LA HABANA.- ¿Quién no leyó o escuchó alguna vez ese nombre que es Cecilia, ese nombre que hace muchos años nos legó Cirilo Villaverde en la novela que conocemos como Cecilia Valdés o La Loma del Ángel? Y a unos pasos de esa Loma del Ángel viví yo durante unos cuantos años, en ese barrio que es el que más amo entre todos los que tiene esta ciudad que ya agoniza.
“Cecilia Valdés me llaman, me enamoró un bachiller”. ¿Qué cubano podría decir que nunca escuchó hablar de esa novela? ¿Quién no recuerda al menos una escena de la película que dirigió Humberto Solás? ¿Quién olvidó a Raquel Revuelta en el papel protagónico? ¿Quién no recuerda en este país ese apellido que es Valdés?
Podría hacer una lista larga, pero esto no se trata de un censo de población y viviendas para saber cuántos Valdés aparecen en nuestros registros civiles. Lo que me importa ahora es hacer notar la muerte de un Valdés sin la belleza de Cecilia. Lo que intento decir, sin tantos devaneos, es que ha muerto un Valdés que no es querido como Elpidio Valdés, el de los dibujos animados.
Murió Ramiro Valdés, quien nunca tuvo gracia alguna. Tan poca gracia tuvo que la mayoría de los cubanos lo recuerdan por haber sido, durante años y años, ministro del Interior, de ese ministerio que se encargó, desde sus inicios, de reprimir a todos los que sacaban un poquito el pie del plato.
Ramiro Valdés da la impresión de no haber tenido familia alguna, de no haber sido jamás un niño querido, de no haber llegado nunca a ser un hombre respetado, aunque sí fue un hombre muy temido.
Murió Ramiro Valdés, uno de los más grandes represores de Cuba, un hombre muy cercano a Fidel Castro, un hombre que podía reprimir y hasta matar a su antojo sin precisar la anuencia de sus superiores, que no eran muchos; quizá únicamente los hermanos Castro. Recuerdo que a mi madre le asustaba su barbilla, y mi padre aseguraba que fue por un dictamen suyo que le retiraron la pistola cuando la Revolución aún era muy tempranera.
Ramiro me asustó desde siempre. Sacaba a flote todos mis miedos. Creo que así fue desde que era un niño tierno y amado. Ramiro Valdés conseguía hacer visibles mis temores, tanto como Fidel Castro. Él sacaba a la superficie todas mis debilidades, incluso en la más temprana infancia.
Él y Fidel Castro eran para mí una pesadilla. Verlos en la televisión me producía espanto, me provocaba espasmos. Dicen que chillaba en medio de una gran desesperación, casi en agonía; que pedía que apagaran el televisor y corría a esconderme debajo de mi cama, donde al parecer me sentía un poco más protegido. Aunque, según cuentan, me parecía más prudente refugiarme bajo la cama de mis padres. Desde allí lloraba, lloraba desconsoladamente.
Sin duda, el niño que fui reconocía, al menos de alguna manera, la esencia de aquellos hombres. Yo temía a Fidel y temía a Ramiro como a ningún otro. Eso me lo contaron muchas veces mis padres. También decían que, entre sollozos desesperados, me tocaba el mentón, sin duda porque quería señalar aquella barbilla, esa que esta vez prefiero llamar chivo.
Eso sucedía cuando era un niñito tierno que, sin duda, percibía la correspondencia entre aquel hombre y el mal que parecía hacerse visible solo con su presencia. Él era para mí la reencarnación del diablo, un Lucifer vestido de verde olivo y con una diabólica barbilla.
Aquel mentón peludo era una advertencia, un signo de desgracia. Donde algunos veían a Ramiro, yo veía a Lucifer. De ahí nacían los mayores desasosiegos, las perretas más grandes y desgarradoras de aquel niño que alguna vez fui.
Y ese hombre ya está muerto. Supongo que enterrado en el panteón de eso que llaman Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese lugar al que van solamente quienes cuentan con los favores de los más poderosos.
Ha muerto Ramiro Valdés, ese que nada tiene en común con aquella Cecilia que nos legó Cirilo Villaverde.
Y yo prefiero, entre todos los Valdés, a Cecilia, esa a la que enamoró un bachiller. Prefiero a la Cecilia de la opereta, a la Cecilia que salió de la imaginación de Cirilo Villaverde. También prefiero a Elpidio.
Con Ramiro no quiero cuentos. No quiero llantos. Mucho menos quiero recordar esa barbilla que parecía un mal presagio.
De entre todos los Valdés, yo me quedo con Cecilia.








