Abilio Estévez: “Cerca de ti”

Tomado de Tomado de ‘La Gaceta de Cuba’, enero-febrero, 1994, p. 10.

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La Isla vuelve a empobrecerse. Con ella, por supuesto, nuestras vidas. Hace apenas unos minutos un amigo ha venido a traerme la noticia de la muerte de José Rodríguez Feo. Con él no muere un ensayista, muere un modo de vivir en la literatura y muere parte de una época. Fue bello, acaudalado, rebelde y culto. Estudió (cum laude) en Harvard y Princeton. Viajó por el mundo. Conoció a los hombres más importantes de la cultura de su tiempo, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Pedro Henríquez Ureña. Se alió a Lezama Lima para crear la mítica Orígenes, “la mejor revista en lengua española” (según dijo, creo, Octavio Paz, y ahora repiten todos, incluso los que ni siquiera la han hojeado). Entiendo justo que hoy recordemos que también gracias a él podemos los cubanos vanagloriarnos de Orígenes. La figura de Lezama, sus fulgores, solía (y suele) ensombrecer a quienes le rodeaban. Como por fortuna Pepe fue un rebelde, tuvo el tino de alejarse de la espléndida tiranía del autor de La fijeza. De esa disidencia nació Ciclón. Gracias a él podemos los cubanos vanagloriarnos de Ciclón. Se alió a otro espíritu beligerante, Virgilio Piñera, tan adorador de Lezama que se hizo antilezamiano. Lo que de Pepe y de Virgilio se cuenta (mitad verdad, mitad mentira, comme il faut) también pasa a enriquecer los destellos de esta Isla nuestra, oscura y luminosa. Por gestión de Rodríguez Feo, publicó Virgilio para nosotros sus Cuentos fríos en Losada: aquél pagó la edición íntegra. No se trataba, claro, de generosidad, sino de civilidad, sensibilidad, inteligencia, cualidades nada frecuentes en la alta burguesía habanera, preso de cuyo entorno inexorable había nacido (como habría escrito Ortega). En momentos de melancolía, Virgilio solía contarme del viaje de Pepe a Buenos Aires, de la reverencia con que fue acogido por Victoria Ocampo y el séquito de Sur. “En la quinta de San Isidro”, contaba el sarcástico Virgilio, “él era el marqués y yo el valet de chambret. Ahora que casi ha llegado el momento de revisar lo que tuvimos y tenemos, lo que ganamos y perdimos, vale considerar el papel desempeñado por este hombre despótico en apariencia, de porte noble y, ya al final, vestuario arrabalero, que un poco oculto, a la sombra, caprichoso y a veces arbitrario, protagonizó uno de los capítulos de nuestra historia literaria, ese que en la actualidad buscamos con tanta avidez en espera de la luz que nos ayude en el caos y la tiniebla que todo presente significa. Le debemos mucho al gran señor que acaba de morir. Lo de gran señor no lo escribo por el linaje social (que tenía) sino por aquel otro al cabo más importante, el de pertenecer a la aristocracia de nuestra mejor tradición, a esa estirpe de escritores-mecenas que comenzó, supongo, con Domingo del Monte. Tuve la suerte de conocerlo; también tuve esa suerte. Sostuve con él largas conversaciones en las que, luego de los inevitables “chismes del día”, pasaba a recomendarme lecturas “exquisitas” (era su palabra), esos escritores de “cultura minoritaria” de los que no podemos prescindir. Fue el editor de La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea y valdría la pena enumerar las atinadas observaciones que me hizo; pero eso forma parte de mi biografía, no de la de él. Muchos le instaban a escribir sus memorias. En verdad, tenía suficiente historia para un tomo delicioso. No lo hizo y se le acusó de pereza. Opino, por el contrario, que no necesitaba escribir. Estaba en paz. Había alcanzado la gracia, la plenitud, la sofrosyne, y, como quería Epicteto, no deseaba que las cosas sucedieran como deseaba, sino que se contentaba con que sucedieran como indefectiblemente sucedían. Llegó a ser una mezcla de estoico con hedonista; algo de Séneca y de Epicuro. Era sabio y carecía de nuestra desesperación: por eso los pocos libros que dejó. Así, cuenta mi amigo, se enfrentó con la muerte, tranquilo y casi sonriendo. ¿Había desmoronado las murallas del ego como pedía Beltrand Russell? De él puede decirse lo que de Forster: su prestigio crecía con cada libro que dejaba de escribir. Ahora que quedó encantado, y luego de darle las gracias, podemos repetir la despedida que hace cincuenta años usara Lezama en una de sus cartas: “En este momento nadie está más cerca de ti. Un abrazo”.

22 de diciembre de 1993


ARCHIVO RIALTA
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