Opinólogo

El opinólogo no necesita mucha presentación. Esta bestia encarna la pulsión psicótica de opinar sobre todas las cosas, no importa cuánto sepa efectivamente del asunto en cuestión, ni su aporte a la discusión pública. No pareciera un organismo completo, sino un músculo espasmódico; una lengua sin conexión cerebral agarrada siempre al micrófono.
El opinólogo no se manifiesta para enriquecer el debate, ni para contribuir a la comprensión o al consenso colectivo; busca, sencillamente, figurar. De ahí que, como vedette trasnochada, no afine el tono y el léxico en la tesitura del debate. En la más práctica de las discusiones se permite derrochar grandilocuencia y teoricismo petulante; mientras que, sobre un asunto complejo, replica con cualquier muletilla o reduccionismo que se le ocurra. No teme a la obviedad ni al tedio de repetir lo que se ha dicho que todos saben. Enuncia como si, primero que el verbo, hubiera estado él; como si decir fuera equivalente a ser y solo con palabras se cambiara el mundo. En su excentricismo, termina sobresaturando el debate, desvirtuándolo o desmovilizando su potencial de transformarse en suceso. Y no le importa, porque su urgencia y propósito ulterior es escucharse a sí mismo, que lo escuchen.
El opinólogo no ve la delicada frontera entre el derecho a la libre expresión y el irrespeto a la inteligencia ajena. Desconoce dos verbos fundamentales no solo de la comunicación, sino del carácter: escuchar y callar. Y no tiene remedio, tristemente, ya que discernir cuando la opinión merece ejercerse es lo único sobre lo que le falta criterio.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

