ciertamente el libro termina en esa tesitura.
Termina así. Y, sin embargo, a menos que mi lectura sea incorrecta, en ese extraño epílogo hay un hombre que atraviesa la llanura y sostiene “un instrumento de doble empuñadura”: McCarthy, que posee una gran erudición y despliega numerosas alusiones, indudablemente piensa en ese gran momento del poema Lycidas, de Milton, cuando se habla de “el instrumento de doble empuñadura en la puerta” que purificará y redimirá a Inglaterra. Ese instrumento de doble empuñadura, ese implemento, es sostenido por una figura que lo utiliza para hacer agujeros en la roca, para sacar el fuego encerrado en la roca, lo que es claramente un motivo Prometeico. El Juez baila bajo el ocaso. Esta figura aparece al amanecer. Es obvio que aquí hay una oposición. Hay, creo, una insinuación, solo una insinuación, pero muy real –no sé cómo interpretarlo de otra manera– de que un nuevo Prometeo, de que una figura prometeica surge al amanecer y se mueve hacia el oeste, donde acaso desafiará al Juez, aunque en realidad eso no lo sabemos. Eso sería lo único que podría impedir que el Juez sea inmortal.
Ciertamente el Juez es inmortal en el sentido normal de la edad. El Chico –que era solo un adolescente cuando se unió a la banda de Glanton– tiene al menos 45 años cuando el Juez lo mata. ¿Hay algo que haga envejecer al Juez? Han pasado casi treinta años y el Chico es ahora un hombre maduro. El Juez debería tener setenta y cinco u ochenta, pero se ve exactamente igual, no ha envejecido un día y claramente tiene el poder y la resistencia que siempre ha tenido, esa fuerza aterradora.
¿Cómo interpretas al Juez?
Existe una interpretación muy poderosa –pero creo que, en última instancia, errónea– de Meridiano de sangre articulada por el gran crítico Leo Daugherty, según la cual hay que leerlo todo en términos del gnosticismo, con el Juez como uno de los arcontes, uno de los demiurgos malignos que rigen este mundo. En un gran pasaje de la novela, cuando el Chico está en la cárcel, McCarthy nos advierte que no usemos ningún sistema, incluyendo el sistema órfico, para interpretar al Juez. No trates de reducir al Juez a sus orígenes. No intentes convertir este relato en una fábula gnóstica. No trates de ver al Juez como el hierofante o el sacerdote o incluso el demiurgo de alguna visión heterodoxa. Creo que McCarthy tiene razón. Me parece que si pudieras reducir al Juez a algún sistema eso disminuiría la fuerza imaginativa del libro. El Juez no tiene ideología alguna con excepción de la violencia, de la guerra como un fin en sí misma. Y eso es lo que lo convierte en una figura tan asombrosa y aterradora.
¿Y también es un gran retórico, no es cierto?
Es un retórico asombroso, el mayor en la literatura norteamericana. Tendrías que regresar a Shakespeare, a una figura como Ulysses en Troilo y Cressida, para encontrar a alguien que supere al juez como sofista. O tendrías que considerar a Yago. Su don es tan extraordinario que esas son las únicas comparaciones posibles. Y sin duda hay algo shakesperiano, por momentos, en el Juez. Algunos amigos y algunos de mis estudiantes rechazan ese rasgo del Juez: les parece demasiado gárrulo. Pero por supuesto McCarthy equilibra eso de manera muy sutil haciendo que varios personajes le digan: “Holden, estás loco. ¿Por qué sigues hablando sin parar?”
O, si no, escupen.
Escupen. Pero de todas formas están fascinados, casi hipnotizados. Siguen escuchándolo y me parece que esa fascinación la comparten muchos lectores.
Después de todo, ¿dónde radica la grandeza del libro? Está el paisaje, que es más sublime, quizá, que cualquier otro paisaje en cualquier libro en lengua inglesa con la excepción de Shakespeare. Es un paisaje que va más allá de, digamos, lo que encuentras en los grandes poetas románticos, que es incluso superior al de Faulkner. Bueno, tal vez no superior a las visiones de Darl Bundren en Mientras agonizo –de hecho, creo que tiene influencias de ese libro– pero al menos comparable a lo mejor de Faulkner. Todo ese paisaje asombrosamente hermoso y al mismo tiempo amenazador.
Está eso y la retórica del Juez. Y toda la sublime, delirante trayectoria del libro. Y, finalmente, el gran diálogo en el bar, si es que le puedes llamar diálogo porque el Juez lo dice casi todo. Pero lo que el Chico dice, aunque lacónico, tiene una fuerza tremenda, hasta su frase final, “No eres nada” y el Juez responde, “tienes más razón de lo que crees”.
Has mencionado que el Chico desaparece de la narrativa intencionalmente. Es casi un acto de prestidigitación.
