LA HABANA, Cuba. – Transcurrían las 4:00 de la tarde y, como de costumbre, Lis Pérez Fernández y sus amigas visitaban la prestigiosa heladería-paladar Dónde Junior, situada en la esquina de su cuadra. Entre risas, refrescos, dulces y cigarros, las chicas dialogaban de la escuela, sus trabajos alternos, los planes para el fin de semana y, por supuesto, de sus experiencias amorosas, temas comunes dentro de un círculo de adolescentes de 17 años.
La joven cuenta que justo antes de marcharse, cuando se apresuraba con rapidez al baño, tropezó con un muchacho. El ordinario accidente provocó el contacto directo entre los jóvenes, quienes, aún continuando su rumbo, no dejaron de voltearse.
Al salir del sanitario, Lis escucha: “Guapa, no puede ser que ahora que te encuentro te vaya a perder tan pronto”. “Pues anota bien”, respondió ella. “Solo tienes un chance”, así le dijo al tiempo que le dejaba su número telefónico.
“La verdad en aquel momento no me esperaba eso. Sinceramente sí me atrajo, y yo a él, era innegable; tenía 17 años y obvio sentí la curiosidad, el deseo de mantener contacto. Ese mismo día sobre las 8:00 de la noche, ya estaba recibiendo su primer mensaje por WhatsApp, y así comenzamos a chatear. Parecía muy correcto”.
Así comenzó una relación virtual entre ambos. Debido a la distancia del joven, quien vivía en el Vedado, el celular se convirtió en el medio de conexión.
La llegada de los celulares, instrumentos cómodos y portátiles, capaces de acompañarnos durante todas nuestras jornadas diarias, ha marcado ―y lo continúa haciendo― nuevos patrones comunicativos e, incluso, nuevos estilos de vida. Con la pandemia de COVID-19 se reforzó la interacción de las personas con el entorno digital e internet, no solo por ocio sino como única alternativa para la comunicación en semejante periodo de aislamiento social.
Como era de esperarse, las generaciones más jóvenes son las más propensas a generar una adicción total a los celulares. Lis, como millones de otros cubanos pertenece a la llamada Generación Z (los nacidos a partir de 1997), un grupo con mucha más soltura en el espacio virtual.
Más allá de los límites
Una semana había pasado desde el inicio de la relación virtual, todo iba de maravillas: el brillo en los ojos de Lis al escuchar su celular sonando, la ansiedad ante cualquier notificación; estaba ilusionada por aquel joven y su forma de expresarse. Cada día eran más horas en el chat.
“Sinceramente me gustaba mucho, ahora lo veo y pienso en qué ingenua fui; era solo una semana y un choque de tres minutos en una cafetería, pero no sé cómo explicar que en aquel momento no lo sentí así”, cuenta ahora.
Ya transcurrían 10 días de mensajes diarios, fotos casuales, audios provocativos y llamadas de desvelo en la madrugada… hasta que la pantalla se iluminó con un mensaje más provocador: “Qué ganas te tengo, de tocarte, de besarte… Muero ahora mismo por verte, ¿me enseñas?”.
Lis describe que su rostro se paralizó pero, no obstante, accedió: envió las fotos que le pedían. De ahí en adelante hubo diálogos candentes y conversaciones subidas de tono. Todo iba bien, hasta la nueva petición del chico: ya no bastaban los audios, era necesario un video, e incluso una videollamada. En ese punto, por la negación de Lis y su insistencia en encuentros personales, las respuestas del muchacho se tornaron secas.
“La situación no era agradable para mí, era una obsesión, a cualquier hora era el morbo, reclamando más fotos, videos, audios, todo en ese tono, no era como al inicio. Resultaba repugnante en algunos momentos e incluso me molestaba, pero igual continuaba creyendo que todo volvería a la normalidad cuando nos viéramos. Me negué a todo lo demás, ya era demasiado; además solo envío él una foto y no se veía su cara, parecía raro y disparejo”, contó la joven a CubaNet.
La diferencias fueron tantas que la adolescente decidió dejar todo, detener las conversaciones y el intento de tener algo si no pasaban al plano personal, con más seriedad. Esa actitud detonó una reacción inesperada en su receptor: “Tus fotos las tengo yo, tus audios, no querrías ver la cara de mis colegas cuando se las mande, o mejor aún, cuando las publique en Facebook”.
El desespero se apoderó de Lis. No obstante, a pesar del miedo no cedió. El acosador, por su parte, cumplió la amenaza: él mismo le envió a Lis capturas de pantallas de sus fotos íntimas en los teléfonos de otras personas, así como sus reacciones.
Afrontar el problema
“La situación me tenía al punto de que llegué a tener pensamientos suicidas; sin embargo, no llegué ahí, no podía terminar así por ese error. No conté nada, continuaba inmersa en mi propia depresión, pero mi mamá sí lo notó; yo la evité de mil formas. En un momento ya no pude aguantar más y con mucha vergüenza lo conté. A partir de ahí mi papá intervino, pues era una violación legal a mi privacidad publicar la foto y reenviarla sin mi consentimiento a otras personas. Fue tal el tono de mi padre que ese sujeto cedió incluso a verlo en persona para verificar que todo estaba cerrado y, al parecer, así fue. Fue una experiencia traumática, pero educativa”.
Hoy Lis tiene 22 años. Ahora incluso dialoga sobre el tema para tratar de evitar situaciones similares. “Invito a todos a tomar mi experiencia para evitar un mal innecesario. Con respecto al sexting, en mi opinión no es algo que haya que necesariamente evitar, sino usar con la protección adecuada que ofrecen las redes en ese ámbito, para no caer en un juego de chantajes y amenazas”.
El marco legal asociado al fenómeno del sexting u otros delitos cibernéticos de trasfondo similar quedó estipulado con la aprobación del actual Código Penal y el Decreto-Ley 35/2021.
Dentro el nuevo código destaca el artículo 391, asociado a los actos contra la intimidad o la imagen de origen sexual, con agravantes en el caso de la minoría de edad por parte de la víctima. Asimismo, el artículo 395 penaliza las conductas hostiles, humillantes o requerimientos de carácter sexual.
Por otra parte, la Resolución 105/2021 del Ministerio de Comunicaciones clasifica conductas como el ciberacoso y difusión de pornografía ―con énfasis en la infantil― como incidentes de ciberseguridad. Las penas dependen de la magnitud emocional y legal del hecho e incluyen desde multas a privación de libertad de tres a cinco años.
No obstante, aunque existen resoluciones en Cuba para procesar sucesos de sexting o ciberacoso, aún el tema es poco conocido por la población general. Países como España o Alemania, por ejemplo, constituyen modelos a seguir en ese aspecto: han aprobado decretos desglosados para cada tipo de variante dentro del ciberacoso o delitos sexuales en la virtualidad, hasta el punto de condenar al responsable incluso si contaba con el consentimiento total de la víctima.








