LA HABANA, Cuba.- Este fin de semana, del sábado al domingo, los vecinos de la zona de El Vedado habanero aledaña al policlínico de 15 y 18 tuvimos una experiencia inusitada: ¡disfrutamos de servicio eléctrico ininterrumpido durante más de 24 horas!
En estos tiempos de constantes apagones (de aislados alumbrones, en realidad), se trató —insisto— de un suceso único. Algo que resulta normal en el resto del mundo (y que lo era también en Cuba hasta hace no tanto tiempo) se ha transformado en algo digno de ser señalado de modo especial.
En este desdichado país otrora conocido como “la Perla de las Antillas”, algo tan sencillo como contar con suministro de energía eléctrica las 24 horas del día, se ha convertido en algo exótico. Y esto se extiende a cada una de las consecuencias que se derivan de esa realidad.
Poder contar con un ventilador que mitigue los calores nocturnos durante las horas de sueño, tomar agua fría (no simplemente fresca o, la mayor parte de las veces, “del tiempo”), evitar que se eche a perder alguno de los productos que se compran para el consumo familiar (que ya se sabe que no son muchos, debido a las limitaciones económicas y a las reducidas esperanzas de lograr conservarlos), esas cosas, que son el pan nuestro de cada día en otras latitudes, en la Cuba castrocomunista se convierten en una especie de hazaña digna de celebración.
¿A qué se deberá este cambio notable? ¿Por qué estas 24 horas de suministro eléctrico ininterrumpido? ¿Durará esto al menos hasta la siguiente caída del Sistema Electroenérgético Nacional (SEN)? Esto último, que también se supone que sea algo excepcional, se ha hecho habitual en nuestra sufrida patria, y en tan gran medida, que recientemente padecimos dos en una misma semana.
Sería magnífico poder dar esa muestra de optimismo en este asunto, pero dudo que esa confianza se vea justificada. Lo más razonable es suponer que las interrupciones del servicio eléctrico vayan retornando a “la normalidad” desquiciada de la Cuba actual.
Ese resultado, junto con los efectos negativos que ya he señalado antes, no estará exento de algún otro aspecto favorable. Por ejemplo, el poder desentenderme de la adquisición de un televisor nuevo. ¿Qué sentido tiene incurrir en ese gasto para reemplazar al roto si, en definitiva, a lo sumo podré ver funcionar el flamante equipo durante un par de horas al día?
Aclaro que, como estamos en Cuba (donde no podría ser de otro modo), los beneficios del servicio eléctrico ininterrumpido de 24 horas han venido acompañados por aspectos negativos: durante todo ese largo alumbrón, me he mantenido tratando de conectarme mediante los datos móviles cada cuarto de hora más o menos, pero jamás ha habido conexión. Por consiguiente, no he podido ver mis mensajes de WhatsApp ni navegar en internet.
Pero volviendo al hecho favorable del sostenimiento del servicio: ¿A qué podrá deberse este beneficio que a mis vecinos y a mí nos ha brindado la Unión Nacional Eléctrica (UNE)? ¿Responderá a una mejora radical de los servicios prestados por esa entidad? Lo dudo. Sobre todo si tomamos en cuenta los repetidos reportes de unidades del SEN que salen de servicio debido a las constantes roturas que sufren.
¿Obedecerá esa bondad a la disposición gentil de algún vecino que trabaja en la distribución de la energía eléctrica y que desea beneficiar a los usuarios de su barriada? Tampoco parece ser ese el caso, ya que el suministro eléctrico ininterrumpido se ha mantenido durante al menos tres turnos de trabajo.
¿O se tratará de que los burócratas castrocomunistas desean evitar otro toque de cazuelas en señal de protesta, como el que hubo en toda la zona de 15 y 18 noches atrás? Esta respuesta sí parece más lógica y coherente. Si fuera ese el caso, sólo cabría exclamar: ¡Muchas gracias a quienes iniciaron y mantuvieron ese productivo toque de cazuelas!









