LA HABANA, Cuba – La brillante acción militar emprendida por el gobierno de Donald Trump que condujo a la captura y el posterior traslado hacia Estados Unidos del dictador venezolano Nicolás Maduro y la “primera combatiente” Cilia Flores ha desatado reacciones entre diversos sectores del pensamiento político. Como regla, los libertarios han saludado la enérgica medida, mientras que entre los izquierdistas las reacciones han sido de rechazo.
Yo diría que, entre estos últimos, ha descollado el presidente no electo por el pueblo en Cuba, Miguel Díaz-Canel. Este “señor Sin Casa” incluso convocó de urgencia una manifestación del “pueblo combatiente” para la llamada “Tribunal Antiimperialista” del Malecón habanero. El discurso que pronunció (al igual que las declaraciones de otros cubanos que, como cabía esperar, apuntan en el mismo sentido) han recibido amplia difusión en los noticieros oficialistas.
La alocución del “presidente puesto a dedo” se caracterizó por el exaltado tono “anti-yanqui”. Y en tan gran medida que, al comenzarla, él consideró necesario gritar tres veces la consigna “¡Abajo el imperialismo!”. A su término, por supuesto, no faltaron lemas de rancia tradición castrista, como “¡Patria o Muerte!” y “¡Socialismo o Muerte!”.
Por su parte, el presidente colombiano Gustavo Petro rechazó tajantemente la acción ordenada por Trump. En largos posts en X, el actual inquilino del Palacio de Nariño trata de justificar las barbaridades que dijo en Nueva York (¡donde exhortó a las fuerzas armadas norteamericanas a desobedecer órdenes de su Presidente!); también dijo que “no está preocupado para nada” por posibles acciones norteamericanas contra su gobierno.
¡Pues debería estarlo!, pues el presidente estadounidense, en respuesta a preguntas que le formuló un colega nuestro en su conferencia de prensa de hoy, expresó que Petro “tiene que cuidar su trasero” (esto, si empleamos una traducción delicada, pues el término usado por Trump en inglés —“ass”— es mucho más tajante).
En el bando contrario, vale la pena destacar las opiniones del argentino Javier Milei, quien amén de reconocer la condición de dictador del ahora preso, lo vinculó al narcoterrorismo y lo calificó como “el mayor enemigo de la libertad” en el continente. No menos tajante fue su homólogo ecuatoriano Daniel Noboa, quien advirtió: “A todos los criminales narcochavistas les llega su hora”.
Pero más allá de las declaraciones de uno u otro signo publicadas por dirigentes políticos de diferentes tendencias, creo que resulta útil valorar con objetividad los resultados concretos que, a lo largo de la historia, han arrojado las intervenciones realizadas por los Estados Unidos en distintos países de nuestro Hemisferio.
Como, por ejemplo, la realizada en Granada en 1983, a raíz de ser asesinado el primer ministro, Maurice Bishop, por algunos de sus propios correligionarios más exaltados. En este caso, la acción norteamericana puso fin al régimen de facto implantado so pretexto de “hacer la revolución”. El imperio de este, a su vez, implicaba la no celebración de elecciones populares. Esta situación cambió tras la acción estadounidense; Granada retornó al sistema democrático, que se mantiene felizmente hasta el día de hoy.
¿O qué decir de la Operación “Causa Justa”, realizada contra el dictador panameño Manuel Antonio Noriega? Este último desconoció los resultados de las elecciones en las que obtuvo una clara victoria el candidato opositor Guillermo Endara. En enero de 1990, y pese a sus muchos alardes previos con sus paramilitares (que recibían la jactanciosa denominación de “Machos del Monte”), Noriega optó por esconderse de la invasión norteamericana.
No obstante, horas más tarde fue capturado y posteriormente fue juzgado y sancionado por narcotráfico; murió en prisión 17 años más tarde. Por su parte, Endara tomó posesión de la primera magistratura; una docena de días después de la invasión, las fuerzas estadounidenses se retiraron, y Panamá, ya bajo la presidencia de don Guillermo, retornó rápidamente hacia la normalidad democrática, en la cual se ha mantenido hasta hoy.
Otro ejemplo más antiguo que también es digno de mencionarse es la acción militar desplegada en la República Dominicana en 1965. En este caso las fuerzas del gran país del Norte intervinieron en medio de una situación de anarquía, caracterizada por la existencia de dos gobiernos. Uno de ellos, encabezado por el coronel Francisco Caamaño, era de claras simpatías procastristas, y tanto que, en definitiva, ese señor fue a parar a Cuba, donde recibió ayuda para organizar una expedición que desembarcó en su país en febrero de 1973; días más tarde encontró la muerte.
Por su parte, las fuerzas estadounidenses, tras procurar eliminar los resultados extremos de la bicefalia imperante en Quisqueya, delegó sus responsabilidades en una fuerza multinacional creada por la Organización de Estados Americanos (OEA). En definitiva, al cabo de un año y pico de estancia en el país, las fuerzas extranjeras se retiraron de la República Dominicana, en donde desde entonces ha primado el orden constitucional.
¿Pero qué necesidad hay de agobiarnos con el estudio de situaciones confrontadas por otros países vecinos, cuando tenemos el ejemplo de la misma Cuba! Es cierto que la Primera Intervención Norteamericana comenzó en el Siglo XIX. También es verdad que la historiografía castrista se empeña en convencernos de que, con aquella acción, nuestros vecinos del Norte “le arrebataron al Ejército Libertador la victoria que ya tenía al alcance de la mano”.
Esta afirmación es harto discutible (por decir lo menos). En realidad, existía un estancamiento en las hostilidades cubano-españolas. La llegada de los soldados estadounidenses significó un gran alivio para los mambises. No fue por gusto que la generalidad de estos expresó su complacencia por la intervención de nuestros vecinos norteños en la guerra.
Tras la retirada de los colonialistas hispanos, se instauró un Gobierno Interventor que estuvo, sí, presidido por un norteamericano, pero en el que los cubanos de reconocido prestigio ocupaban distintas secretarías. Aquella administración saneó el país y viabilizó que este se recuperara de la destrucción terrible sufrida durante la Guerra de Independencia.
En definitiva, los norteamericanos se retiraron y, con todo y la Enmienda Platt, si intervinieron en Cuba por segunda vez fue solo debido a la obstinación de Tomás Estrada Palma, buen patriota y político honesto en la administración de los fondos públicos, pero mal demócrata, renuente a admitir el rechazo de sus conciudadanos a su reelección.
He tratado, amigo lector, de hacer un breve recuento de antecedentes de la recientísima acción estadounidense en Venezuela y de algunas reacciones que han tenido ante ella determinados líderes políticos. Pero considero que lo fundamental es que la captura del dictador Maduro deja un mensaje bien claro a los socialistas de vocación totalitaria en nuestro Hemisferio; en particular a los de Cuba. Eso constituye un ejemplo admirable que otros gobiernos democráticos harían bien en seguir ante las pocas dictaduras que todavía sobreviven en Nuestra América.








