Querida Beth,
en una historia como esta los personajes son
cada vez menos.
¿Recuerdas todo ese tiempo entre nosotras
cuando hablar era ordenar el olvido?
Tan larga se volvió nuestra lista de pérdidas
que ya es una lengua en sí misma.
Querida Beth
Las muchachas de Perth Amboy
agregan al viento
minúsculas lágrimas
para desatar la tormenta.
Recuerdo
la primera vez de todo
en este predio:
el buzón, la nieve,
tu libro de cupones,
la clase de inglés,
el olor a desamparo
en los pasillos.
Entonces,
el invierno,
la enfermedad liminal
de las aceras.
El frío,
en la comisura de los labios,
arriba de las máquinas,
del mostrador
y de los signos vitales.
El frío
interviniendo
la raíz profunda de la rabia,
sembrando lo sólido en la grama
arreciando el tallo de la rosa
y de tu propia bondad.
Pero pienso,
querida Beth,
que debe ser cierto
que antes de nosotras
hubo otra peregrina tribu
pastora de la pérdida,
esas muchachas
en Perth Amboy
sacudiendo la sábana
desdiciendo del clima
de sus muchos oficios
y subiendo regularmente
la colina erguida
de la ira
nuestra
diosa matutina
la primera lengua que
aprendimos aquí,
nuestra gran posesión inesperada.
Yo me pregunto
querida Beth
¿es esta lustrosa,
piedra pulida
de la rabia
la tierra que nos prometieron?
Visita a Amish Town
En la fila de autos, esperando nuestro turno, nos
abrimos paso entre gente que también va a pagar por
entrar. Es teatro y es mundo. Allá están las que hacen
las actividades diarias y entre otras tareas, nos ignoran.
Entre tanto trabajo innecesario, cortar ella misma el pan,
lavar la fruta o torcerle el lánguido cuello al pollo, le cae
además el quehacer de no verme, no decir nada cada vez
que una como yo cruza el umbral.
Entro a la casa y subo, y aunque ni siquiera es mediodía
todo está impecable, ni migaja, ni plástico, ni colorido
polvo. Tan virgen es el aire que no lo ha tocado ni el ruido.
Sin querer me voy encorvando, reverencial, me voy
rindiendo como un animal exhausto.
Con la imaginación entro y me paseo por la habitación
de la hija más grande, imagino que la dueña de toda esta
quietud soy yo y por las piernas me baja una sensación
de frío y una brisa de como cuando yo era feliz.
Y voy viendo lo poco que cabe en el armario y quiero
apoderarme también de esa precariedad, la simpleza
elegante, y sigo paseando la vista por las cosas y las voy
reclamando, y entonces me detengo en la pared, y contra
una percha, erguido sobre el mundo, veo el sombrero
de padre, el oscuro y excesivo, incómodamente ancho
sombrero del padre. Comprendo de inmediato que yo
he estado aquí antes. Y sé lo que pasa cada noche.
A las seis de la tarde se rinde el azul y un chasquido
de grillo abre la noche y el largo sombrero cruza el
umbral, y una estela de pavor por arriba de las tablas va
empujando lo negro. Por las piernas baja frío y viento
y no es felicidad, y la calma de la casa es un cristal que se
quiebra, pero en perfecto silencio.
La vida física
Si casualmente en la mitad del camino entre la ciudad
y el suburbio se rompiera el tren, nos caería como piedra
sólida la certeza de que andamos viviendo en mitad
de la nada. Roto el tren, y nosotras en medio de este
vastísimo despoblado, perderíamos la cantidad suficiente
de velocidad como para tener que, así de pronto,
reconocerlo.
Esa esquina blanqueada de este país en la que
terminamos por reunirnos, la visión más saludable
del mundo, la grama más libremente domesticada.
Por supuesto es otro baldío, pero en nada recuerda
nuestro baldío original. Entre estas casas recién pintadas
y nuestros pueblos derrumbados, hay cientos de
diferencias aparentes, pero hay una, sobre todo una
gran diferencia fundamental: aunque aquí tampoco
nos gusta vivir, esto lo escogimos nosotras.
* Estos poemas pertenecen al libro Querida Beth (Visor, 2025), que mereció el premio Casa de América a la Poesía Americana.

