El Cangrejo y el espejismo de la omnipotencia totalitaria

El régimen cubano ha perfeccionado durante décadas un arma más destructiva que su propio aparato represivo: el secuestro de la esperanza.
Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo (derecha), en primera fila durante una reunión con altos diorigentes cubanos este viernes, en el Palacio de la Revolución
Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo (derecha), en primera fila durante una reunión con altos diorigentes cubanos este viernes, en el Palacio de la Revolución (Captura de video / Canal Caribe)

En su ensayo El poder de los sin poder, Vaclav Havel utiliza la parábola del estado y el verdulero para demostrar cómo una dictadura, en su afán de demostrar poder, termina demostrando su debilidad.

Cuenta cómo un vendedor de frutas pone en su escaparate un lema que dice: «Proletarios de todos los países, uníos», y la clientela termina por percatarse de que, cuando un simple comerciante es conminado a mostrar tal esperpento ideológico, es porque «el aparato» está en ruinas.

El régimen cubano ha perfeccionado durante décadas un arma más destructiva que su propio aparato represivo: el secuestro de la esperanza.

Al erigirse como un Leviatán omnipotente, convenció a generaciones enteras de cubanos de la inutilidad de cualquier resistencia y de que la continuidad de su existencia tiránica es tan inevitable como una macabra ley de la física.

Es por eso que, cuando el lobby dinástico se perfila al exterior en una entrevista llena de banalidad y vacío, muchos cubanos, desde la emocionalidad y el daño acumulado, asumen que el “heredero indiscutido” ya está sentado en el trono y todo está dicho ya.

Es la sensación de fatalismo e impotencia, fijada por el adoctrinamiento, lo que nos lleva a pensar en un futuro predestinado por el poder.

La percepción de que sea una jugada magistral, garante de la continuidad de la tiranía, emana de esa desesperanza acumulada, no de la realidad.

Es producto del daño antropológico infligido, de los años de vida bajo el monstruo de la represión y del trauma de su enseñada omnipotencia.

El régimen se las arregla para ponernos más fácil creernos su parafernalia que percibir la evidencia de que estamos ante un animal herido.

No podemos perder de vista que la cacareada continuidad y la pretendida omnipotencia del régimen son solo un espejismo. Como en la parábola del verdulero de Havel, detrás de la puesta en escena lo que queda es su profunda debilidad.

El Leviatán es un monigote renco y asfixiado que se arrima al lobby estadounidense como prueba fehaciente de su incapacidad para salir adelante por sí mismo.

Que la dictadura se vea obligada a proyectar el futuro del país sobre una figura cuya evidente incapacidad intelectual es conocida no es un signo de control, sino un acto de desesperación.

Cuando un sistema totalitario tiene que recurrir a la carta de un “príncipe” tan precario para asegurar su supervivencia, no está mostrando fortaleza; está desnudando su total vacío ideológico, político y de liderazgo. Lo que el príncipe acaba de hacer —y sus acólitos, reafirmar— es un ruego a Estados Unidos, no una muestra de poder.

Detrás de esta maniobra sucesoria no hay un proyecto político o ideológico, sino la urgencia de impunidad de una mafia familiar. Es el último recurso del clan para blindar sus crímenes de lesa humanidad y salvar sus redes de corrupción financiera global ante su inminente colapso.

Buscan protección «transicional» porque el suelo que pisan ya no es firme.

Y esta mascarada no debe ser vista como un obstáculo insalvable, sino como la mayor oportunidad histórica para ofrecerle a Cuba un futuro de reconstrucción nacional.

Debemos estar conscientes de que, si nos acomodamos en la resignación, Cuba ni se refunda ni se reconstruye. El totalitarismo subsiste cuando logra que el miedo a emitir una opinión, a perder el empleo, la libertad o la inclusión social paralice la acción individual.

Cuando ese miedo prevalece, racionalizamos nuestra inacción bajo la premisa de que el opresor es invencible y terminamos por justificar nuestra propia sumisión.

Vencer esa inercia es un requisito indispensable en la liberación individual. Es el hilo de Ariadna que nos conduce a la muerte del Minotauro, ergo, a la libertad. Aceptar la lógica del miedo es aceptar la lógica de la perpetuidad del mismo.

La aparición del emir de la dictadura en las páginas del USA Today parece fundir en uno aquellos dos personajes de Mark Twain: el Príncipe Heredero y el Mendigo que se lanza a mendigar.

El Cangrejo —llamémosle de una vez por su nombre— está implorando atención a Estados Unidos, y ello no debe ser visto como una promesa de su consolidación, sino como una evidencia de su ocaso.

El éxito de la libertad sigue dependiendo de nosotros: de los cubanos de adentro que resisten, de los de afuera que apoyan y de aquellos que planifican y plantean escenarios de una Cuba futura.

Por primera vez no tenemos caudillos; acerquémonos todos y demostremos al mundo que podemos reconstruir un país en democracia y libertad desde la fuerza de las ideas. El Clan Castro querrá vendernos su mendicidad como muestra de fortaleza. Es evidente que estamos ante el certificado de defunción de su credibilidad.

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