‘El agente topo’, un documental de Maite Alberdi para pensar la dignidad de la vejez

Con un exitoso recorrido internacional, el documental de la realizadora chilena Maite Alberdi competirá próximamente en la 42da edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

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Fotograma de ‘El agente topo’, Maite Alberdi, dir., 2020

Con un exitoso recorrido internacional, el documental El agente topo (2020) de la realizadora chilena Maite Alberdi competirá próximamente en la 42da edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Con obras de amplio reconocimiento por parte la crítica, como La Once (2014) y Los niños (2016), esta cineasta entrega ahora una película que, a un mismo tiempo, pulsa las fibras más sensibles del público y moviliza la polémica.

Desde el momento mismo de su estreno, El agente topo disparó la opinión pública, no sólo por proveer al espectador de un terreno de razonamiento fecundo acerca de la vejez, de la situación social y afectiva de los adultos mayores, sino también por su cualidad estética y cultural, demostrativa de la inspiración de esta realizadora, comprometida con “las diferencias” que constituyen la senectud (La Once) o el síndrome de Down (Los niños), y las posibles expresiones de discriminación y exclusión que implican.

La fuerza del discurso de El agente topo, lo oportuno que resulta para una época que tiende a olvidar a las personas de la llamada tercera edad, no sería tan distintiva si no fuera por la excelencia y singularidad de su realización. Estamos ante otro digno ejemplo del relieve artístico adquirido por este género cinematográfico en la contemporaneidad, dada la inventiva de un engranaje formal que quiere pasar por una ficción para mejor “documentar” la realidad que le interesa atender. Este documental asume marcas de estilo y narrativas del cine de detectives y, en específico, del film noir, las cuales incorpora a su concepción estilística desde un perfecto engranaje entre guion, producción y discurso. Tanto el montaje, la fotografía y la música, como la caracterización de los personajes protagónicos y determinados arreglos de la puesta en escena, son instrumentados siguiendo pautas propias del cine de género.

Pero si bien esto enriquece la armazón “documental” de El agente topo, al favorecer una complejización de su alcance dramatúrgico y expresivo, todavía existe otro recurso que ramifica más su gramática: la tematización del propio proceso de filmación y, en consecuencia, su autoconciencia textual. Este montaje narrativo, dado a partir de la articulación entre la realidad directamente documentada, la revisión de la sintaxis del cine negro y la incorporación del proceso de realización a la diégesis, dotan a la obra de una sólida facultad performativa, lo mismo a nivel expresivo que dramático.

Rómulo, un detective privado, es contratado para verificar el tipo de atención que recibe la madre de su cliente en el asilo de ancianos donde reside; la cliente sospecha que su madre es víctima de maltratos y negligencias médicas en la institución. Para consumar la investigación, Rómulo decide contratar a una persona octogenaria que pueda infiltrarse en el lugar. La película comienza con la asistencia de un grupo de ancianos a la entrevista de trabajo en la agencia de detectives, después de ver el anuncio en los periódicos. El candidato elegido entre el grupo de personas que se presentó a la entrevista es Sergio, quien permanecerá por tres meses en el recinto para explorar y reportar cómo se desenvuelve la vida allí.

Volviendo a la presencia del noir en el documental, bastaría ver la secuencia inicial, de una efectividad dramática y una elocuente espesura referencial en la visualidad y el montaje. La planificación escénica resulta admirable, en la medida en que consigue fijar a la superficie fílmica el valor de la intriga y de la acción detectivesca propios del cine negro. El montaje reproduce el fetichismo objetual de este género, se ocupa de resaltar los muebles y la decoración de la oficina en que trascurren las acciones; la fotografía emplaza la cámara desde ángulos picados o desde el exterior de la ventana, y en ocasiones rebaja la iluminación hasta resaltar desde la sombra las siluetas distantes de los personajes.

Uno de los privilegios de El agente topo reside en la elección y caracterización del personaje protagónico. Sergio es un hombre elegante, amable, simpático al extremo, y de una acentuada sensibilidad, que acepta ingresar en la residencia de ancianos para palear el duelo por la muerte, todavía cercana, de su esposa y, además, para sentirse útil otra vez. A propósito, la presentación de tantos adultos mayores a la entrevista de trabajo implica ya una crítica a la sociedad, puesto que devela el abandono social sufrido por estos individuos, dispuestos aún a contribuir socialmente. Sergio viste similar a un espía y tiene que aprender a usar bolígrafos y espejuelos con cámara, así como a dominar WhatsApp, FaceTime y otros recursos de comunicación electrónica para poder llevar a buen término su trabajo y reportar a Rómulo desde el centro asistencial. Esta aventura personal en la que se sumerge comprometidamente el personaje, sus recorridos misteriosos por las habitaciones y diferentes estancias del geriátrico, sus interrogatorios encubiertos, salpican el filme de un tono humorístico que filtra, con una absoluta eficacia comunicativa, la humanidad de este individuo, hasta consumar un retrato profundo de su personalidad y, a través de él, del resto de los ancianos.

Pero Sergio pasa gradualmente de cumplir su misión a involucrarse por completo con la vida del lugar, a empatizar y encariñarse con los residentes y los encargados del lugar. Sobre todo, se acercará a las mujeres, los pocos hombres que viven allí apenas aparecen en pantalla. Lo cual parece corresponder, en primera instancia, a que “el blanco” de Sergio es una mujer y, luego, a una intención expresa de la realizadora de observar la crisis del paradigma de maternidad. Mientras nuestro “agente topo” entabla amistad con diferentes señoras del asilo, el documental va descubriendo el estado emocional, los sentimientos, las preocupaciones, los modos de socialización, las expectativas… de estos individuos, sujetos a un espacio cerrado y víctimas de una trágica soledad familiar.

Así, El agente topo, que pretendía mediante su experimento escénico visibilizar las deficiencias del centro asistencial, termina por develar que el problema real de los adultos mayores es el abandono a que los somete la sociedad, siendo incluso olvidados por sus propias familias. El asilo es absolutamente eficiente, y su personal ofrece lo mejor de sí, pero poco puede hacer frente a una sociedad que condena a los ancianos al olvido.

El agente topo alcanza una relevancia notable al llamar la atención sobre una maquinaria social que regula el envejecimiento a partir de una supuesta pérdida de la funcionalidad del cuerpo. La vejez se muestra en su condición de alteridad, lo cual hace especialmente vulnerable a estas personas, sobre todo cuando esa alteridad se materializa al nivel de las relaciones padres / hijos. Ese es el verdadero hallazgo de Sergio y, por tanto, el hallazgo del documental mismo. En las actividades del centro, en las conversaciones diarias que tienen los ancianos entre ellos, se aprecia, desde luego, el declive del cuerpo, pero al traer el tema el documental justo quiere advertir que la debilidad física no tiene por qué suponer una visión de los viejos como seres degradados existencialmente.

Maite Alberdi visibiliza la ética diferente que reclama este periodo de la vida, pues el decaimiento físico y mental, la vejez, no es un problema per se; se debe aspirar a una concepción de la vida adulta alejada de la productividad que demanda del sujeto la actual estructura social. El agente topo aboga por pensar nuevamente la vejez, sacarla de los patrones de autonomía y rendimiento y otorgarle la dignidad que merece.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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