Sí
Tenemos aquí a un muchacho que es parte de una banda de forajidos y, en cualquier banda, si no participas en lo que hacen…
No duras mucho
Como mínimo es culpable por asociación.
O, sencillamente, es culpable. Pero, por otra parte, ¡qué sutil es McCarthy respecto a todo eso! En la primera parte del libro el Chico casi siempre dispara en defensa propia, cuando le disparan a él o alguien hace un movimiento amenazante con un cuchillo. Creo que McCarthy no quiere mostrar lo que se está desarrollando en su interior. Pero finalmente lo muestra cuando trata de ayudar a la mujer india que ya está muerta. Es un momento impactante en el libro que muestra el enorme cambio que se ha producido.
Déjame darte un ejemplo de lo contrario. En Lonesome Dove…
Bueno, pero ahí estás comparando un western menor con el western supremo, definitivo, pero de acuerdo, continuemos.
En Lonesome Dove los protagonistas que habían sido rangers de Texas han descubierto que un colega de los viejos tiempos está ahora con una banda de criminales y que han participado en varios hechos comparables a los de la banda de Glanton en Meridiano de sangre. Ellos rastrean al tipo y lo ahorcan y poco antes de hacerlo le dicen: “Si cabalgas con bandidos, muere como un bandido”. Pero parece como si en cierto punto de Meridiano de sangre McCarthy quiere que el lector perdone al Chico, que lo juzgue con menos rigor que al resto de los bandidos. Porque si no es así entonces no le queda nadie para enfrentarse al Juez.
Le queda, repito, la misteriosa figura del epílogo, que evidentemente se está preparando para enfrentarse al Juez. Pero tienes razón: aunque el forajido que había sido sacerdote está dispuesto a discutir con el Juez, al final solo queda el Chico.
Por supuesto, la forma en que McCarthy maneja el personaje es extraña. El Chico apenas tiene una personalidad. Finalmente muestra, a su manera lacónica, un considerable coraje en la confrontación final con el Juez en el bar y podemos comenzar a intuir que ahí se ha desarrollado una personalidad. Pero McCarthy no quiere que nos identifiquemos con él. Y en realidad no sentimos empatía por el Chico. Creo que lo admiramos, pero solo hacia el final. Y por supuesto, está el misterio, que nunca se explica, de lo que el Chico significa para el Juez. Está claro que significa más para el Juez que para el lector. Pero el Juez no es capaz de articularlo completamente, aunque le dice al Chico: “¿Siempre pensaste que si no hablabas no serías reconocido?” Lo que implica que el Juez lo ha reconocido como alguien que importa, aunque nosotros no podamos comprender su importancia.
Lo que a mí me parece no es tanto que el Chico se oponga al Juez como que el Juez le está diciendo: “Tú eres igual que yo, pero no quieres reconocerlo, quieres fingir que eres diferente”.
Quizás, quizás, pero es fascinante que ambos omitan lo que probablemente resulta lo más imperdonable en el Chico desde el punto de vista del Juez. El Chico tiene una excelente oportunidad de averiguar si el Juez es mortal. El Juez pasa tres veces, creo, por delante del Chico, desnudo y desarmado. El Chico es un excelente tirador. El Chico presumiblemente podría haberlo eliminado y habría salvado su propia vida, en última instancia, de haberlo hecho. Su compinche le dice una y otra vez que lo haga, pero el Chico se niega.
Ahora, el porqué es algo que solo podemos conjeturar y conjeturar hasta el infinito. Creo que va desde el escrúpulo de dispararle a un hombre desarmado hasta una especie de temor espiritual de que puedes dispararle al Juez y las balas no lo tocarán, es un ser tan extraño. Pero no lo sabemos. Esa es meramente mi suposición como lector. Creo que lo que dices sobre el Juez es cierto, pero también que el Juez lo trasciende. Es, en cierta manera, una alusión a ese pasaje en el Nuevo Testamento en que Cristo es tentado tres veces por el diablo. Por supuesto, Cristo no tiene nada que ver con esta novela, pero el Juez pasa tres veces, tentando al Chico, y no puede perdonarlo por resistirse.
Es como si, al no dispararle, el Chico lo hubiera derrotado. El Chico sabe que si le dispara el Juez tendría razón, porque el Juez está diciendo: “Eso es lo que somos, esa es la materia de la que estamos hechos”.
Puede concederte eso, no te lo discuto, pero va más allá, creo. También hay ahí elementos trascendentales. Lo grandioso acerca del libro es que, aun cuando McCarthy niega cualquier explicación que incluya una trascendencia negativa –como la explicación gnóstica, la explicación maniquea o la explicación órfica– incluso así las insinuaciones resuenan; aun así, hay una extraordinaria sensación de que el Juez no es sencillamente sobrenatural. Hay algo Homérico sobre el libro después de todo. También hay algo que nos recuerda a Jasón y los argonautas, aunque en un sentido negativo, aterrador.
existe una antigua tradición en el romance homérico, o en el romance helenístico que sigue a Homero, que dice que entre estos exploradores mortales había un dios oculto, una figura hercúlea, alguien que era al menos mitad dios, mitad hombre. Que los protagonistas de Meridiano de sangre sean matones, forajidos bestiales, no los hace diferentes de otros personajes de la literatura épica a través de la historia. Como Shakespeare demuestra tan bien en Troilo y Cressida, los héroes, tanto aqueos como troyanos, no eran mejores que criminales comunes. Pero introducir entre ellos una divinidad es remontarse a una antigua tradición.
