LA HABANA.- Cada noche, tendido sobre mi cama y mirando al techo, observo a la más cerrada oscuridad, y aprieto entonces el obturador de la cámara que tiene mí teléfono, y siento el breve y el muy discreto sonido del disparo, esa descarga que abre el lente para fijar luego unas imágenes que revelaran las muy crudas esencias de nuestras noches, esas que acosan a la mayoría de los cubanos y tienen la triste apariencia de lo que podría ser duradero, incluso eterno.
Tirado en mí cama y espantando a los mosquitos que inundan todos los espacios de mi casa, los mismos que bajan a mi cama para posarse en mi cuerpo, para clavar con fuerza sus aguijones, que son agujas, que pinchan, mortifican, y que hasta hincan, y podrían dejar algunas huellas de mi sangre. Los mosquitos zumban en medio de la mucha oscuridad, y yo sigo pensando en mi nevera, en refrigerador, y en todo lo que en ellos guardo con esmero.
Yo miro al techo y fijo la oscuridad de mi cuarto una y otra vez, con mi teléfono y pienso, inevitablemente, en lo que estuve guardando en la nevera, y miro el reloj del teléfono una vez, dos veces, muchas veces, y no veo otra cosa más allá de la negrura más cerrada, la más absoluta de las noches. Yo pienso en el pollo por el que pagara un capital.
Yo recuerdo las salchichas, me pienso abriéndolas, cortándolas en brevísimas porciones. Y es que pienso mucho en medio de tanta oscuridad, de esa oscuridad tan plena, en las noches que resultan absolutas.
Yo pienso mucho en medio de la oscuridad más plena, en la más absoluta de las noches, esas que en Cuba se hacen largas, y son constantes. Yo pienso en el pollo mientras retrato la oscuridad, en esa que, creo ya advertí alguna vez, no tiene la gracia de las noches medioevales, esas en las que podemos constatar hermosos y repujados candelabros.
Yo pienso en el pollo por el que pagué miles de pesos, yo recuerdo unas salchichas que colman cualquier salario de esta isla de apariencia medioeval. Yo pienso en el picadillo, en el poquito de picadillo de pavo que quedó para después, para mañana y que irremediablemente se pudre y hiede, y contamina cualquier otra cosa de comer que tenga cerca. Yo contemplo la oscuridad, la fijo en mi teléfono.
Ay, la mortadela que dejé para comerla en la noche y escoltada por dos tapitas de pan. Oh, Cuba cruel que tanto dueles, que dueles en las salchichas y pollo. Yo fijo la oscuridad, advierto la pestilencia insana y en esa cruda hedionde
Ay, todo se pudre, como sucede en las guerras, en esas guerras en las que la salvación se hace escasa, casi imposible. Este no es el de una película, es el más real, y también muy cruel. Es como si estuviéramos en medio de una guerra, en la que no existe ni la más mínima cosa que consiga salvación. Estamos en un escenario que hace pensar en esos espacios que son tan parecidos a los escenarios bélicos, los más clásicos escenarios de guerras. Muertos hay como en cualquier paisaje después de una batalla, donde una salchicha cuesta lo mismo que una bomba. Cuba se está muriendo de hambre. Cuba se desbarata y muere en medio de este escenario repleto de enfermedades que no encuentran solución.
Cuba es lo más parecido a un escenario bélico, a ese escenario que hasta hace pensar en ese triste paisaje después de una batalla, donde no hay neveras, donde no hay comida, donde sólo hay hambre, mucha hambre.








