Envejecer en Cuba: el drama de cuidar a la tercera edad entre apagones e incomunicación

El envejecimiento acelerado, la emigración de jóvenes y el deterioro de los servicios básicos han dejado a miles de adultos mayores y sus cuidadores frente a una crisis cada vez más difícil de sostener.
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Ancianos en Las Tunas. (Foto: Facebook / Yoe Suárez)

LA HABANA, Cuba.- La pirámide poblacional de Cuba no solo se ha invertido; se ha vuelto un desafío diario para la supervivencia. En un país donde más del 22% de sus habitantes supera los 60 años —según los reportes oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) y estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) que la consolidan como la nación más envejecida de la región—, el fenómeno demográfico ha colisionado de frente con la crisis energética, la escasez de agua potable y las constantes interrupciones en las telecomunicaciones. Cuidar a un adulto mayor en la Isla se ha convertido en una carrera de obstáculos contra el tiempo, el calor y la penuria material.

El impacto es evidente en el Hogar de Ancianos «Santovenia», en el municipio Cerro de La Habana, donde la rutina diaria empieza mucho antes del amanecer, a menudo a oscuras. La falta de fluido eléctrico no solo apaga las luces; interrumpe las bombas hidráulicas, dejando los tanques secos y paralizando los refrigeradores donde se conservan alimentos y medicamentos sensibles como la insulina.

“El envejecimiento acelerado exige una infraestructura que hoy sencillamente no tenemos”, explica la Lic. Mayra Rodríguez, enfermera especialista en geriatría con más de 20 años de servicio en la institución. “Cuando hay apagón de diez o doce horas, el esfuerzo físico del personal se triplica. Hay que subir baldes de agua por las escaleras para lavar a los ancianos encamados, cocinar con lo que se pueda antes de que se eche a perder la comida y mantener la calma de pacientes con demencia senil o Alzheimer, a quienes la oscuridad y el sofocante calor descompensan severamente”.

La situación en las casas particulares no es más alentadora. Rosa María González, de 52 años, cuida a su madre de 86 años en el municipio de Diez de Octubre. Rosa debió renunciar a su empleo estatal para dedicarse al cuidado a tiempo completo.

“Sin luz no hay ventilador, y con este clima los viejos se llenan de llagas en la piel”, relata González. “A eso súmale que cuando se va la cobertura telefónica y la red de datos, no puedo comunicarme con mi hermano en el exterior para coordinar el envío de medicinas. La incomunicación genera una angustia terrible: si a mi mamá le da una crisis por la noche, no tengo cómo llamar a una ambulancia ni pedir auxilio a un vecino”.

El acelerado envejecimiento cubano se ha visto drásticamente agravado por la mayor ola migratoria en la historia reciente de la Isla, protagonizada mayoritariamente por jóvenes y personas en edad reproductiva. Esto ha dejado a una población anciana viviendo sola, dependiendo de remesas fluctuantes o de pensiones estatales devoradas por la inflación.

Para el Dr. Juan Carlos Albizu-Campos, destacado economista y demógrafo cubano e investigador asociado al Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (CCRD), el país enfrenta una “encrucijada estructural” de difícil retorno sin reformas profundas.

“Cuba experimenta una transición demográfica avanzada, pero en condiciones de subdesarrollo y contracción económica”, señala el Dr. Albizu-Campos. “La tasa de dependencia ha alcanzado niveles críticos: cada vez hay menos trabajadores activos para sostener a una masa creciente de jubilados. El sistema de seguridad social y pensiones está descapitalizado en términos reales; la pensión mínima apenas cubre un par de productos básicos de la canasta alimentaria. Asistimos a una feminización y precarización del cuidado, donde mujeres de mediana edad sacrifican su vida laboral activa para atender a sus mayores sin respaldo estatal suficiente”.

El déficit de infraestructura pública se extiende a la falta de asilos, casas de abuelos y servicios de asistencia domiciliaria. Ante la incapacidad del Estado para cubrir la demanda, la carga ha recaído sobre las iniciativas comunitarias y las iglesias, que también operan con recursos al límite.

En el centro de la ciudad, Mario Pérez, jubilado de 74 años que vive solo tras la emigración de sus dos hijos, camina cada mañana varios kilómetros para intentar conseguir agua potable en un punto de distribución con cisterna.

“Trato de no pensar en el futuro”, confiesa Pérez. “Mi jubilación es de 1.528 pesos cubanos. Un blíster de enalapril para la presión me cuesta la mitad de eso en el mercado informal. Dependo de la solidaridad de los vecinos cuando se va la luz o cuando me quedo sin agua. Aquí los viejos nos cuidamos entre nosotros, pero cada día tenemos menos fuerza”, agrega.

El desafío demográfico de Cuba requiere con urgencia políticas públicas integrales: desde el rediseño de las pensiones y la creación de subsidios directos al cuidado, hasta la prioridad energética para la red asistencial y sociosanitaria. Estos diagnósticos y proyecciones —avalados por informes recientes de la ONEI y estudios del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA)— coinciden en que, mientras la crisis sistémica continúe, envejecer en la Isla seguirá siendo sinónimo de vulnerabilidad extrema.

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