Me parece que la originalidad de McCarthy es más una cuestión de temperamento que de material. Aunque no he leído el texto original de Chamberlain,[2] sí he leído algunos resúmenes. Me parece que es muy shakesperiano de parte de McCarthy haber tomado su argumento de una fuente. Shakespeare poseía todos los dones literarios excepto uno: no podía inventar un argumento. En las dos obras para las que no tenía fuentes —La tempestad y Las alegres comadres de Windsor— no sucede nada. En cierto sentido puede decirse que no tienen argumento. Shakespeare no estaba interesado en inventar argumentos. Yo sospecho que, en todas las novelas de McCarthy, con la excepción de Meridiano de sangre, la mayor debilidad es el argumento. Incluso en Suttree o en Todos los hermosos caballos uno siente que no suceden suficientes cosas, que hay algo demasiado artificial o inverosímil en la trama.[3] Uno no siente eso en Meridiano de sangre, pero eso es porque la historia la ha dado la principal línea narrativa y le ha dado, de hecho, los personajes. Solo el Chico es realmente su invención, aunque su elaboración del Juez es tan barroca, tan extraordinaria, que trasciende cualquier fuente posible.
En Chamberlain no hay mucho de Holden. Y como verás cuando lo leas, es un escritor mediocre.
Pero no fue una persona mediocre. Tuvo una vida extraordinaria.
Ahora quiero preguntarte sobre la relación entre el libro y la historia del Oeste en este país. Tú mencionaste el epílogo, que siempre me ha molestado. Algunos lo han interpretado como que el hombre está cavando agujeros para construir una cerca: el cierre del Oeste.
No, no, no, esa es una interpretación errónea, muy débil. Ese instrumento de doble empuñadura está haciendo una cosa y solo una cosa, como ya he dicho: está sacando el fuego oculto en la roca, es obviamente un motivo prometeico y además se establece un contraste entre ese hombre y las criaturas que lo rodean, que pueden ser o bien una suerte de seres humanos semiespectrales, si es que son humanos, o simplemente espectros en busca de huesos con los que se alimentan. El contraste entre la extracción del fuego y los huesos es extraordinario. Y yo no puedo ver eso como ninguna alegoría sobre nada que haya sucedido en el Oeste norteamericano.
Además, la alegoría es siempre un modo de la ironía. Son realmente dos palabras para la misma cosa. Cualquier gran obra literaria posee una cierta cantidad de ironía, pero el modo de ironía en Meridiano de sangre es casi puramente retórico. La ironía reside siempre en la desproporción entre el extraordinario lenguaje y la devastación que los personajes perpetran.
De todas formas, no creo que Meridiano de sangre sea sobre ningún Oeste que haya existido en el pasado norteamericano.
Por supuesto que no.
Es ante todo una visión…
Es trascendente. Para que el lector pueda soportar la violencia representada en el libro, McCarthy tiene que estilizarla considerablemente. Todo depende de la distancia. El libro en su totalidad es una estilización.
Me interesaría mucho leer el libro sobre las fuentes (Notas sobre Meridiano de sangre) pero incluso sin haberlo visto, me recuerdan esas interminables colecciones de libros sobre las fuentes de Shakespeare. Uno lee estas asombrosas listas de fuentes sobre Macbeth o King Lear y finalmente dice: “Esto tiene que parar”. Porque son infinitas. Nunca se detienen. No puedes detenerlas. Shakespeare lo absorbía todo y lo transmutaba todo. Algo parecido sucede con McCarthy…
Notas del traductor:
[1] No comparto esa opinión. Para mí resulta evidente que Suttree ocupa ese lugar.
[2] La crónica del siglo XIX escrita por Samuel Chamberlain en la que McCarthy se inspiró para crear Meridiano de sangre.
[3] No ha sido esa mi experiencia al leer tales obras.


Siempre al tanto de las traducciones que ofrece Rialta, gracias a Ubaldo León Barreto… No conocía esta entrevista. Me deja de nuevo con los enigmas ante el personaje de el Juez… Blood Meridian convirtió a Cormac McCarthy en uno de los grandes novelistas estadounidenses. Bloom, como siempre, tiende a la hipérbole, sin dejar de ser uno de los más inteligentes críticos literarios de Occidente. Ubaldo y Rialta: Próspero Año Nuevo.