De la prostitución prohibida a las redes sociales: así cambió el negocio sexual en la Cuba comunista

Mujeres y hombres, desechables para el régimen, consiguieron que entraran divisas al país.
(Imagen de archivo)

LA HABANA, Cuba ― En Cuba, el gobierno comunista aseguró hace ya mucho tiempo que uno de los más execrables males que aquejaban a la Isla era la prostitución. Ese gobierno regentado por Fidel Castro aseguraba entonces que erradicaría ese mal al que tildara de capitalista y, para usar su propio lenguaje, se decidieron por el borrón y la cuenta nueva.

Cuba, al menos en los discursos, erradicó la prostitución y encerró a los homosexuales en campos de trabajo forzado. Los comunistas publicaron textos atacando la prostitución, a la que tildaron de mal desechable, pero unos años después, quizá sin proponérselo, esta se convirtió en una importante entrada de divisas.

Y esas mujeres y hombres, desechables para ellos, consiguieron que entraran divisas al país. Ellas y ellos dieron de comer a sus hijos con las bondades de sus cuerpos. La prostitución se hizo negocio y dio dinero a muchas familias, dio de comer a muchos cubanos.

Y los tiempos pasaron, y las crisis económicas del comunismo en la Isla se hicieron mayores, irreversibles, y ellas y ellos buscaron nuevas salidas a las crisis. Cuando no pudieron ir a esos sitios en los que desplegaban su lucha, por culpa de las miserias y los eternos apagones, las persecuciones otra vez, ellas y ellos, fueron a las redes sociales a buscar trabajo.

Y allí encontraron, como esa vecina a quien se le ve más sosegada, y cuyos hijos parecen mejor alimentados. Ella se fue a las redes y allí encontraría un poco de sosiego, un poco de paz. Ella en las redes viajaba a Roma y a Miami, pasaba por Texas, estaba un rato en Madrid, y solo necesitaba, algo difícil, que la conexión a internet fuera digna.

Y ella, ufana, decía que era una gran viajera que hizo estancias de una hora, quizá menos, en Londres, donde ni siquiera la lluvia notó cuando estuvo con aquel anciano al que mostraba sus partes.

Ella ha visitado medio mundo, ha llegado a las más variadas geografías. Y, lo más importante, según ella señala, es que ni siquiera tuvo que actualizar su pasaporte. Ella jamás contraerá, al menos por esa vía, una infección de transmisión sexual.

Su hijo toma leche cada día, su hijo tiene nuevos juguetes, y saborea las muchas confituras que su madre le propicia. “Come, come, mi niño, tú tienes más en la casa”. Ella recibe el dinero en su tarjeta. Solo la estafaron, al menos hasta el día de hoy, un par de veces.

Ella es una gran madre, una madre que hace lo que sea para que su hijo crezca sano y muy bien alimentado. Eso es lo que más le importa, y nunca, nunca, nunca, que sea como el Che, quien además de comunista era asmático.

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