PUERTO PADRE, Cuba.- Mike Hammer, encargado de negocios interino en la Embajada de Estados Unidos en Cuba, visitó esta semana el municipio Puerto Padre, cumpliendo con la representación de su alta investidura, que, según la Convención de Viena sobre las Relaciones Diplomáticas, prevé fomentar las relaciones amistosas entre las naciones.
Aún así y todo ese juicio de derecho internacional llevado a la diplomacia universalmente aceptado en países civilizados, cuando el jefe de la legación estadounidense en La Habana —ya muy conocido de los cubanos por relacionarse por igual con arzobispos que con ciudadanos muy humildes sin importar si son creyentes o ateos— llegó a la oriental provincia Las Tunas, fue hostigado como nunca antes por reiterados “actos de repudio”, organizados a su paso por varias ciudades de la región central del país por la policía política del Ministerio del Interior (MININT), con la participación de funcionarios del Partido Comunista o simples adeptos y correveidiles parapoliciales del régimen totalitario, enmascarándose como “pueblo”.
Pero, en Puerto Padre, este panorama de oprobio y en condiciones tristísimas alcanzaría su punto más bajo en la escala de valores morales y de derechos humanos, cuando en un país que se dice “socialista”, en “revolución”, por los “humildes” y “para los humildes”, fueron precisamente policías de la Seguridad del Estado quienes acometieron a personas humildes, de un barrio humildísimo, quienes según su propia voz trasmitida por un tercero y en condiciones únicas, noticia que le ha dado la vuelta al mundo, fueron arrancadas de su hogar, detenidas por la policía por el sólo hecho de pretender recibir en su casa y hablar públicamente, con el embajador de Estados Unidos, un país que ya por más de 60 años ha dado cobija a cientos de miles de cubanos, entre ellos, vecinos de Puerto Padre al que algunos llaman “Miami chiquito”.
En Puerto Padre Mike Hammer fue testigo de un hecho que prueba de forma elíptica —entiéndase en espiral, sí, en resorte que contiene, pero a la vez empuja y mata— del concepto de isla-cárcel o de archipiélago-cárcel con el que desde hace ya mucho tiempo vengo definiendo a Cuba bajo la monarquía castrocomunista.
El hecho de que en Cuba la cárcel está constituida por la sociedad toda y no sólo por los establecimientos penitenciarios, lo comprobó por sí mismo en Puerto Padre el jefe de la misión diplomática estadounidense, y lo evidenció él en presencia de un testigo, una mujer, familiar o vecina que escuchó el testimonio del niño denunciante, lo que da fuerza legal a las palabras del menor cuando actuó cual S.O.S de los moradores de la vivienda a la que llegó Hammer, extraídos para impedir la visita “pueblo a pueblo” real y no retórica del jefe de la Embajada de Estados Unidos en La Habana.
“Ellos me dijeron que les dijera que los detuvieron”, dijo el niño, trasmitiendo el mensaje de la familia, cautiva por invitar a su casa al diplomático estadounidense.
No sé si, experimentado tal cual es en relaciones internacionales, Mike Hammer haya escuchado en otros lugares del mundo palabras como le dijo este niño en Puerto Padre: “Ellos me dijeron que les dijera que los detuvieron”.
Apechugando el dolor que debió sentir, comprendo al Embajador cuando preguntó al niño su nombre y qué quería ser cuando fuera mayor, luego de escuchar fuerte y claro, valiente, la voz del chico cual soldado operador de radio en la barahúnda del combate, trasmitiendo coordenadas para apuntar la artillería, porque ese y no otro, debió ser el mensaje de los policialmente atajados anfitriones de Hammer, quienes en estado de necesidad jurídicamente hablando, no debieron encontrar otro recurso de comunicación que la voz de un niño.
Sí. ¡Cómo no! Cuba es una isla-cárcel, o todavía peor, es un archipiélago-cárcel porque es un infinito piélago, sí, un océano en el que por más que usted vaya y venga no encontrará una gota de agua dulce, compréndase, una gota de libertad. Y si esa carencia bochornosa la ha visto por toda Cuba, personalmente, y en la voz de un niño la sufrió Mike Hammer en Puerto Padre.








